PARAÍSOS PERDIDOS

El cadáver de Federico García Lorca encontrado en el Danubio

En la primavera de 1929, Fernando de los Ríos le propuso que le acompañara en su viaje a Nueva York. Poco antes de terminar su instancia se compró en “The Johnston&Murphy Shoe for Men“, en la isla de Manhattan, unos “Spectators” de piel blanca con la puntera y el talón negros. Eran unos de sus favoritos. Constituían para él un símbolo, con connotaciones a la música Jazz, donde ritmos africanos y europeos se mezclaban, con el claqué y Fred Astaire.

En marzo de 1930 llegó a la ciudad de La Habana en Cuba, donde exploró su cultura y su música, trabajando en distintos proyectos que ya tenía en marcha. A las pocas semanas, paseando por la Habana Vieja, se tropezó con el “Bazar París”. Y le llamó la atención el sentido renovador de su moderna propaganda: “Elegantes Estilos de Invierno Liquidamos”; “Bazar Paris (antigua La Bomba) Manzana de Gómez teléfono A-2989”“Mamás para vuestros hijos usad nuestros zapatos “KIMBO”. Una vez dentro se compró unas sandalias, tipo mocasines, de tela color crema con punta de “boca de pescado” muy cómodas y a un buen precio.

En Junio de 1930, el trasatlántico Magallanes arriba con él al puerto de Cádiz. Unos meses más tarde anda por Madrid, con la compañía Caracol; Margarita Xirgu, como primera actriz, prepara un estreno en el teatro Español. Una tarde fría y lluviosa dando un paseo por la calle Montera se encuentra con la Zapatería Eureka “Lujo y Fantasía” en los bajos del Restaurant El Louvre. Cede una vez más a la tentación y se hace con un par de los afamados “borceguíes” confeccionados por Florentino Aramburu recién venidos de Beasain. Son de una piel color tierra de albero, suave e irresistible.

En 1933 estrena con gran éxito en Buenos Aires y recibe la invitación de la gran Lola Membrives y toda la compañía para viajar a la Argentina. Después de comer un buen asado junto a su amigo Pablo Neruda, que esta de agregado del Consulado Chileno en Buenos Aires, descubren en la calle Florida 26 la zapatería “La explosión” “Hay mil pretextos para COBRAR MAS. No pague más y compre calidad”. Deciden adquirir ambos los mismos zapatos claros, de cuero de cabritilla y tacón alto (para ganar en estatura, disimuladamente), tan cómodos como suaves. Como recuerdo de aquella comilona de asados y poesía juntos.

Cuando García Lorca volvió a España en 1934 las cosas comenzaban a calentarse, pero continúa trabajando por aquí y por allá. En Abril de 1936 lee en los micrófonos de Unión Radio la alocución sobre la Semana Santa granadina. Proyecta viajar a México donde “La Xirgu” acaba de estrenarle de nuevo.

Ya metido el verano, los embajadores de Colombia y México le previenen de la posibilidad de ser víctima de un atentado debido a su puesto de funcionario de la República, le ofrecen el exilio, pero el poeta rechaza los ofrecimientos y se dirige a la “Huerta de San Vicente” para reunirse con su familia. Llegó allí el 14 de julio de 1936, tres días antes de que estallara en Melilla la sublevación militar contra la República que dio lugar a la Guerra civil.

Federico se reía. Creía que aquello no era más que una travesura de niños. No veía nada detrás. Se reía como de una buena broma. Confiaba en que el hombre es siempre humano, y que fascista o no, un amigo es un amigo.

A media mañana del 18 de Agosto un rumor comenzó a extenderse por las calles de Granada. Esa madrugada habían fusilado a Federico García Lorca en el camino de Víznar a Alfacar. Uno de los que lo iban extendiendo era Juan Luís Trescastro Medina, muy afecto a los sublevados, se jactaba de haber participado del pelotón que asesino al poeta. Decía, ufano y orgulloso, que había estado en Alfacar fusilando rojos. “Vengo de darle dos tiros a García Lorca en el culo, por maricón”, dijo en el bar Jandilla y lo siguió repitiendo hasta su muerte en 1954, como si fuera su principal trofeo de caza.

Existe en Budapest a las orillas del Danubio un paseo con sesenta pares de zapatos vacíos, de hierro oxidado, en homenaje a los que sucumbieron en un tiempo de espanto. Dicen que a algunos fusilados se les robada los zapatos y cuando se exhuman algunas fosas otros aparecen con un solo zapato, se supone que el otro lo perderían al caer o al ser arrastrados. En otras zanjas abiertas se encuentran a todos los cadáveres descalzos.

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