PARAÍSOS PERDIDOS

Los sueños

 

No te lo he dicho, pero cuando me meto en la cama e intento dormir…  Los sueños no tiran de mí. Soy yo quien tira de ellos. Normalmente no puedo soportar los ronquidos y la respiración profunda de Lucrecia. Aquellos silbidos ridículos que le brotan de sus narices congestionadas.

Por lo que suelo hacer con mi cabeza un bocadillo con las dos almohadas (Lucrecia, tu madre, no utiliza almohada desde que vio como se ahogaba una actriz insoportable en una película soporífera, francesa, por más señas) y cierro fuertemente los ojos para conseguir esa magnífica sensación de vacío que se crea al tener los oídos totalmente taponados.

Entonces dedico unos segundos a escucharme por dentro. La respiración, el sonido de mis tripas, el roce de mis dedos sobre las almohadas. Y después, me visiono dentro de una cueva oscura o de un iglú, si es que tengo los pies fríos. O de una trinchera asediada por las ametralladoras, de la que tengo la más absurda convicción que de sacar apenas unos centímetros la cabeza; me fusilarían, sin dilación. A veces cuando encuentro una postura cómoda entre las sábanas, en una posición más o menos estrangulada, juego a sentirme herido o tal vez muerto, y cuando la continua aspiración e inspiración de mis pulmones me proporcionan el espejismo del balanceo, juego a soñar que me traslado en una mísera barcaza por mitad del océano, tras un terrible naufragio. Solo y sin salvación posible, con la única esperanza de mi gran resistencia y de mi heroísmo exacerbado.

Otras me siento prisionero en la tripa de un bergantín corsario y caigo en la profundidad del sueño mientras espero que un esbirro abra la gruesa puerta de madera de mi mazmorra con el fin de traerme agua y alimentos, para así lanzarme por sorpresa sobre él y aniquilarle, en un periquete.

Hacerme con su alfanje y dirigirme a la cubierta, con el arma en la mano  dispuesto a hacerme, mediante un motín, con el mando de la nave y así junto con los supervivientes de la rebelión, poder poner rumbo norte y viajar hacía el misterioso pero prometedor Cipango… La oscuridad es importante para mí, si quiero caer con suavidad en el sueño. De ahí que la almohada también a de protegerme de cualquier tenue resplandor sobre mis ojos.

Hay ocasiones en que hasta la respiración queda viciada por el minúsculo orificio que queda entre el espacio abierto de la habitación y la cabeza aprisionada, es entonces cuando presto una reconcentrada atención a lo que se ve tras mis párpados, fuertemente cerrados. Se divisa por lo general un universo variopinto de estrellas, luces, órbitas y planetas.

El aire recalentado que respiro me retrotrae a la alucinación de la escafandra y el traje lunar, que alguna vez he visto en las películas. ¡Sólo el Cosmos sabe! Cuantos millones de kilómetros llevo recorridos en mi vida antes de llegar al sueño. En mi buena y querida nave espacial. Cuantas pulsaciones nerviosas habré asestado sobre la fría barra del somier, que para mí, cuando estoy a bordo, representa el cuadro de mandos y los pulsadores de propulsión sideral…

Cuantas tormentas de meteoritos. Cuantas arribadas en incógnitas zonas  desérticas, en otras galaxias y con otros perseguidores que tanto anhelan hacer rehén de sus perversiones a mi buena y vieja nave refugio… Sí, yo tiro de mis sueños y me gusta soñar despierto antes de caer en el peregrino automatismo de los sueños del dormido. Me gusta saberme libre y protegido entre mis suaves sábanas y mi maternal almohada.

Como tú ahora, en tu preciosa cápsula. Al pairo de todos los peligros del mundo exterior, meciéndote en el sereno oleaje de la placenta materna.

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