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Una concejala de Aranjuez denuncia una agresión sexual y negligencia policial

Mi nombre es Pamela Casarrubios, tengo 30 años y recientemente he sufrido una agresión sexual ante la negligencia de la policía municipal y la guardia civil. Mi caso es sólo uno más de las múltiples agresiones que sufrimos cotidianamente las mujeres y que quedan invisibilizadas por una sociedad a la que aún le falta mucho por avanzar en la igualdad entre hombres y mujeres. Quiero contribuir a que las agresiones machistas dejen de ser impunes: quiero contar lo que me ha sucedido.

El incidente se produjo la noche del 22 al 23 de julio en un camping de Oliva (Valencia) donde disfrutaba de las vacaciones con mi marido y mis hijos. Sobre las doce y media de la noche me dirigí a los baños del camping y, antes de entrar, reparé en un hombre moreno, joven y con una bicicleta que estaba esperando a la puerta. Aunque me pareció extraño, me limité a saludarle, pasé a los baños y empecé a mirar los distintos cubículos antes de decidir en cuál iba a entrar. Tras salir de uno de ellos vi cómo el hombre estaba asomado a la puerta, mirándome, y cómo al darse cuenta de que le había visto se volvía a esconder. Me puse tensa, pero intenté no darle importancia. Entré en uno de los cubículos e hice tiempo mientras intentaba escuchar algún ruido de pasos, algo que me indicara que el hombre había entrado o se había marchado ya, pero al no oír nada decidí salir. Fue entonces cuando supe que estaba dentro. Lo encontré de frente, en uno de los cubículos con la puerta entreabierta, con los pantalones bajados y masturbándose. Al verme, abrió un poco más la puerta para exhibirse mejor. Me asusté. Podría haberme quedado paralizada o podría haber salido huyendo, pero mi reacción fue otra. Le grité hasta que salió del baño, aunque al principio opuso cierta resistencia. Le grité y le increpé hasta que conseguí que se subiera a la bicicleta. Me dijo que él no era de ese camping y que no me pusiera tan violenta, y se dirigió hacia la salida mientras yo escuchaba a los niños que jugaban alrededor del baño y no dejaba de pensar qué habría ocurrido si hubiera entrado alguno. Mi propia hija acababa de ir poco antes que yo. Seguí al hombre hacia la salida para asegurarme de que se marchaba, y entonces fui a buscar al vigilante.

Tardé un poco en encontrarle. Me dijo que se había retrasado y que ya iba a dar una vuelta al camping para asegurarse de que todo iba bien. Yo le conté lo sucedido y él no pareció sorprenderse. Me preguntó si parecía un hombre de entre 28 y 30 años. Le dije que sí, a lo que contestó que ya se imaginaba entonces quién era, y que no me preocupara porque él ya iba a hacer la ronda. Me marché hacia mi tienda, pero no podía dejar de preocuparme. Estaba nerviosa. Una vez allí, decidí llamar a la policía local de Oliva. Mi relato recibió la siguiente respuesta: estamos muy ocupados con las fiestas de Moros y Cristianos. Llama a la Guardia Civil. Les pregunté, sin salir de mi asombro, si acaso no tenían competencia para encargarse de una agresión sexual. El hombre al teléfono reculó y me dijo que si podían, mandarían una patrulla. Ni siquiera me preguntó la descripción del agresor. Así que, al colgar, llamé también a la Guardia Civil y me dijeron que mandarían a alguien. Ese alguien nunca apareció, por otro lado. La sensación de apatía, de pasividad ante la agresión que acababa de sufrir, era enorme.

Al rato recibo una llamada de la policía. Me dicen que están con el vigilante del camping y que él dice no saber nada de lo ocurrido. Voy hacia allá. Encuentro a dos agentes junto al vigilante y uno de ellos comienza a hablar conmigo, todo para convencerme de que no había pasado nada, de que no es para tanto, de que no me preocupe porque ellos ya están aquí. Mientras tanto, oigo cómo el otro agente está hablando en valenciano con el vigilante y, aunque no comprendo bien, consigo discernir que están hablando de la identidad del agresor. El agente me pregunta si esta persona estaba borracha o drogada. No entendí qué tenía que ver eso, y así se lo hice saber al agente. ¿Acaso justificaría lo sucedido? Bueno, no se preocupe que no es para tanto, me dice a continuación. Entonces le respondo que cómo no es para tanto, si no sabe que había niños alrededor, que hay mujeres que mueren en situaciones como esta, o son violadas o vejadas. ¿El qué no es para tanto? ¿Para quién?

Así transcurrió todo. La actitud de la guardia civil y de la policía municipal fue de tal pasividad que me disuadió de la utilidad de poner cualquier denuncia, y sólo pude pasar la noche despierta, preocupada por si ese hombre regresaba al camping, atenta a los sonidos que rodeaban la parcela, sin poder dejar de pensar que si el vigilante sospechaba o sabía quién era, sin duda no sería la primera vez que pasaba algo así.

Me llamo Pamela Casarrubios, tengo 30 años y soy concejal del Ayuntamiento de Aranjuez por Aranjuez Ahora. Que sea un cargo público o no, no tiene verdadera importancia. Si acaso, puede contribuir a tener algo más de audiencia para denunciar lo ocurrido, que no es algo eventual, que no es una tontería ni un momento simplemente desagradable, sino que se trata con toda evidencia de una agresión sexual, una más entre las muchas que sufrimos cotidianamente las mujeres en esta sociedad. Lo más alarmante, sin embargo, lo que motiva principalmente esta carta, no es en sí la agresión sino su normalización, su impunidad, la connivencia —aunque sea solo por inercia, por formas de machismo más o menos inconscientes— de las autoridades con el agresor y su quitarle importancia, su falta de empatía y de respeto hacia la agredida. La agresión me dejó muy inquieta, pero la actitud de la policía y de la guardia civil me dejó hondamente preocupada. Si queremos una sociedad más justa, si queremos acabar con la violencia de género y las asesinadas que va dejando en su camino, no pueden permitirse este tipo de actitudes que van sedimentando la base y el sustento de estos asesinatos. Es esencial denunciar el gran abanico de agresiones que sufrimos las mujeres, desde el piropo en la calle hasta el roce del pantalón en el metro, desde la violencia directamente física a todas y cada una de las formas de acoso sexual y psicológico que, por el mero hecho de ser mujeres, nos vemos obligadas a sufrir y luchar día tras día. En esa lucha, hablar, visibilizar, alzar la voz contra la impunidad de las agresiones, son acciones de gran importancia. Que no se pueda cerrar los ojos, ni mirar hacia otro lado, ni restarle importancia. Que esta carta contribuya a luchar por ello.

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