OPINIÓN

Reformas contra la corrupción

 

Por: JUAN SOLER-ESPIAUBA

♦  “La práctica política ha ido generando unas dinámicas que han terminado por viciar el sistema institucional, perjudicando su funcionamiento y la percepción que los ciudadanos tienen del mismo. Prácticas alejadas de la ejemplaridad y comportamientos dudosos desde el punto de vista ético que han terminado por considerarse “inevitables”, que se han establecido como propios del poder, que debilitan la consideración que los ciudadanos tienen de las instituciones y que socavan el vínculo entre representantes y representados. Aunque en distintos momentos de la etapa democrática –normalmente tras el estallido de algún escándalo de corrupción- se haya apelado con grandilocuencia a la regeneración, no se ha hecho nada para atajarlo de verdad. Todos sabemos que la realidad no se cambia con buenas palabras sino con acciones concretas y decididas.

El descontento y la desafección hacia la política se han extendido en los últimos años a amplios sectores de la opinión y de la sociedad. Los partidos políticos son hoy las instituciones peor valoradas por los españoles. En esta situación, creo que se trata no solo de preguntarnos cómo hemos llegado a este punto sino de saber qué podemos hacer para resolverlo.

Debemos ser conscientes de que estamos ante una crisis política nacional, que afecta al conjunto de las instituciones, y que por ello debería ser abordada con el máximo acuerdo y con la mayor decisión. Como decía Antonio Fontán, en la vida de cualquier nación hay cuestiones de Estado y cuestiones de gobierno. Para las primeras deben buscarse amplios consensos, no bastan las mayorías ocasionales. Esta crisis es una cuestión de Estado, y en saber afrontarla nos va el futuro político del país.

En primer lugar, si los ciudadanos han perdido la confianza en sus representantes debemos reformar el modo en que se los elige y la forma en que dan cuenta de su gestión. Hay que buscar fórmulas para que los políticos sean más cercanos, sean conocidos por sus electores y respondan directamente del ejercicio de su cargo. Esto hoy solo ocurre en España en el nivel local. Hay posibilidades, sin que se pierda el principio de proporcionalidad, de acercar el representante al representado. Así ocurre en la ley electoral alemana, que permite que una parte de los representantes sea directamente elegido por los votantes. En la Comunidad de Madrid y en la Comunidad Valenciana hay reformas presentadas en este sentido. Sería bueno que los partidos que se llaman regeneracionistas, como UPyD, contemplasen esta posibilidad con sensatez y espíritu constructivo.

Puesto que los partidos políticos están tan mal valorados debemos reformar su funcionamiento interno y estudiar las alternativas para un mejor reclutamiento de los dirigentes a través de procesos de selección más democráticos y transparentes.

Hasta ahora, en España ha ocurrido aquello que Michels enunció como la “ley de hierro de las oligarquías”, pero de forma tan burda que podríamos hablar de la “ley de hojalata”. Cuando un conjunto de dirigentes políticos se consolida en el poder, prolongándose indefinidamente en su ejercicio, termina por convertirse en una casta cerrada, que controla todos sus resortes e impide el acceso desde el exterior. La “oligarquización” de los partidos termina por convertirlos en organizaciones cerradas, generadoras de burocracia y de corrupción. Eso ha provocado la ausencia de los mejores en la vida pública –o al menos, de muchos de los mejores- problema que lamentara Ortega y Gasset con amargura. Por el contrario, nos encontramos unos partidos impermeables a la excelencia, al mérito, desconectados de los ciudadanos. Nos encontramos ante unos políticos que muchas veces no han trabajado nunca en nada fuera de la política y que ni siquiera responden ante unos electores concretos de lo que hacen. Algo nefando, pero real.

La corrupción no se ataja con más burocracia, ni con la creación de sínodos anodinos como tanto gusta a la izquierda. La corrupción se ataja con un conjunto de normas claras –que se cumplan- y con mayor transparencia. Transparencia es, ante todo, contar lo que se hace.

La financiación de los partidos, que es asunto relevante y se presta fácilmente a la demagogia y al oportunismo, exige una transparencia total, cristalina. No seamos hipócritas multiplicando unas restricciones disfuncionales que provocan el efecto contrario al que pretenden, es decir, que al final favorecen la corrupción. Hagamos que lo que ocurre se sepa. Sabemos que las campañas electorales generan unos gastos muy altos. Habrá entonces que establecer los medios para que se pueda saber de dónde viene el dinero y qué se hace con él. O quizá habría que elevar la duración de la legislatura a cinco años, como ocurre en democracias tan consolidadas como Reino Unido o Francia. Esto reduciría automáticamente los gastos, ya que en 20 años se pasaría de cinco a cuatro citas electorales.

La Fiscalía anticorrupción debería investigar los incrementos patrimoniales injustificados no solo de cargos públicos sino de gentes vinculadas a la política. En algunos ámbitos del sur de la Comunidad de Madrid, que conozco bien, llaman poderosamente la atención ciertos enriquecimientos que no tienen una explicación razonable. Lo cual seguramente también ocurra en los demás puntos cardinales.

Por otra parte, la limitación de los mandatos evitaría algunos de los problemas a los que me refiero. Eternizarse en los cargos solo lleva a perder el sentido de servicio, a creer que estos “pertenecen” a los que circunstancial y temporalmente los ocupan y por ello a desdibujar las fronteras entre lo público y lo privado.

Asimismo, esta limitación de mandatos de los políticos debería complementarse con la rotación de los técnicos de urbanismo. Ello impediría la aparición de figuras todopoderosas e inamovibles que deciden sin cortapisa alguna sobre asuntos de calado económico y mucha trascendencia en el desarrollo de las ciudades. Igual que ocurre con los diplomáticos o con los militares, que cambian de destino, esta sería una medida higiénica y saludable para la práctica político-administrativa.

Mejorando la selección de los llamados a desempeñar cargos públicos por los partidos, potenciando el vínculo entre elector y elegido (así como la rendición de cuentas), limitando los mandatos y favoreciendo la rotación de los cargos de urbanismo, aumentando la transparencia en la financiación de los partidos y comprobando la calidad de los comportamientos económicos de gentes dedicadas o vinculadas con la política, estaremos haciendo más contra la corrupción y por la regeneración que con toda la retahíla de órganos de supervisión, comisiones de control, consejos de nosequé etc. que la izquierda es tan dada a proponer cuando se refiere a este tema. Los órganos de control que existen sirven, pero hay que facilitar que funcionen bien.

Será con reformas como podamos enfrentar el problema de la corrupción. Estas son algunas ideas que, discutidas y acordadas entre los partidos, contribuirían a que los ciudadanos vuelvan a tener confianza en las instituciones y en sus representantes. Buena falta nos hace si queremos recuperar la salud de un sistema político tan exitoso y conveniente como el que nos dimos en la Transición y con la Constitución de 1978”.

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2 Comentarios

2 Comments

  1. fanegas de la alhondiga

    8 noviembre, 2014 at 19:59

    Reconozco mi admiración, lo he manifestado en alguna ocasión sin tener reparo alguno, por la prosa, la elocuencia y verbo que emplea en sus opiniones este político profesional, que además de ser alcalde electo y elegido por Esperanza Aguirre es diputado en el feudo de Madrid por designación de ella al incluirle entre la lista de candidatos.
    Coincido en casi todas de sus apreciaciones y hasta comparto esas recetas que propone para recomponer algo viciado en su origen que no es otra cosa que el poder concebido y aplicado hasta extremos de paranoia de los partidos políticos en detrimento del objetivo y función principal de la política, el lograr que el individuo tome parte activa en ella y no sea el modus operandi para satisfacer sus ambiciones, o tener con ello un medio de vida como para supervivir. Estamos en ese permanente desencuentro; acariciando la política por un lado y por otro generando sospechas sobre sus ejecutores profesionales.
    En mi opinión sus palabras y consideraciones no se corresponden con su conducta y talante, y su comportamiento se ve contaminado por su doble condición diputado y alcalde. Esto que puede parecer una anécdota revela el cinismo que la atrapa y derrota.
    Ahora resulta según sus propuestas que son los funcionarios técnicos en urbanismo el colectivo profesional a poner en cuarentena y cuestionar su poder sobre esa materia fuente de corrupción que es el urbanismo, pero calla al no incluir a esos modosos cargos de confianza y empresas municipales que tienen entre sus directivos u ordenanzas personas afectas y vinculada al partido político que ostenta o comparte el poder. Me sorprende esa comparación que en este apartado hace con el ejército.
    Es llamativo que mencione “casta cerrada” a esa oligarquía política que como él son franquicia de los partidos políticos y representan un elevado porcentaje de clientelismo pecuniario y de adeptos al sistema de la partidocracia donde encuentran esa vía de enjuague para activar sus negocios unos, y perpetuarse otros al amparo de lo público y la política.
    No es cuestión de convocar elecciones cada cinco años como sugiere. Sino depurar a tanto oportunista que anclados en los partidos generan burocracia y un ejército de parásitos disfuncionales. Y precisamente eso es lo que se lleva generando desde el 78 añadiéndose cargos de confianza y asesores en todo el ámbito donde el lobby de los partidocracia actúa, que degenera el sistema y alimentan la corrupción.
    A tiempo está de hacer efectiva y convincente su propuesta por la parte más directa que le toca, como sería no repetir como candidato a alcalde y más y mejor no aceptar serlo por la decisión de un grupo de afiliados a su partido o de los órganos que lo imponen.

    “Cuidado de la democracia. Como norma política parece cosa buena. Pero de la democracia del pensamiento y del gesto, la democracia del corazón y la costumbre es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad”.
    José Ortega y Gasset

  2. Juan

    10 noviembre, 2014 at 19:12

    Llevo días resistiéndome a comentar uno de los artículos más cínico que he leído contra la corrupción, pero como es obvio, al final no he podido resistir la tentación de puntualizar al Sr. Alcalde sus recetas contra la corrupción.
    Digo que se trata de un artículo cínico porque el Sr. Alcalde miente sobre las medidas a adoptar y en la mayoría de los asuntos que plantea miente a sabiendas.
    Plantea el Alcalde un par de premisas ciertas, como cuando señala el descontento hacia los partidos, la forma de organizarse estos y como han degenerado en su funcionamiento e invasión de todos los ámbitos de la sociedad, pero que el planteamiento sea cierto, no impide que el resultado o solución que propone sea falaz, y peor aún, que él mismo lleve casi cuatro años gobernando en contra de cuanto propone.
    Le queda estupendo y muy chic hablar de “la ley de hojalata” que se impone en los partidos cuando sus dirigentes se consolidan en el poder y provocan la ausencia de los mejores de la vida pública, o el ascenso y triunfo de los mediocres así como de personas que no tienen otro bagaje laboral que la ofrecida por el partido, pero no ofrece ninguna solución a ello, es más, aprovecha el viaje para decir que eso se combate con más transparencia y no con sínodos anodinos como tanto le gusta a la izquierda ,!toma solución!
    Que ha hecho el Alcalde en éste asunto: colocar de asesores y directores de las empresas públicas a toda la lista electoral que presentó en 2011. Se supone que estaban todos muy preparados para la función pública.
    Igual de descarado es la propuesta que fórmula para la financiación de los partidos, en vez de proponer un control para que no se gaste más de lo que se tiene, sobre todo en esas campañas electorales que nos tienen hasta los mismos, no, el Alcalde ve imposible reducir esos gastos inútiles y propone que las elecciones se celebren “cada cinco años”.
    Por otra parte, nos habla el Alcalde de limitar los mandatos, y lo dice un señor que lleva más de 20 años en cargos públicos y que ha anunciado que pretende presentarse a la reelección, sí señor con un par.
    Y por último, nos dice el Alcalde que se acabaría con la corrupción si se rotara los cargos de urbanismo, y esto lo dice un señor que cuando llegó a la Alcaldía cesó al Director de Urbanismo, al Director de Licencias al de Planeamiento, al de Medio Ambiente y al de Personal, aprovechándose que tenemos una Ley de la Función Pública que permite el acceso a la condición de funcionario mediante el procedimiento que denominan como “libre designación” (popularmente dedazo), y que el anterior caudillo local implantó como la forma natural de ocupar cualquier puesto de dirección en un claro ejercicio de fraude de ley. Fraude de ley que el Sr. Soler ha mantenido y aprovechado para colocar a los suyos.
    En fin, Alcalde siga usted a lo suyo, pero de ésta han perdido para siempre a muchos de sus votantes, y esperó que la debacle de UCD en el 82 se quede corta.

    Hasta las próximas Botaciones

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