OPINIÓN

26J. Cuatro reflexiones sobre los resultados

Agotada la catarata de resultados que vuelcan las urnas abiertas, ya es posible someter las expectativas deseadas y publicadas al veredicto que determina la nueva verdad y sacar las primeras conclusiones, para construir algo sobre el nuevo abismo, abierto ayer y parecido, pero aún más peligroso, que el que no quisieron cerrar durante la ronda anterior.
Primera.- El fracaso de la osadía o “Pablo Iglesias debe dimitir” el lunes 27.

El entrecomillado procede porque era el encabezamiento alternativo que proponía a lo que puse en circulación el 11 de mayo bajo el título Pablo Iglesias, o distancia o derrota”, pocos días antes de iniciar mi campaña particular para enviar al de Podemos a la ONU. Esté líder quedó inhabilitado para cualquier pacto de gobierno el día de su comparecencia ante los medios tras ser recibido por primera vez por Felipe VI. Si, cuando propuso a Sánchez para presidente del gobierno en público, antes de decírselo al interesado que, además, era su único socio posible. Parece que esa imagen de personaje no fiable para los acuerdos ha quedado grabada en el electorado con más fuerza que el protagonismo conseguido casi cada día con sus declaraciones siempre sorprendentes, o incluso que el momento de optimismo tras firmar la coalición con IU sin pedir disculpas por los insultos y desprecios que se permitió antes del 20D. Se ganó enemigos, que se la tenían guardada, entre los de su propio equipo. Ya nos hemos olvidado de la destitución con nocturnidad de aquel cuyo nombre no me viene, y que sustituyó por Echenique. Si las circunstancias permitieran la negociación de un gobierno progresista, por muchos actos de contrición que haga Iglesias ahora lo normal es que Sánchez le haga morder el polvo, y vete su participación. Debe dimitir ya, tal como hizo en mayo de 1979 el político al que más se parece, Felipe González, tras la segunda derrota electoral, la que sufrió dos meses antes. También eran tiempos de transición, esos que consumen veloces a sus propios actores.
Segunda.- Somos compatibles con la corrupción.

Si ha habido un periodo en la historia que ha permitido acreditar que la corrupción forma parte esencial del PP ha sido el que va del 20D de 2015 hasta el 26J de 2016. Desde el estallido de lo de Valencia hasta el hedor de las cloacas habitadas por Fernández Díaz, pasando por el rosario de noticias casi diarias relacionadas con los asuntos abiertos Gurtel, Púnica, etc…, no hay español ni española que pueda alegar desconocimiento sobre la condición del partido al que ha votado un tercio del electorado, con todo lo que ello significa sobre la escala de valores que prevalece en nuestra sociedad. Un verdadero problema, que la policía y la Justicia no podrán resolverle, por sí solas, a España, y más si los de Rajoy siguen en el Gobierno. Lo que tanto y tantos hemos denunciado hasta la saciedad, esa irresponsabilidad absoluta por parte de Iglesias, Sánchez y Rivera de no hacerse mutuamente las concesiones que fueran necesarias con tal de que a las siguientes elecciones, las que se acaban de celebrar, no se llegara con los del PP en la posición siempre privilegiada de gobernar.
Tercera.- El quijotismo casi siempre fracasa.

A la vista de los pertinaces sondeos preelectorales, que machaconamente insistían en que los de Rivera perderían terreno, y que al parecer es en lo único que han acertado, varios expresamos que se nos aparecía Don Quijote cuando pensábamos en Rivera, dada la tan encomiable como incomprensible batalla que libraba el líder de Ciudadanos. Consiguió con ello transmitir la imagen de ser el gran denunciador de la corrupción en el PP, el partido que constituye su casi exclusiva fuente de votantes. No se quiso dar cuenta de que pinchaba en hueso, dada la perfecta convivencia con la corrupción y el delito de ese nicho estable del electorado de derechas. Ha transmitido Albert una imagen personal de idealista, cuando la ideología que representa no es precisamente el fundamento adecuado para esa clase de comportamientos. El fracaso era inevitable, y el de las encuestas todavía más, pues aunque, como ya he dicho, sí reflejaban retroceso de Ciudadanos, no lo trasladaban al ascenso del PP, indiscutible a la hora de la verdad. A eso se le llama voto más oculto que indeciso, por complicidad consciente con las prácticas de delito continuado en su partido favorito. Error de Rivera, probablemente por pura convicción personal que, en mi opinión, abunda en la confusión de su electorado, aún volátil, al no encontrar manera de trasladarle con firmeza la convicción en el pacto firmado con el PSOE mediante alguna fórmula que pudiera ser asumida por los votantes de ambos partidos y fuera eficaz en las urnas. Ambos partidos han perdido diputados. ¿Hubiera ocurrido lo mismo si, por ejemplo, se hubieran presentado en coalición al Senado, aunque solo fuera con el objetivo declarado de evitar la incómoda mayoría absoluta que ya consiguió el PP en diciembre? A fin de cuentas, en ningún caso podrían hacer una campaña de arañarse entre ellos como manera habitual de disputarse los votos, por lo que quizás les habría ido mejor convertir su acuerdo fallido, que a fin de cuentas lo fueron por los votos en contra de sus adversarios, PP y Podemos, en el gran aldabonazo para el 26J, sometiéndolo al plebiscito del electorado. Habrían dado la palabra al pueblo sobre su política, transmitido coherencia con sus propios actos, demostrado valentía reformista y rentabilizado muchos de sus votos, que ahora se han perdido.
Cuarta.- Lo del Senado.

Una victoria anunciada del PP que ha confirmado la absoluta falta de valor, firmeza y convicción de los tres partidos de la oposición, incapaces de superar prejuicios y sacrificar egos ante lo que constituye la más insoportable falta de proporcionalidad entre voluntad popular y cuota de poder conseguido que se deriva de la actual Ley Electoral y que, para mayor burla hacia el electorado, todos declaran estar dispuestos a cambiar, pero no hacen nada para conseguirlo en el único momento que resulta eficaz. La guinda de la insolencia la puso, de nuevo, Pablo Iglesias, cuando a tres días de finalizar el plazo para la formación de coaliciones, le propone a Pedro Sánchez y de nuevo en voz alta, para que todo el mundo se enterara de que había sido él y no el socialista, el que proponía una coalición electoral al Senado que, por supuesto, habría conseguido evitar la mayoría absoluta en esa Cámara que ha logrado el PP, con el único esfuerzo de reírse de la inutilidad de los demás sin que se notara demasiado. Si Pablo hubiera dejado que esa gestión, entre bambalinas, la protagonizaran Errejón, o el mismo Garzón, lo mismo se habría firmado la coalición ganadora. Pero las formas, en política, son decisivas. Y el respeto, incluso al adversario, es condición para participar. Pues más consideración aún se debe tener con aquel al que quieres convencer para que sea tu socio. El resultado: Podemos ha perdido el 25% de los senadores que consiguió el 20D y el PSOE el 8,5%, ambos datos provisionales, pero más que representativos de un fracaso ganado a pulso. Muchos venimos insistiendo y proponiendo alternativas para ganar el Senado desde mayo de 2015, inspirados en el 15M, sí, el de 2011, pero ni caso. La última, tras el estallido de la cloaca Fernández, gritando a Iglesias para que retirara todas sus candidaturas a ese privilegio y pidiera a los suyos que votaran a las del PSOE, que ya ajustarían cuentas tras los resultados. Ahora han terminado, ambos, perdedores y enfrentados. Buena cosecha.
Conclusión para una coyuntura más deseada que probable.

En estos momentos, solo la confianza en que Rivera y los suyos pongan a los de Rajoy condiciones de limpieza interna que conduzcan a la descomposición del PP, a cambio de un gobierno que, en cualquier caso, será inestable, puede corregir parcialmente los gravísimos errores políticos cometidos por los partidos que vienen declarándose a favor de un cambio que tienen en sus manos pero no saben conseguir. El político que hoy debe pagar las consecuencias se llama Pablo Iglesias. ¿Se dará cuenta?

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