OPINIÓN

Adreim o la monarquía (I)

Cuando yo no era más que una esponja mamona, del otro sexo e indefenso, me contaron un mundo de buenos y malos. Después me hice mayor, pero de lo que te alimentas sin pensar siempre queda algo. En aquel cuento infantil los monarcas eran casi todos mejores que el resto, protagonizaban aventuras y cumplían un papel muy positivo y necesario. Con ocasión de los Reyes Magos se montó una vez al año la magia de los regalos para consolidar el relato. No obstante, y para respetar la regla de la necesaria excepción que cualquiera terminaría descubriendo, eligieron a Herodes como ejemplo de rey malo, que lo era, aunque también le acusaron de matar muchos niños cuando ya no podía defenderse y sin pruebas suficientes. Después, y con el tiempo, para recomponer la imagen averiada de lo monárquico a alguien astuto se le ocurrió aprovechar aquella crueldad, haciéndolo con tanto arte y visión de futuro que convirtió el día 28 de diciembre, para siempre, en la fiesta de las bromas por excelencia.

Decenas de siglos después de lo de Herodes, ahora y aunque parezca mentira, la realeza sigue siendo una realidad, valga la licencia, pero en el subconsciente me quedan recuerdos que duelen cuando los rompen. Por ese motivo he estado pensando en cómo evitar las molestias que en su vida privada, la de Ellos, causan la combinación de tecnología y libertad, partiendo de la base, eso sí, de que de la primera ya no podemos prescindir y a la segunda no nos da la gana renunciar, y sin nosotros Ellos no son nada.

La solución que propongo es que Sus Majestades aprendan un idioma distinto y exclusivo, y nunca más puedan usar el nuestro. De esa manera, digan lo que digan, no volverán a herir la sensibilidad plebeya, tal como le ocurrió al viejo esponjo que firma esto cuando el pasado 8 de marzo se enteró de lo que Ellos le habían escrito a uno de sus amigos. Aún me supura la herida.

Aprender una lengua nueva no es tarea fácil ni para reyes, por lo que podrían ir avanzando palabra por palabra. La primera podría ser ADREIM, por iniciar las clases desde el final de donde empezó todo. Tiene varias virtudes: comienza por A, aún no existe y los académicos de la RAE podrán añadirla al Diccionario y proporcionarle el significado que les parezca, aunque aconsejo la elección del que ya viva en el acervo popular para cuando se decidan. El peligro de no actuar con rapidez consiste en que es muy probable que su espontánea expansión por las redes RFA (rápidas, fáciles y ácidas) la conviertan en una realidad inevitable, y puede que salvaje sin sangre, de nuestro lenguaje.

Ya se me está ocurriendo una nueva palabra para el idioma solo regio, orientada a llamar a las cosas por su nombre. Solo diré que comienza por Y. Le dedicaré el siguiente capítulo, que no es cosa de que nos atragantemos.

Termino pidiendo a quien lea esto que lo comprenda sin acritud. Puede pensar, y acertará, que es un pequeño homenaje a todos los que defienden la libertad de prensa publicando las informaciones de interés general que no pueden desmentirse, que son las que más duelen pero mejor curan al paciente. Y si lo que le viene a la cabeza es la Familia Real, debe saber que esto se alimenta en la misma proporción de dos deseos: El primero, el de que Ellos aprendan a evitar de sus errores los que dañan nuestra infancia; el segundo, conseguir que abandonen por voluntad propia sus cargos y cerremos de una vez ese kiosco. Será la única manera de que no vuelvan a tropezar contra la misma piedra que somos nosotros y de que podamos soñar con un mundo también de ellos, pero con minúsculas, porque será el mismo que el nuestro.

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