PARAÍSOS PERDIDOS

Aquellos libros de bolsillo

Vayamos por partes, como solía decir mientras operaba, con esa cachaza londinense, Jack el Destripador. Escojamos, fuera del Castellano, solo a los europeos del siglo veinte que me levanten primeros la mano o eleven la ceja elegante y dicharachera, alineados como en un fusilamiento, sobre las baldas de una biblioteca que casi me cuesta la vida. Por ahí andan dándose codazos dentro de su tapa blanda. Entre las páginas amarillentas de escaso gramaje de la Colección Austral, Bruguera Libro Amigo, Alianza Editorial, Ediciones Destino, Biblioteca Edaf, Espasa Calpe y tantas otras.

Joseph Conrad, Proust, Joyce, Pessoa, Eliot, Céline, Brecht, Sartre… Se me caen de las manos entre sus lomos despegados. Martin Amis, Orwell, Albert Camus, Navokov, Herman Hesse, Malraux, Stefan Zweig, Calvino.

Aquí me llamó la atención uno como otros cientos que andan a su alrededor. Huele un poco a goma arábiga y humo de tabaco, es de un británico John le Carré, que parió El espía que surgió del frio. Entre Inglaterra y Alemania, a principios de la década de 1960, dando una visión del espionaje de la época de la Guerra Fría dura y sacrificada. Alec Leamas, su protagonista, somos todos en extraordinarias y peligrosas circunstancias.

Mira lo que me he encontrado, bajo una regular cortina de polvo, un par de novelitas de Heinrich Böll, que fue un escritor alemán de la literatura de posguerra, también llamada “literatura de escombros”. Que buenos ratos y ricas páginas… Opiniones de un payaso.

Y aquí lo tengo blanco y gordo, mi querido ejemplar desportillado, editado hace ya más de cuarenta años. Cuando ley El rodaballo de Günter Grass, otro alemán estupendo. Me explotó la cabeza. En la edad de piedra un pescador atrapa un rodaballo parlante a orillas del Vístula, y comen col fermentada en salmuera.

En la esquina de abajo fuera del foco de los ojos de los curiosos, siempre aguardan medio avergonzadas varias novelas de uno de mis secretos escritores de éxito. Graham Greene fue espía en el MI6, pero a veces hablaba claro:Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana”.

Todas sus novelas me han gustado, de todas he aprendido algo del mal y de su vacuidad. Es muy entretenido y nada frívolo. A lo largo de su vida viajó lejos de Inglaterra, a lo que él llamo los lugares salvajes y remotos del mundo.

El bueno de Graham, por razones crematísticas, aceptó de mala gana adaptar una de sus novelas para un guion cinematográfico. Se sumergió en el turbio ambiente de la Viena de posguerra ocupada por los aliados, donde medran las redes de espías y el mercado negro, y puso en los labios de Orson Welles despidiéndose debajo de una vieja noria:

 «En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia no hubo más que terror, guerras y matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco»

¡Hasta la vista Holly!

 

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