OPINIÓN

Brotes verdes [un cuento sobre las expectativas de futuro]

 

Hay que dar por hecho que todo lo que atañe a nuestras vidas puede dar la vuelta. Todos estos años, por lo menos, me sirvieron para tener la certeza de que si alguien asegura que es verdad, puede no serlo. Tenía la cabeza acorchada con una punzada tensa, en uno de mis ojos. Me dolía la espalda y sentía como se recargaba lentamente otro calambre en mi muslo de la pierna izquierda. Llevaba puestos unos viejos calzoncillos blancos abanderado y una camiseta de hombreras húmeda del sudor.

El resto de mis ropas y las zapatillas de la noche anterior estaban hechos un montón sobre el terrazo, al pie de la cama. Intente pensar pero solo me salieron recuerdos de la noche anterior, dentro de una memoria hecha pedazos. No hay que pensar demasiado en que vas a estirar la pata y poseer cosas que te importe perder. Mejor,  cuando se muere un perro recoges a otro chucho,  y cuando te abandona tu verdadero amor, porque no se puede vivir juntos sin un sueldo asegurado, descubrir que tú te quieres por los dos.

Mi nombre es Carlos. Soy bajito y feo,  tengo treinta y seis años. Hace más de una década que me licencié en Sociología en la universidad pública, después hice un máster carísimo que casi arruina a mis padres y tengo un ingles hablado y escrito “medio alto” con titulo de la escuela de Idiomas. Hace tres años que vivo en un viejo sexto piso sin ascensor que me subarrienda, un buen amigo de la universidad que eventualmente ahora, trabaja en Berlín de friega platos. Tengo cotizados casi cinco años a la seguridad social. Becario en un periódico, camarero, mozo de almacén, comercial de productos de limpieza y auxiliar de seguridad. Algún otro que habré olvidado, por cierto tengo los benditos cursos del paro: “Seguridad Laboral” “Carnet Carretillero” y “Manipulador de alimentos”.

Estoy de nuevo sin trabajo. He dormido mal, doce horas seguidas y me he despertado con la almohada mojada de babas. Me he incorporado despacio, para evitar en lo posible las chiribitas en el interior de mis ojos y me he puesto de rodillas frente a la taza del váter para vomitar bilis y soltar mocos. Entre nauseas y estornudos me he secado, como he podido con el papel higiénico. Y así con mis habituales abluciones matutinas, de cuando estoy acojonado. Cumplidas me he ido, quitándome las legañas con los dedos, para la cocina a calentarme un café negro en el microondas.

Encendí la torre del ordenador y mientras me fumo los tres cigarros casi seguidos, tras el mono del sueño, busco algo de pornografía para hacerme una paja. Me fui para el cuarto de baño para cagar, pero continúe vomitando. Las cosas están como están y así seguirán o bruscamente pueden girar y hay que estar preparado.

Me hago un hueco entre las cartas de los bancos y las cortezas de tendilla en el sofá y enciendo las dos cosas, mi cigarro y la televisión. Comienza el zapping: Un tesorero de un partido de derecha que eventualmente ha salido de la cárcel, clama justicia. Clickeo: Amar en tiempos revueltos, telenovela. Clickeo: Sindicato de clase no sabe justificar una partida de dinero público que según demuestran las facturas se les fue en gambas en un congreso extraordinario. Clickeo: Publicidad, termina un pegamento para dentaduras y da comienzo unas compresas con alas…!plas¡ !plas¡ !plás¡ me rindo.

Son unos genios. Nos hemos creído ya todas las mentiras: la democracia, el tiempo de ocio, los escaparates, las vacaciones en el Caribe, la libertad de prensa y los derechos sociales. La competitividad y los seres humanos como “unidades de gasto”. Me quitaría el sombrero, si pudiera comprar alguno. Tengo costumbre de llorar y reír a solas. Juas juas jaus… Creo que fue anoche cuando  me suelta: “Me das fuego, no sé donde he dejado mi mechero. Últimamente lo pierdo todo”—dijo el muy capullo, este amigo nunca podría perder ya nada. Todo está ya perdido. Tiras a una rana a un cazo de agua muy caliente y salta, pero si la metes dentro y calientas el agua lentamente; esta perdida.

Cuando lloro lo hago en silencio, con los lagrimones chorreándome toda la cara. Cuando me llegan a los labios les doy lametazos. Saben a sal, según creo las lágrimas se parecen al orín. No estoy seguro. Uno está viendo televisión tirado en el sofá, con la sensación de que te han prometido, que algo bueno, va a sucederte. Y pasan programas y programas, entre anuncios y más anuncios. Y tú estás ahí frente a la tele. Bueno tú has jugado a la lotería, no hay duda, te puede tocar. Hasta que llega el momento, en el que ya dejas de creer que pueda sucederte nada parecido. Esta forma de interactuar con  “la cosa” es una mierda, pero no tengo otra. Es la mala suerte de cada uno. Estás en el bombo, te toca y te ha tocado. Estás fuera del bombo. Y ya está.

Había empezado a sudar en el nacimiento del pelo. A veces nos suceden cosas lamentables. Y no podemos hacer nada por remediarlo. Se descubren dentro de uno y supongo que duelen a los demás, tú simplemente, no notas nada. Cae la tarde, me desperezo y me estiro cuan largo soy. En el viejo frigorífico de cierres oxidados, no hay comestibles. Cuando por el pasillo vislumbro en el espejo del baño a un tío pequeño y barrigudo, en calzoncillos blancos abanderado, tengo que esforzarme por detener un nuevo ataque de ansiedad. Voy recogiendo del montón de ropa y envolviéndome el cuerpo. No sabemos lo que nos está pasando, nunca lo sabes. Vives y todo eso, pero el futuro te arrolla en el presente y cuando te das cuenta lo estás recordando.

Los instantes en que nos cambia la vida, a menudo no parecen lo que son. Definitivamente este piso me está aplastando, no podemos elegir nuestros comienzos, pero sí se puede decidir cuándo, un nuevo día debe comenzar. Meto los faldones de la camisa dentro del pantalón y me dirijo algo inseguro, me fallan las piernas, hacia la puerta y la abro. Sé que me enfrento a seis tramos de empinadas y oscuras escaleras “No tengas miedo. Estarás bien” —me digo entre  ligeramente entusiasmado y escéptico— “Es una aventura. Todo irá bien”.

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