CAJA DE CUENTOS

Calor bajo cero

Por Vanesa Gutiérrez Portero

***

Siento el calor de la chimenea y mis sentidos despiertan tras la noche tan movida de Nochebuena. El chisporroteo de la leña ardiendo me hace pegarme a ella como si fuese mi única forma de salvación…

Miro mis manos y siento que están más blancas de lo habitual, quizá esté comenzando un proceso de congelación, pero aquí sigo, hipnotizado con el rojo de las llamas.

Todos duermen tras una noche de fiesta o cena familiar, pero yo, aun habiendo pasado una larga velada, continúo con los ojos bien abiertos, creo que me resultará imposible conciliar el sueño en un tiempo, pues lo de esta noche no es algo normal.

Su mirada está clavada en mi mente y no se si algún día seré capaz de apartarla de mis pensamientos. Se llamaba Marta, o al menos ese es el nombre que desde emergencias le pusimos.

Aun no me he presentado, me llamo Roberto y trabajo en emergencias Madrid. Hace años, pasé por problemas de salud y mi sueño de ser bombero cambió, los médicos me salvaron la vida y de mayor yo quería hacer lo mismo con otras personas. Por lo que aun con muchas dificultades económicas, conseguí salir adelante entre un trabajillo de camarero y becas para hacer mi carrera de médico. Mi familia es humilde, somos de un hermoso lugar de Madrid, Fuenlabrada, donde teníamos un pequeño negocio familiar de flores, pero la crisis pegó duro a la clase obrera y nos quedamos sin nada, mi madre consiguió trabajo en un restaurante como ayudante de cocina y mi padre ya con edad suficiente, pudo prejubilarse. Es muy duro estudiar y trabajar a la vez, ayudar en casa en todos los aspectos y luchar por este sueño, pero lo conseguí y me siento tan orgulloso de ello, que todo lo demás ha quedado como una experiencia y ahora, vivimos sin carencias, y tampoco lujos.

Al aprobar la carrera, tuve la suerte de que las prácticas que realicé en el hospital de mi ciudad dieron su fruto y me concedieron un puesto de interino en las consultas de medicina interna. Al principio todo era maravilloso, pues estaba haciendo realidad ese gran sueño de mi infancia. Algunos me conocían como paciente y ahora les asombraba verme del otro lado. Pero un día, todo cambió, acudió a consulta una mujer cuyo dolor físico no era más que la somatización del de su mente, había perdido a su hijo menor en un accidente al que los servicios de emergencias no tuvieron tiempo de llegar. Desde ese momento, el ver el dolor en su mirada, me hizo replantearme mi vida y opositar a emergencias. Era difícil, pero tras mucho trabajo lo conseguí. Un empleo sin horarios, en el que los fines de semana o festivos son un día más… pero sentía que ese era mi lugar en el mundo.

Como cada mañana desde hace varios años, ayer salí de mi casa para enfrentarme a una jornada de 24 horas, el día 24 de diciembre. Todos mis compañeros se quejaban por no poder disfrutar de sus familias, yo no, pues algo en mi interior me gritaba que no había un sitio mejor para estar que ese, en ese momento.

Las prisas de siempre, una llamada y rápido a casas, accidentes, borracheras… lo normal y más en un día así. Tras todo ese movimiento, llevábamos unas tres horas tumbados en los sillones de la sala de descanso del punto base, y medio dormidos pensamos que la noche ya había dado todo de sí y ahora nos tocaba descansar hasta la hora de marcharnos. Varios miraban a sus teléfonos con lágrimas en los ojos, sus hijos pasaban la navidad sin ellos y se sentían repartidos entre el deber de una familia y el de un trabajo, por lo que aún saltándome las normas, como jefe médico, les di permiso para marcharse a casa, ya solo faltaban dos horas para acabar nuestra jornada y todo estaba muy tranquilo. Solo me quedé yo en el puesto, más que suficiente, aunque una falta de responsabilidad por mi parte.

Las horas pasaban, cuando a solo una hora de que llegaran nuestros compañeros a relevarnos, sonó el teléfono. La cosa parecía complicada por lo que corrí todo lo que pude.

Al llegar, aún no había rastro de cuerpos de seguridad, estaba solo ante una mujer que a un lado, junto a un coche, suplicaba clemencia con un hilo de voz.

A su lado un carro con las pocas pertenencias que poseía y una manta roída que más que calentar, daba miedo. Tendría unos ochenta años y la mirada más triste que he visto nunca. Me acerqué a su lado para cubrirla con una manta térmica, necesitaba entrar en calor. Allí no había nadie, por lo que el vecino que avisó, estaría viéndonos desde alguna ventana.

―¿Me puede escuchar? ¿cuál es su nombre?―le pregunté insistentemente, pero no obtuve respuesta, solo esa mirada que hacía temblar al frío.

Por lo que pude ver, había pasado la noche al raso, el frío helaba sus huesos desnutridos y sus labios sedientos se llenaron del agua que le di con cuidado, como a un pajarito indefenso. Sus signos vitales eran lentos, pero lo suficiente como para que resistiera. En mis brazos la subí a la ambulancia donde le puse sueros y realicé las maniobras de reanimación cuando vi que se me iba, oxígeno y calor, mucho calor que no conseguía parar sus temblores. Su temperatura corporal caía y yo, sentí miedo por primera vez en todos mis años de profesión, pues me veía solo ante una persona que se escapaba de mis manos. Como siguiera temblando, su corazón podría pararse y ni las mantas o la calefacción del vehículo eran capaces de estabilizarla. No podía llevarla al puesto, si yo conducía no tenía a nadie para vigilarla, y la policía no llegaba, supongo habría problemas más importantes como disputas y miles de cosas para las que no dan a basto. Me quité la chaqueta y la coloqué sobre ella, la abracé fuerte y mi cuerpo comenzó a temblar ante la piel helada que la cubría. No se cuantos minutos pasaron, pero las sirenas sonaban, llegaba la policía que corrió en mi auxilio y todos nos colocamos a su alrededor, abrazándola, cinco hombres que solo veían la posibilidad de dar el calor de sus cuerpos a una mujer que se iba fruto de la mayor de las desolaciones.

Qué duro era ver sus ojos, no consigo sacarlos de mi mente, como clavados en mi pedían ayuda y a la vez, daban las gracias. El infortunio de quien por mil razones de la vida se encuentra con las estrellas como único techo, a merced de las inclemencias, del dolor, de la desesperación, arrastrando un humilde carro y comiendo sobras. Ese es el mundo que nos rodea, en el que todos celebramos las fiestas tirando la casa por la ventana sin tan siquiera hacer una pequeña donación que ayude a quien no tiene nuestra suerte, y encima nos quejamos. Que injusta es la vida, tan bonita y en ocasiones inmensamente dura.

Llegó la mañana y su cuerpo comenzaba, aún muy débil a tomar temperatura, nosotros, habiendo absorbido su frío, temblabamos, pero no importaba nada, se iba a salvar. Despidiendome de esos grandes hombres que cada día cuidan de nuestra seguridad, me marché al hospital, donde la dejé en manos de los compañeros que confirmaron mi idea de que se iba a salvar y todo gracias al calor humano recibido, ni las medicinas, ni nada. La mire a los ojos por última vez y quiso hablar, pero su cuerpo débil no era capaz de emitir sonidos, innecesarios, pues su mirada lo decía todo.

Volví al puesto y el coordinador me esperaba, como jefe había descuidado mi lugar de trabajo y hubo suerte de que no se presentara nada grave, sino los problemas serían peores. Dejar que los compañeros se fueran, quedarme solo… era algo imperdonable, yo lo comprendía y tras abrirme un expediente… no se si me dejarán seguir en mi empleo. Lo único que sé es que hice lo que sentí que debía y hoy “Marta”, como llamé a aquella señora que por no tener, no posee ni nombre, está con vida y los servicios sociales se harán cargo de ella no permitiendo que esto vuelva a ocurrir.

Me pego a la chimenea y mi reflejo en el humo que se escapa, me hace sentir afortunado, pues no he cenado pavo, ni tampoco marisco o turrones, pero pertenezco a ese grupo de personas que sacrifican su vida personal por quienes lo necesitan… soy un héroe sin capa ni superpoderes.

Feliz navidad a todos. Aunque este relato es pura ficción, cada día se dan estas cosas a nuestro alrededor. La navidad y todas las épocas del año son preciosas, pero hay quienes no tienen nuestra suerte. No podemos cambiar el mundo, pero sí apoyar con un pequeño grano de arena a las asociaciones o fundaciones que ayudan a los más desfavorecidos, un diminuto gesto que hace mucho. También quiero agradecer a todas las personas que trabajan para nuestra salud o seguridad sin importarles el horario o fecha del año.

Con cariño…Vanesa Gutiérrez Portero


 

viajando-sueños-03© Vanesa Gutiérrez Portero. Todos los derechos reservados

Vanessa Gutiérrez Portero es madrileña, vive en Carabanchel y compagina su actividad de escritora con las tareas de locutora en un programa de la emisora argentina GDSradio, desde donde apoya la literatura nacional.

“Tras toda una vida plasmando mis sueños e inquietudes en papel, haciendo guiones para las obras de teatro del colegio, presentándome a concursos de poesía y escribiendo en la primera página de cuadernos en blanco mi nombre, deseando que ese fuera un libro escrito por mí, algo casi imposible, al fin ocurrió: el 28 de octubre de 2015, salió a la venta mi primera novela llamada ‘Cuando tu ambición me mira’. Se trata de una historia apasionante, en la que Samantha, una mujer prepotente, clasista y acostumbrada a la buena vida, se cruza con César, un chico humilde pero con una ambición desmedida de poder. El amor surge entre ellos, pero son tan diferentes y sus vidas tan complicadas, que ni ellos mismos quieren entregarse a esos sentimientos. La pasión, lucha, ambición, amor y las lágrimas, son la nota de esta historia en la que nunca sabes quiénes son en realidad las personas que te rodean y mucho menos si el amor es capaz de superar al vil metal”.

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Presentación de Viajando Sueños

El próximo día 20 de enero de 2017, a las 19,30 horas, presenta su segundo libro, ‘Viajando Sueños’. Será  en la Biblioteca Pública de Carabanchel Luis Rosales. ‘Viajando sueños’ se puede conseguir, allí mismo con la firma de la autora,  a través de Amazon o bien pidiéndolo a través del blog  de Vanesa GP  o en el correo electrónico vanesagp_escritora@hotmail.com

En el segundo trimestre del año que viene está prevista la aparición de su tercer libro, ‘Tras la sombra de las mariposas’, bajo el sello Red Apple Ediciones

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