GETAFE

Casi 90 años antes del #MeToo en Getafe: La mujer trabajadora se abre paso construyendo aeroplanos en CASA

Obreras de Construcciones Aeronáuticas en 1930

Artículo publicado en la Revista gráfica y literaria de actualidad Estampa el 11 de febrero de 1930. El texto es de José Díaz Morales; las fotografías orginales, de Contreras y Vilaseca, las hemos coloreado con https://colourise.sg y retocadas con photoshop.

Portada de la revista Motoavión de 1930 con un modelo que se construían en Getafe

«Entre tanto chirrido metálico, sonar de poleas y martillazos, estas muchachas tienen un aire ingenuo de niñas. No importa que sin asustarse, sencillamente, anden entre correas, máquinas, armatostes de hierro y aparatos peligrosos. Por encima de todo conservan ese raro optimismo cumunicativo que irradia de un grupo de mujeres.

Algunas llevan el blusón azul con grandes manchas de grasa, la cara tiznada; otras tiene las manos y el traje pintarrojeados de rojo y amarillo… Pero queda siempre una mirada de muchacha feliz, una atmósfera agradable.

Claro está que esta muchacha trabajadora y sencilla no sabe lo que representa ni lo que supone su anhelo de independencia. Hasta el posible que no sepa que quiere independizarse. No importa. La semilla, bajo la tierra, crecerá fácilmente. Lo de menos es la generación que recolecte el fruto.

Una obrera manejando los alicates en el montaje de un ala

Construyendo aviones

En el año 1924 comenzó a edificarse, en todos los sentidos de la palabra, el edificio material y moral donde, pronto, habrían de fabricarse estos pájaros raros y magníficos, que son los aeroplanos.

Luego empezaron a llegar hierros, máquinas, aceros… Y muchos hombres, con sus manos de obreros y sus trajes de mecánico. Y entre los hombres, a la hora del trabajo, tímidamente al principio, con indiferencia después, comenzaron aver se trajes de mujeres, melenas de muchachas.

Hasta que, al cabo de unos meses, se abrieron unas puertas grandes y grises y surgía, como en un cuento inverosímil, un aeroplano.

El Jefe de Talleres, camuflado entre el grupo de obreras

El jefe de talleres cuenta la organización

—Cuando se montó la Fábrica ingresaron la mayoría de las mujeres que tenemos hoy. No crea usted, naturalmente, que ellas hacen trabajos rudos. Se procura —y para ello están destinadas— que intervengan solamente en trabajos sencillos, donde se necesite más de la paciencia que de la inteligencia y la fuerza. No es porque ellas no sean capaces de hacerlo, sino porque aún no tienen esa preparación y adiestramiento necesario para predominar en la construcción de un aparato donde van a jugarse la vida los hombres.

Actualmente son cerca de ciento. Según las exigencias del servicios , están solas o en talleres con los obreros. Casi todas viven en el mismo Getafe. Pero también hay bastantes que residen en Madrid. Estas vienen a Getafe en tren, con un permiso especial que les da esta casa.

La jornada laboral

—Todos, tanto obreros como obreras, entran a trabajar a las ocho menos diez de la mañana. Salen a comer a los doce y veinte. Aquí mismo, en la Fábrica, hay una gran cantina, donde pueden comer, bien lo que traigan de sus casa o lo que pidan.
—¿Pagándolo, naturalmente?
—Sí, desde luego. Por la tarde entran a la una en punto y salen a las cuatro y media. Ocho horas justas.

Dos mujeres en la sección de pinturas

Secciones

—La índole del trabajo—prosigue el jefe de talleres— obliga a que las obreras tengan que trabajar, en la mayoría de los casos en talleres integrados casi totalmente por hombres.

Entre estas secciones, las más importantes son la sección de torno, la de montaje de largueros, ajuste, prensas, montaje de alas, montaje de pacotillas…

En todos estos talleres las mujeres trabajan bajo las inmediatas órdenes de un jefe de sección, que, a su vez, obedece a un jefe de taller. Así, en este escalonamiento, se llega hasta el director de la Fábrica.

La brecha salarial…

Mientras comen en la cantina, sacándolo de unos envoltorios grasientos, las fiambres y las tortillas, me he acercado a una muchacha morenita y delgada.

—Ganamos muy poco, casi nada. No me atrevo a decírselo…
Comienzo esa labor penosa para que hable:
—¡No, no! ¡Que no se lo digo!
Insisto sin desanimarme. Al cabo de un rato:
—Se lo diré; pero con una condición. Que no lo diga en el periódico… De mis compañeras, la que más gana actualmente, cobra cuatro pesetas. Y lo más que podemos llegar a ganar son seis pesetas.
—¿Y se les exige muchos conocimientos para ingresar?
No. Únicamente que sepamos leer, escribir y muy pocas cosas de números.

La baja por maternidad…

Cuando una obrera de esta fábrica va a ser madre, cesa, naturalmente, deir al trabajo. Y entonces pudiera ocurrir que, con el sueldo del marido, no tuvieran suficiente para satisfacer las necesidades de la casa. En previsión de esto, la Fábrica tiene aseguradas en una Compañía a todas las obreras.

Esta Compañía, cuando llega la ocasión, pasa a la enferma tres pesetas diarias durante tres meses. Le dan, además, una cantidad, como gratificación o ayuda. Y luego, restablecida la enferma, puede volver otra vez al trabajo.

Esta es la vida de esas cien muchachas que se ganan el pan ayudando a los hombres a construir aeroplanos. Vida vulgar, penosa, monótona… Pero, ¿no es esta vida, igual y cansina, magnífica como síntoma de una realidad?

La realidad del siglo de las máquinas, la mecánica y el feminismo… »

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