OPINIÓN

De Leganés al Siglo de Pericles (II)

♦ Hace un año pedía uno y predicaba en el desierto, hubo un tiempo hace 2400 años que, esto que llamamos dependencia, en la medida de lo posible se ayudaba a los llamados “inválidos de la época”, hoy sigue sin aplicarse, ni siquiera audífonos para sordos, algunas prótesis, gafas de magnas miopías; no les tiramos desde un monte como Licurgo, les dejamos al pairo, en su silencio, en su escasa movilidad, en su caso cuasi ceguera. —Subvenciones— Salvo que seas de los suyos, ricos o millonarios, estos que rescataron a la banca, dejaron a sus necesitados reales en su pozo de la calidad de vida, que no es vida.

Leganés no está para entender ni saber de Pericles, ni siquiera para asomarse a la historia, porque es incapaz de vivir su presente.

Aquella Grecia antigua, tan lejos de ésta de hoy, llena de ladrones internos y capitalistas de la troika ahogándola hasta estrangular a los seres en defensa de lo mercantil y económico. Tuvo un ayer floreciente, con defectos, nada es perfecto, pero tras consultar a varios historiadores, entiende uno que aquél siglo de Pericles no dejó abandonado a los discapacitados y a los pobres; cuatro siglos antes de nacer el llamado hijo de Dios, se ayudaba a discapacitados, huérfanos e indigentes, hoy en éste Madrid en que nací, hasta hace dos meses se les quería expulsar de las calles como apestados con la excusa del turismo.

Hemos avanzado en tecnologías, pero hemos perdido en humanidad, empatía y solidaridad. Sólo existe la ambición monetaria, y la corrupción desmorona el estado del pequeño bienestar de los años 80 de éste siglo.

Pericles, o el siglo de Pericles, sin embargo, pensaba en los más necesitados:

“El pueblo soberano se gobernaba a sí mismo, sin intermediarios, decidiendo los asuntos de Estado en la Asamblea. Los ciudadanos atenienses eran libres y solo debían obediencia a sus leyes y respeto a sus dioses. Se consiguió la igualdad de palabra en la Asamblea. No desapareció las clases censoriales pero su poder fue más limitado; repartían los cargos fiscales y militares, pero les era imposible distribuir los privilegios.

El principio de igualdad otorgado a todos los ciudadanos llevaba en sí el riesgo del fraude, ya que muchos de ellos eran incapaces de ejercer los derechos políticos debido a su extrema pobreza o ignorancia. Para evitar esto, la democracia ateniense se aplicó la tarea de brindar su ayuda a los más necesitados de esta manera:

• Concesión de salarios a los funcionarios públicos.
• Buscar y proporcionar trabajo a los pobres.
• Otorgar tierras a los campesinos desposeídos.
• Asistencia pública para los inválidos, huérfanos e indigentes.
• Entre otras ayudas sociales más.

El cumplimiento de estas normas debió hacerse en gran medida, pues nos ha llegado el testimonio (entre otros) del historiador griego Tucídides (aprox. 460 a. C. – 400 a. C.), que comenta: «Todo aquel que es capaz de servir a la ciudad no encuentra impedimento alguno, ni la pobreza, ni la condición ciudadana».

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