RINCÓN DEL BUTARQUE

El loco del Butarque

 

Quizás no exista el loco ni su ninfa, y todo sea una simple alegoría, un sentir figurado que todo lo disfraza, o posiblemente sólo sea dibujar con las palabras una sombra que transita butarqueando cuando el Sol declina, como si cayera lentamente en el horizonte de la vecina ciudad de Alcorcón.

Tal vez sería acertado asomarse con esta historia a las candilejas del teatro amateur, y sacarla de las oscuras bambalinas donde adormece sobre esos juncos ribereños con pies de agua.

En el Arroyo Butarque, sito en este término municipal de Leganés (Madrid) es habitual ver a un hombre asomado a la orilla de lo que llamamos lago o embalse rebosante, hablar sólo, o midiendo su sombra a medida que el sol busca su ocaso.

Antonio es un enfermo mental que, tras perder su trabajo, cae en una profunda depresión, su neurosis a pesar de estar medicada, ha mutado en una bipolaridad que no es habitual en los maniacos depresivos, pero son los misterios que aún siendo tratados médicamente, la ciencia duda de su proceso y su realidad, y máxime cuando se trata de un paciente que es consciente de su fantasía, de sus sueños, canta canciones creadas por él para una ninfa inexistente, tal y como cuenta a su doctor, diciéndole en consulta: Sé que no existen las ninfas, ni mi ninfa, pero acaso ¿no sueña el viejo navegante con un puerto sabiendo que morirá en su corta o larga singladura?.

¿Acaso, doctor, —le dice nuestro paciente—, sin sufrir de espejismos visuales el sediento en el desierto no imagina un oasis con aguas cristalinas? ¿No imaginó Julio Verne todo cuanto escribió? ¿O no le sirvió El principito a su autor para mitigar su soledad; y loco o cuerdo, Cervantes en su cautiverio de Argel, no se valía de su imaginación para salir mentalmente de su situación de esclavo?

En las páginas más importantes de nuestra literatura don Agustín, existe más fantasía que realidad, ahí es dónde se han fabricado todas las pasiones y frustraciones de nuestros autores, y hoy son glorias de España,

¿O acaso doctor, —le dice nuestro Antonio— no es nuestro prócer Miguel de Unamuno, su otro yo en San Manuel bueno y mártir? ¿acaso, no crea ese personaje para luchar contra su propio ateísmo o agnosticismo?

¿Cuántos Unamunos había en Unamuno? ¿y en su Niebla, cuántas Liduvinas? aunque él confesara que sólo habían existido en su literatura, él no es otro que el propio sacerdote dudoso del Lago de Sanabria, y el otro cura predicador enamorado de la monja de clausura, a la que abandonó anteriormente por miedo al amor en una de sus “Tres historias de amor”

¿Dígame doctor, dígame, don Agustín? ¿Existió Marianela de Galdós? ¿Existió Dulcinea? ¡Saque de la tumba a todos los autores, y hágales un psicoanálisis, porque todos tuvieron como yo, una ninfa que les alumbró las horas de soledad! ¿Todos eran enfermos? yo, don Agustín, no voy al Butarque para ver pescar, ni ver deshojarse los chopos, ni para ver cuántas plumas pierde un pato, ni para ver un embarcadero roído donde no hay una sola barca y nunca la hubo!

Voy, don Agustín a rumiar mi ayer, mi hoy y mi mañana, y a eso, ustedes lo llaman esquizofrenia, y me sienta aquí en su consulta en la mesa media hora para entrar usted en mis sueños, porque con su carrera de medicina y la especialidad de psiquiatría, usted carece de ellos, y es un enfermo mayor que yo, usted doctor sufre de realidad vacua, usted, reconocido como buen profesional sólo sabe de psiquiatría, y como dijo Unamuno, y después dicen que quiso apropiárselo el doctor Marañón. “Quien solo sabe de medicina, ni de medicina sabe”.

JOSMAN

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