OPINIÓN

El peligro de escribir ayer y hoy

El peligro de escribir lo mismo en prosa que en verso, es una constante en la historia, ya expliqué lo de Ovidio, que lo sabemos todos, su exilio voluntario o forzado por el Emperador Octavio, conocido como Augusto, en ese mismo tiempo nacido un poco antes, Cicerón, que intuía como acabarían Marco Antonio y Augusto, advirtió al César, pero se le persiguió como a muchos oradores por su palabra dicha y escrita.

Cicerón exclamó mucho antes: “Si nadie se sirve de nosotros, escribiremos y leeremos sobre la constitución del Estado, y si no pudiéramos en la Curia y el Foro trataremos de servir a la patria con nuestros escritos y en nuestros libros” Lo de éste jurista, político, filósofo, escritor, y orador romano hoy parece una hipérbole o exageración poética, pero sirve de ejemplo en ese peligro de escribir sobre las cloacas.

Cuentan que su muerte fue horrible, fue decapitado y cortaron sus manos, y su cabeza fue insultada y vejada por Antonio, y su mujer: “Fulvia cogió la cabeza con las manos, antes de que se la llevaran, y, enfurecida con ella y escupiéndole, la colocó sobre las rodillas y abriéndole la boca le arrancó la lengua y la atravesó con los pasadores que utilizaba para el pelo, al tiempo que se mofaba con muchas y crueles infamias”.

Me he referido muchas veces a Francisco de Quevedo hasta cansar a mis pocos lectores, pero la cita atribuida a él, deja bien claro en qué mundo ha vivido la gente del pensamiento: “Donde hay poca justicia es un peligro tener razón.”

“Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados de la carrera de la edad cansados por quien caduca ya su valentía”.

El gran soneto de su derrota, es la derrota de España, los muros de la patria no eran una metáfora, las bancarrotas de los Felipes, agudizadas por las guerras, ponían a la hoy llamada ciudadanía en la hambruna más feroz, el hambre antesala de la enfermedad y a veces de la muerte, fue una tónica en estos reinos de las Españas que dominaban medio mundo.

Ya hemos repetido aquí, que hasta los poetas eclesiásticos, salvo Santa Teresa y Calderón, todos sufrieron privación de libertad, la persecución alcanzó a nuestros casi contemporáneos, no repetiré lo de Miguel Hernández, Lorca, hasta dramaturgos que conocí como Antonio Buero Vallejo.

Lo de Cicerón es un caso extremo en una época extrema, Machado y Alberti y hasta Juan Ramón Jiménez caminaron al exilio, porque Franco, que no sabía ni hablar, odiaba la palabra escrita crítica, sé que lo sabemos todos y todas, pero debemos recordarlo.

Lope de Vega nos dejó escrito: ¡Oh libertad, gran tesoro, porque no hay buena prisión, aunque fuese en grillos de oro!

La poesía hasta para los aficionados, necesita la libertad tanto como la pluma, la tinta o el teclado: “Amamos la libertad porque nos hace sentir la poesía de la vida, y nunca somos más grandemente humanos como cuando estamos luchando por la libertad”. (Eduardo Angeloz) y no era escritor.

No debemos de hacer un artículo con más citas, pero son necesarias para reivindicar la libertad de todos los artes. A veces, estas citas rumiándolas con el entendimiento debido, nos retratan la historia, son la radiografía de un tiempo del que no nos desprendemos.

Hemos celebrado cuarenta años de las primeras elecciones democráticas, pero quedan lagunas y barreras en las libertades, observamos la eliminación laboral de periodistas en medios próximos al poder, vemos a los medios y por ende sus periodistas, ser planetas, y correveidiles de los distintos poderes, y son buenos escritores, pero como a Virgilio, hoy los emperadores le encargan una miniatura de su Eneida, Augusto no le hubiera cortado la cabeza, además era amigo de Cayo Mecenas; hace dos mil años, pero hasta hoy estamos enterados de cuanto aconteció por diferentes autores, entre ellos Suetonio

El poeta, el escritor y el periodista, no es un cohete que viaja a la Luna teledirigido, un poeta ni siquiera de la envergadura de Cervantes, ni siquiera dedicando sus obras al Conde de Lemos para sobrevivir, ni Quevedo al Duque de Osuna, que de algún modo fueron los paraguas o los parasoles de su libertad de expresión, ni debieron ni se deben doblegar. Y a pesar de ese paraguas clamaba don Francisco:”No he de callar por más que con el dedo,/ ya tocando la boca o ya la frente,/ silencioso avises o amenaces miedo”. Hoy es igual, con diferentes modos, y seguimos en esa singladura hasta los simples aficionados.

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