OPINIÓN

El precipicio urbano

Por circunstancias familiares observo la bahía que se abre al sur de la isla desde la terraza de un ático de Palma. Inclino la vista para mirar lo que me rodea y me doy cuenta que no recordaba el vértigo de los desniveles urbanos. Me asustan mucho más que los otros precipicios, los de colores naturales, tan envolventes y acogedores. Abismos, acantilados, terraplenes, despeñaderos, simas y vacíos. Hasta los nombres son bellos.

Me viene pensar que al primero que se le ocurrió construir en vertical para vivir le debió costar dios y ayuda convencer al personal. Quizás para logros como ese nos tuvimos que inventar lo de la vida eterna. Si alguna vez las tuvimos, que no recuerdo en mi caso, haría milenios que se nos habrían caído las alas y, por tanto, vivir a distancia del suelo sin poder volar como argumento tuvo que suponer más de un conflicto y mucho esfuerzo. Aunque también es posible que estímulos como la mayor contemplación o la sensación de dominio que acompañan siempre al que se sabe colocar arriba, o encima de los otros, ayudaran a convencer. De hecho, tantos siglos después los pisos altos son más caros, por mucho que se cumpla la ley de lo dura que será la caída. También el gregarismo espontáneo que sufrimos ayuda a que nos acerquemos los unos a los otros, a pesar de las inevitables molestias de lo vecindario. Creo que el triunfo de la verticalidad se explica más con causas como esas, siempre la psicología, que en la escasez de superficie terrestre para albergar poblaciones que, cuando comenzó esta manía, aún eran ínfimas, gotas salpicadas en medio de una naturaleza que solo se alteraba a sí misma, sin “creatividad”, digo autopistas.

Miro hacia el asfalto, cuarenta metros más abajo, y para esquivar la violencia de tantas aristas, metales y cementos camino del suelo salgo huyendo hacia la línea imaginaria que trazan los aviones interrumpidos por algunos edificios, camino de la pista y repletos de pasajeros que horas después disfrutarán del mismo mar que sobrevuelan, para que su azul resulte un poco más confuso cada día. Hace viento, pero menos del que cabía esperar a estas alturas.

Retrocedo hasta la otra ventana, camino de la Tramuntana. Todas las cimas están a la vista, desde Galatzo hasta Massanella, para poder imaginar al fondo la Bahía de Pollensa. A lo lejos, las nubes que coronan la cordillera navegan, lentas y contrarias a las aeronaves, camino de poniente.

Regreso a las personas que me rodean. Comemos, bebemos, hablamos y reímos. Por suerte, nadie ha encendido la televisión y no dejo de pensar en las distancias.

Cuando despierto del vino y los licores las horas invernales han convertido la luz del mediodía en un reflejo. El sol, camino del ocaso alimenta brillos nuevos que señalan el rastro de lo que se mueve arriba y lejos, antes invisible.

Ahora, las nubes del norte están quietas, transformadas en paredes azules que me han robado las laderas.

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