OPINIÓN

El regreso de Fernando VII

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Napoleón Bonaparte, el gran emperador de la Europa moderna, se hizo con España luego de mucho sacrificio, no pocos esfuerzos y una táctica mayestática. Tras conseguir las abdicaciones de los Borbones –Carlos IV y Fernando VII, en las míticas Abdicaciones de Bayona–, el francés delegó en su hermano, José, la corona del Reino. Por aquel entonces, principios del siglo XIX, Francia dominaba el Viejo Continente casi a la perfección; Napoleón buscaba expandir su Imperio al mismo tiempo que abogaba por un consenso diplomático que es precisamente el que sigue en nuestros días. Los españoles, tan caciques, fueron envenenados por la zafia propaganda típica, llevándoles al campo de batalla ante el que era considerado mejor ejército del mundo. Los famosos levantamientos del dos de mayo, tan sumamente representados por Goya, reafirman la puerilidad de este país, la renuncia a la reforma que la Ilustración había hecho cien años atrás en Inglaterra o en la misma Francia. La llamada a las barricadas, ese infantiloide recurso para dinamitar a todo aquel que piensa y quiere un futuro mejor. José I, más conocido como Pepe Botella, apenas pudo disfrutar de un reinado tranquilo, muy a su pesar, pues la Guerra de la Independencia –que, en realidad, fue una guerra civil– empezó como homenaje a los caídos en aquel suceso. Había que defender España, decían, los mismos que más tarde se la entregaron al mayor enemigo de las libertades y de nuestro régimen constitucional en la Historia moderna: Fernando VII. En esta línea vamos hoy también.

Pablo-VIIPablo Iglesias tomó ayer la Puerta del Sol a lo grande, y siempre con ese carácter transversal que va poniéndose de moda. Y es que tras los escándalos de los contratos de Monedero este particular pseudo asambleísmo nuestro necesitaba oxígeno de cara a la opinión pública, pobres. Había que expandir esa actitud cobarde, miserable en la política, que consiste básicamente en la manipulación, en el puro y simple victimismo a lo nacionalista para atacar a todos y no hablar de nada. Lo sustancial queda en papel mojado, quizá claro porque la mierda les señala a ellos y, ante esto, poco se pude decir. Ya dicen por ahí que el que calla, otorga.

Según me voy aclarando, entre Podemos y Ganemos; la PAH y los restos que quedan de Izquierda Anticapitalista, hay una coincidencia en común que se extiende de arriba a abajo –y no al contrario– y en general recala en públicos próximos a la izquierda más allá del PSOE. Pablo Iglesias recordaba justamente a todos esos españoles, vilmente engañados, de 1808-1813 que lucharon al final por lo que luego fue un país absoluto; por un rey que, una vez sentado en el trono, se olvidó de lo prometido. También se acordó de la Segunda República, la de Largo Caballero y Negrín, aquel mundo feliz de las utopías sectarias que terminó con los valores fundacionales republicanos y nos condenó a una dictadura precisamente por las diferencias que los más radicales sembraron en su bando. En una pura declaración de intenciones, el líder de los círculos ponía sobre la mesa por vez primera y sin contemplaciones los objetivos que se plantea Podemos. Quieren salvarnos imponiendo la sociedad que sólo a ellos les gusta, echar de la realidad a quienes les resultan molestos a través de legislaciones autoritarias. Construir otro universo –“España es país de países”, Iglesias dixit– que nos lleve a una comunidad perfecta, idílica y sosegada. Estar sometidos, en definitiva, al pensamiento único de una dictadura. La de ellos, cuya sede está en Somosaguas.

Justamente lo que hizo Fernando VII, el que con sus llamadas al magnífico ente, el “pueblo”, del que todas las tiranías se han apropiado, engañó a toda una Nación y acabó con todos sus disidentes sembrando odio y miedo. Ni la gran obra de Rafael Del Riego pudo acabar con un rey malvado y estafador, que murió en la cama defendiendo el Reino.

A la demencia congénita hallada en la izquierda radical desde la caída del Muro de Berlín –muchos siguen sin asumir la realidad–, hay que unirle ese otro deseo de cambiar y señalar con el dedo al enemigo que, como entonces ocurría en 1808, no era bien identificado. Porque los enemigos de España antaño eran todos aquellos caciques, que luego durante el reinado de Isabel II y su hijo se consolidarían, y no los franceses que nos proponían una modernización de un país atrasado y raquítico; y los de hoy son todos los nacionalismos que se resisten a dejar de lado unos privilegios que han sido otorgados por unos partidos con una idea sensata de España, a cambio de poder. Efectivamente, el gran sueño es que Podemos sembrar la discordia y la miseria. Siguen anclados en ese arcaico lenguaje guerracivilista, rechazan nuestra propia bandera y ante la que está cayendo proponen más Estado, obviando que para ellos la gran preocupación reside en el control: hay que fabricar el Hombre Nuevo. Éstos son mi Iglesias, mi Monedero, mi Errejón, mi Bescansa. No engañan a nadie, porque al contrario de lo que dijo Goebbels una mentira no se convierte en verdad por el hecho de repetirla mil veces.

Deberíamos, al mismo tiempo, felicitarnos; porque diversas gentes de todo tipo y condición van aumentando su participación en los asuntos de la res publica tras años de pasotismo, comodidad y falta de solvencia intelectual. Al menos algunos han despertado. Que haya alguien que, al menos, señale con el dedo al rey desnudo. Ojalá también la izquierda que prostituyó y utilizó Zapatero, porque tal es el enajenamiento mental de los amigos de ZP que hasta cachorras como Beatriz Talegón ven bien una coalición con su amigo Pablo. La meta pasa, pues, por eliminar las pocos fundamentos que persisten en el tiempo de la gran saga de dirigentes socialistas. Un insulto a la inteligencia y, a su vez, el augurio de la muerte del PSOE.

 

carlos-higueras    Por Carlos Higueras Carrasco

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