OPINIÓN

Elogio de la dignidad

No sé ni cómo se llama ni qué papeles tiene, pero me fiaría de él hasta la muerte.

Es de color, o sea, de un negro tan transparente que, visto desde fuera, se le adivina un alma blanca de paloma disfrazada de espíritu santo, si existiera. O de la paz, que tampoco.

Es joven y grande, pero supongo que también pobre de dinero, pues se dedica a ayudar como un Jabato por lo que le demos.

Domina todos los alrededores desde su cruce de calles, como si cualquiera de los que aparcamos en cien metros a su redonda le pidiéramos permiso, y con gusto por tener que hacerlo, antes de abrir la puerta de nuestro cacharro con ruedas.

No para de moverse, y lo hace como si de un poema se tratara, con una sonrisa que adivinamos antes de girar y verle allí, en su cruce con bar de la esquina y de vecinos y currantes, a nuestra derecha, según llegamos desde arriba. Siempre poniendo orden en el desconcierto urbano.

Además de eso, ayuda a las señoras con las bolsas de la compra que salen del gran comercio cercano, y a los que entran o salen conduciendo del parking privado de ese mismo negocio. Nunca le he pillado aplicando ninguna clase de discriminación que, como todo aquel que tiene mando en plaza, podría.

No voy a dar pistas de su ubicación ni decir nada sobre como es él, para que no lo puedan reconocer más que los que ya lo conocemos, no vaya a ser que las envidias, armadas en ocasiones con el argumento de lo moderno, hagan que emigre a otros barrios o, quizás deprimido, a ninguna parte. Si esto lo publican en algún sitio y alguien que sea buena persona lo lee, estoy convencido que sabrá inmediatamente de quien estoy hablando y, si le tiene confianza suficiente, puede regalarle este recorte. Yo no debo, porque no podría llegar a tantos que, como él, se lo han ganado.

Su puesto de “trabajo”, autónomo y emprendedor como el que más, es de auxilio al vecindario, pero conozco inventos que podrían ponerlo en peligro. Me viene a la cabeza un avance que también hizo daño en su momento. Se trata de las máquinas nuevas de la ORA en las que hay que poner la matrícula, y que consiguieron borrar de nuestro día a día aquellos actos de solidaridad, antiguos y espontáneos, que consistían en regalar algo a un extraño. ¿Recuerdan? Era el valor de un ticket todavía vivo.

No dejemos que nos engañen. El progreso tecnológico no obliga al individualismo feroz. Es cuestión de la escala de valores de nuestros políticos o, lo que es igual, de la de nosotros mismos.

Entonces, por si acaso prevalecieran en ellos y nosotros los instintos bajos, voy a proponer a los vecinos elevar barricadas preventivas en los límites controlados por nuestro maravilloso negro, porque el color no pinta nunca nada, y nombrarle sheriff sin pistola de la barriada. A cambio, solo le pediremos que no desaparezca nunca de nuestras mañanas.

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