OPINIÓN

En el nombre de España, y la poesía

“Fueron tan atropellados y destruidos ellos y todas sus cosas que ninguna apariencia les quedó de lo que eran antes”

♦ Ignora uno como fueron las cosas realmente, cuál fue el trato a los indígenas incas mermados hasta el 90% por enfermedades que les llevamos y otras, incluso ignoramos qué pudo hacer la Iglesia inquisidora unida a Pizarro, que les llamaba infieles, ignoramos —salvo que lo conozca el Archivo de Indias— las miles de toneladas de plata y oro que saqueamos los españoles y que en nombre de España traían los comerciantes en sus barcos escoltados por la flota española, el 65% de ellos y sólo el 35% de la Corona.

Les llevamos la Biblia, la Lengua, su escritura, y el caballo, y contra más conquistábamos y más riqueza traíamos, no solo en oro, plata y otros metales, sino en lo que después han sido alimentos comunes de uso diario como la patata, y contra más traíamos más se enriquecían algunos y España caía en bancarrota en varios reinados.

En el nombre de Dios y el del Rey mataban y mataban; nunca estuvo el nombre de Dios en tantos diablos. Por eso esa frase atribuida a Felipe IV en ‘El Rey Pasmado’, de Gonzalo Torrente, tras fornicar en un convento: “No me gusta el olor a carne quemada”.

Qué triste España: mientras algunos desfloraban la flor de la canela americana, nuestro rey en la novela de Torrente no había visto a la reina desnuda.

Todo Tribunal debe escuchar a las dos partes y luego sentenciar. Eduardo Galeano nos dejó una frase que hasta recogió el ABC —poco sospechoso de ser de izquierdas—: sobre el Descubrimiento dijo: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: “Cierren los ojos y recen”. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”

Cuentan que un eclesiástico dijo a un indio que “la Biblia era la palabra de Dios”; el indio puso el oído en el sagrado libro y dijo: “Dios no me dice nada”.

Llevamos la luz, la lengua cervantina, pero curiosamente, cegados por el oro, ningún conquistador fue poeta, si acaso aficionado como yo, y ni eso; si Cervantes hubiera seguido la quimera del oro no hubiera ni escrito ‘El coloquio de los perros’, porque no hay coloquio cuando el Evangelio se impone a sangre y fuego.

Porque no se puede ser poeta ni ayer ni hoy, cuando la Constitución aprobada por un pueblo por mayoría la cambia un Zapatero como un par de suelas.

Porque no se puede ser poeta cuando se aprueban reformas laborales que perjudican a la clase obrera, porque no se puede ser poeta cuando se rescata a la banca y se desahucia a los menesterosos, que diría Quevedo; no se puede ser poeta, se debe ser hombre para enfrentarse a toda esta oligarquía de siempre y por siempre.

El poeta busca la verdad, pero es una duda permanente, solo le preocupa la perfección del soneto o la asonancia lírica de su alma, o el verso alejandrino anapéstico o dactílico que aún resuenan en el soneto azul de Rubén Darío y otros, con el acento en las sílabas señaladas, que hacen la perfección del verso, y lo esclavizan al tiempo.

Y por ello, no debería haber poesía esclava, el alma, de donde nace, no debe tener preceptos, sólo sentimiento, y entonces sí sé es poeta realista y no espejista.

Pero yo no puedo escribir aquí, com debe de ser un poeta, se molestarían mis maestros leganenses, ya tiene uno demasiados adversarios en la política siendo crítico con los aconteceres diarios.

El poeta intimista y lírico es como Pizarro el conquistador, pasa a la historia ablandando corazones, el social, salvo casos muy señalados, es letra en el barro que nadie pisa, pero todos obvian o le tildan de demente que es lo más recurrente.

Y entre conquistadores del nuevo mundo en el pasado, y txistuleros presentes, navegamos por los mundos, sin hallar una verdadera España, aquella que en sus cartas nos dejaron en el pasado, y hoy dejamos en el presente.

Cualquier enciclopedia nos desnuda una verdad, interesada o no. ¿Quién sabe la verdad en el verdadero Evangelio del pasado? Por su parte, fray Bernardino Sahagún enunció: “Esto a la letra ha acontecido a estos indios, con los españoles, pues fueron tan atropellados y destruidos ellos y todas sus cosas, que ninguna apariencia les quedó de lo que eran antes”.

José Manuel García García (JOSMAN)

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