RINCÓN DEL BUTARQUE

Halloween, en pandemia

Día de difuntos, día de muertos. Algunos esta pasada primavera murieron solos, hasta se dice que fueron hallados por soldados que fueron a desinfectar residencias de la tercera edad; algunos, aunque fueran pocos, estaban allí con apenas visitas antes de la pandemia, hoy tras ser incinerados y enterradas sus cenizas en columbarios son llorados, recordados, como renaciendo en parte en las conciencias de aquellos que les dejaron al pairo, como presuntamente lo hicieron las administraciones y la inexistente atención hospitalaria, algunos entraron en ese sorteo inhumano de quien ocupa la cama UCI, que ocupó uno más joven o con menos patologías previas, que fue la excusa de una sanidad escuálida o anoréxica, como decía A. Machado de aquellas ovejas merinas de la Castilla de 1912

Escribo sobre una minoría, les dejamos morir en soledad y, ahora, acudimos a la llamada de la conciencia, porque nos hemos dado cuenta que la tenemos, como si antes no existiera ese rincón del alma o del espíritu, que nos diferencia del mundo animal, que a veces parece tenerla mayor y más presente.

Hoy, con un Madrid confinado en el perímetro de su Comunidad Autónoma, queremos ir a ver ese columbario, ese nicho, esa sepultura, vamos con las flores, que ya no necesitan ver, cuando antes, en vida, no les llevábamos la flor de la compañía, hasta hoy intentamos burlar los controles de la Guardia Civil. Hay que ir a verlos, vulnerando el Estado de Alarma, ¡Hay que ir…!

Otros, aunque pocos, celebran el Halloween, que es hacerse el muerto, el malherido, el resucitado o el zombi, y pudiera ser que los que celebran o celebramos hubiéramos infectados en nuestras pasadas reuniones a nuestros mayores; celebrarlo es un derecho, celebremos la muerte en plena pandemia de muertes, hasta en fiestas clandestinas anunciadas en las redes, porque somos más a festejar que policías a controlar.

No hay que ser pesimista, pero hay que ser realistas, cuando dejamos entre cien y doscientos fallecidos cada día, mes a mes, y hoy, nos ponemos las caretas, nos maquillamos con heridas y hachazos por cada rincón visible.

La tradición celta se impone a la razón de lo que nos debe de preocupar; he cansado a mis pocos lectores, diciéndoles cómo es el ejercicio de saber pensar, que también incluye el de divertirse, pero todo en su justa medida y tiempo; muchas veces aquí, sobre el papel escribo del pensamiento de los grandes autores de la literatura, escribí del pensar. ¡Qué difícil es pensar, analizar el pensamiento y hacer un juicio de lo que nos ocupa o preocupa!

Hay que ponerse la careta, si es que alguna vez nos la quitamos, procurar desechar ese engaño, esa gran mentira, que le pusieron el nombre de hipocresía como  en una asonante rima.

José Manuel García García (JOSMAN)

 

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