LLEGANDO A PUERTO

Joaquín en su rincón. La historia del asedio, asalto y derribo

Caballo-de-Troya
Nunca debió Ulises desaparecer tanto tiempo después de la guerra de Troya. A quién le importa respetar los tiempos. Incluso en las guerras más cruentas se aprovecha el tiempo de solidaridad humanitaria para recolocar las baterías frente al enemigo, para ocupar la trinchera abandonada. Le faltó tiempo a París de Troya para escapar con su enamorada Helena de Grecia, la mujer más bella del mundo, como le faltó tiempo a su marido Melenao para convocar a los griegos y emprender la guerra contra los troyanos.

Todo el respeto al tiempo de Homero para escribir la Iliada. Poemas épicos de la mitológica guerrera y del amor de la griega con el troyano. Respeto al tiempo de la Odisea para que, con Ulises personaje y Odiseo protagonista, consiga el autor que Penélope, la joven reina, esperara al héroe en Ítaca, aguardando su regreso durante veinte años.

Respetaba el tiempo la enamorada soberana cuando tejía a la luz del día y destejía, a escondidas, con la complicidad de la oscura noche. Inventada la estratagema de paz para proteger su reino frente a los ímpetus de líderes nativos y foráneos.

No era tanto la importancia de haber sentido el abrazo ardiente del aguerrido Odiseo, sino el sentimiento vital de conservar la patria, de mantener vivo el grupo cohesionado en torno a la idea del espacio ideológico que se ama. No porque el colectivo sea grande o pequeño sino porque es el suyo y, esa posesión, se convierte en una querencia que es compartida con otros ciudadanos y ciudadanas, que no súbditos, que también lo siente como propio.

Penélope, no teje y desteje en su papel de mujer sino en una calculada y majestuosa escenificación de dama consorte capaz de esperar con paciencia al legítimo poseedor del trono. Se sabe emperatriz de Ítaca y la defiende para no caer en la aspiración real de los pretendientes. Escucha, con la paciencia de una reinona, las mil y una deslealtades que le cuentan de un Ulises que llora sus desventuras tanto como festeja sus triunfos.

Más allá de la política y la economía, la astuta Penélope logra evitar la invasión urdida por los ambiciosos, por los ruines, por los mandatarios de otros reinos que no pretenden otra cosa que poner corona y sentar sus huestes en tierra de otros dueños, sin esperar los tiempos, sin esperar los duelos.

Pero la santa paciencia sólo la explotó Job. Para qué esperar, con la almohadilla entre las piernas, entrecruzando el hilo en artísticas filigranas de encajes y luego destejerlo para volverlo a tejer, si puedes conjurarte con todo aquel espíritu errante que se precie del valor del tiempo, si puedes conservar los privilegios de la casta.

No hay tiempo que perder, la guerra se alarga y no se sabe si es peor que triunfe el enemigo o se haga con la victoria el amigo. Que un día dijo el mago del feudo, entre el calor amargo de la semilla del estramonio y el humo de la adormidera, ¡cuerpo a tierra que vienen los nuestros!.

Aquiles había mostrado mucho más valor que el que se le suponía y cierto coraje para enfrentarse a los poderes establecidos. Durante un tiempo prudencial mantuvo a los hombres y mujeres lejos del peligro, con su voz, su lanza y su espada. Pero si había caído Aquiles, presa de la traición, incitando a los troyanos -pensó el conspirador- también será muerto Odiseo, porque como Aquiles tendrá su talón.

Pero Odiseo, conocido aquí como Ulises, no respetó el tiempo de los otros. Tomó las armas del difunto y protegió el rápido caminar de Áyax que avanzaba, con el cadáver sobre los hombros, bajo una lluvia de lanzas y flechas arrojadas desde la muralla de la resistencia troyana.

Los griegos no supieron dar tiempo al tiempo y, seguramente inspirados por Atenea, pensaron en una argucia para acortar el tiempo y asaltar, con hombres armados de razones, el corazón de Troya.

Ayudados por carpinteros propios y extraños, buscaron madera de centenarios olivos y construyeron un enorme caballo hueco. Una escotilla oculta permitía la entrada por el franco derecho y, en el izquierdo, una frase grabada en grandes letras: “No contribuyamos a convertir esta sociedad, inarmónica ya por antagonismo de intereses, en una sangrienta lucha de fieras”.

Mediante una escalera de cuerda entraron diecisiete griegos en el caballo, luego fueron seguidos de voluntarios y más delante de otro grupo de allegados hasta llenar totalmente el cuerpo del animal. El resto, que simuló retirarse del asedio, quedó a la espera silenciado por el ruido del mar y el silbido embriagador de las sirenas. Sólo una minoría se arropó en el “no a la guerra”, temerosos de las represalias.

Al alba, cuando los troyanos se atrevieron a abrir las puertas de la historia y salir a la explanada contemplaron que todo estaba arrasado. No eran plenamente conscientes que todavía quedaban ellos, con su orgullo y su entereza, ni entendían que podía hacer aquel caballo de madera renaciendo sobre lo quemado. Todos quedaron absortos por la desconfianza de las maldiciones de Atenea ahora transformadas en advertencias y propuestas de hada buena.

Ni se os ocurra quitar las puertas y romper las murallas para meter aquí ese asqueroso caballo de madera –dijo una dama educada de hijos en brazos.

¡Tened cuidado, el caballo está lleno de hombres armados! –gritó un niño soldado de cara sucia mientras sorbía los mocos y escupía al suelo para parecer más mayor. La gente mirando hacia otro lado para no responder a las potenciales preguntas.

Volverán a entrar por las cloacas, como entraron los intrusos que mataron a los soldados de guardia –vaticinó un viejo adivino que lanzaba al suelo unas tabas.

¡Qué traigan el caballo al patio! –gritó un general con puñal y espada- y dejémonos de acertijos, enigmas, monsergas y otras zarandajas.
Arrojaron unas cuerdas sobre el caballo para permitir el tiro del arrastre sobre unas ruedas. Quitaron las puertas de madera de la fortaleza y rompieron, del arco de entrada, sus mejores piedras, aquellas que labraron los canteros, con sus manos ensangrentadas, sobre la misma cantera, y con la misma destreza volvieron a armar cada pieza del castillo, una vez entraron el rocín en el patio de armas.

Dentro del jaco el silencio impuesto, el sudor guerrero hinchando las maderas de las paredes y empapando las tablas del suelo. Llegado el momento de abrir la puerta está quedó atascada, henchida por la exudación bélica. Los encerrados aguerridos comenzaron a golpear con sus hombros la estructura de madera que comenzó a tambalearse, al tiempo que cientos de troyanos y troyanas intentaban sujetarla formando una especie de castells a su derredor. Todo parecía controlado hasta que un impresionante griterío bajó del cielo a miles de gaviotas que se posaron sobre el inclinado equino, haciéndolo caer al suelo sobre su costado derecho. Quedó la puerta bloqueada dejando aprisionados a los militares y aplastando a media guarnición de la fortaleza…..
—Joaquín, Joaquín, qué te pasa —gritó el camarero agitando al parroquiano.

—El caballo, el caballo, se cae muerto el caballo —contestó excitado Joaquín.

—¿Qué caballo?

—Creo que me quedé dormido sobre el taburete y soñé con Homero.

—¿Tú sabes quien es Homero?

—No estoy seguro. Un pastor lusitano, creo yo. Venía una foto suya en la enciclopedia Álvarez.

—¡Ya! Anda, que estás tú bueno, te pongo un café bien cargado.
Cuenta la leyenda que los barcos dejaron el asedio y volvieron a su tierra. El caballo de Troya quedó tendido en el suelo sin que nadie se atreviera a levantarlo. Los poetas no supieron cantar la suerte de los avezados guerreros que quedaron presos en su interior, sólo el adivino de las tabas llegó a contar a otro mago más joven, este a otro y a otro, que sobrevivieron gracias a la comida que introducían las gaviotas por unas ranuras abiertas en la sequedad de las maderas, incluso de los excrementos de estas.

Con el tiempo los regidores troyanos construyeron una rotonda en torno al caballo caído, por donde circulaban con sus carros. Después de cincuenta años, la carcoma convirtió la madera de olivo en un fino serrín y unos hombres enjutos, cuasi esqueléticos, maldijeron al que tuvo aquella desgraciada idea que les impidió merecer el odio de los oligarcas, para una mayor dicha.

Convencidos del error de los carpinteros que diseñaron el infernal caballo, caminaron por las calles para presentar su rendición incondicional. Los adivinos tiraban delante de ellos las tabas y los niños y niñas les lanzaban piedras. Las gaviotas, asustadas por tanto trajín, volvieron a la costa para continuar con su peculiar afán de recoger todo aquello mínimamente comestible.

Seguramente habrá otras versiones más o menos verídicas de esta historia, pero esta es la leyenda que me contaron a mí y así os la he contado yo. El caballo, que fuera una espectacular obra de ingeniería, quedó reducido a la irrelevancia, a la insignificancia. Aquellos hombres volvieron sus caras hacía él, llorando amargamente como niños lo que no supieron defender como guerreros, e imploraron a los dioses en la confianza de que un futuro cercano les redimiera de los sucesos macerados en aquella triste historia.


 

 

PINTURA:  “La entrada del caballo de Troya”. Óleo de Giovanni Doménico Tiepolo, 1773. Galería Nacional de Londres. (Dominio público).

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