PARAÍSOS PERDIDOS

La Discoteca Miami

En el interbloque que está detrás del entonces recién inaugurado, blanco y moderno, Colegio Público “Ortiz de Echagüe”. Excelente fotógrafo, que muy pocos recuerdan, excepto aquellos que vieron algunas de sus escasísimas exposiciones, que no se olvidan. ¿Por qué un ingeniero militar, casposo de Guadalajara y Gentilhombre de la cámara con ejercicio del Rey Alfonso XIII?… es un pedazo de artista clásico y universal; “quien vio su obra lo sabe”, aquella del Palacio de la Isla en Cáceres… Así es el mundo.

Detrás de la Avenida de España, antes de la Pista junto al mercado (donde mi amigo el frutero tuvo que cerrar su honesto negocio propio,  para hacerse precario vigilante de seguridad privada) bajando los escalones, en el sótano, reposan los restos de la Discoteca Miami. Fue un espacio amplio rebosante de testosterona, en donde se terminaba escuchando a los Chichos con la banda de Las Margaritas. Y se ligaba muy tontamente, sin educación emocional, a golpe de cubata y escorzo bailonguero. Fuera había “mojaas” una vez sí y otra por si acaso, que venía a ser empapar la navaja en sangre y romperse las narices a puñetazos, y así sucedió hasta que la droga acabó con los macarras y la subversión, de los que no entendían tanta mentira.

Éramos muy inocentes, casi vírgenes. Yo me hice mocito imitando a John Travolta en el “Saturday Ning Fever” dos años después de morir el “Gran Cabrón”. Mientras, los macarras empujaban a los camareros al suelo, cuando conseguían una columna altísima de vasos, unos encima de otros, entre sus dos manos. El estruendo de vidrios destrozados parecía una señal de salida para subir las escaleras y pegarse de hostias. Entre todos sin saber por qué.

Las atipladas voces de los Bee Gees, por los que nadie daba un duro, lo bordaron… y bailábamos en otro espacio, más lúdico y menos inhumano. En el barrio, todo seguía igual, los grandes estrenaban coches de segunda mano y tenían novias cañón. Los medianos se sacaban el carnet de conducir y amenazaban con sus pequeños delitos y los pequeños los observábamos expectantes, desde los sucios bancos de madera del interbloque, por tomarles el relevo.

Cuando vino el Vallecas, uno de fuera… un nuevo, venido de una extraña emigración de la capital al extrarradio del sur, todo se nos removió un poco. Era guapo y agitanado, alto. Cuatro años mayor que yo. Con una extraña fraternidad y un orgullo por defender a los suyos. Que en el barrio chirriaba, pero a la vez nos sonaba a conocido. Había llegado un otro líder al gallinero. Lo cierto es que no le dábamos vueltas a casi nada, pero cuando el Juanito atropelló a aquella vieja, con un buga robado y comenzó a vestir de mono azul, para visualizarse como obrero, huyendo de la justicia.

Fue casualidad o aburrimiento, el caso es que el Vallecas me agarró del brazo, y me ordenó que fuéramos a echarle un cable al Juanito a su casa. Así surgió, y allí nos plantamos los dos. El jodío estaba para atarle, como las maracas de Machín, pero se hacía querer. La casa de Juanito no era su casa. Las casas eran de las madres, un primer piso del barrio de Las Margaritas, repleto de botes caducados y cientos de productos embotellados. Su padre llevaba muchos años en la cárcel. No se sabe como esa mujer se especializó en recolectar entre vertederos y fabricas de polígonos todo ese material químico. Pero aquel piso era un almacén de productos caducados, desperdiciados e inteligentemente reciclados.

Juanito estaba nublo con su mono azul de obrero, entre su madre desquiciada y su mala conciencia. No media más de de un metro sesenta y dos, era muy feo y hablaba con un leve tartajeo, pero algo en su fragilidad extrema parecía gritar que se podía confiar en él… en las malas especialmente. Él no conducía cuando el atropello, pero le daba lo mismo, era responsable de la cagada, y punto. Los tres entre botes y roña, en aquel cuchitril repleto resultábamos un trío extraordinario. Le convencimos para vestirse de calle y tener esperanza en el futuro. Como la tenía su madre, que ya se había pirado de un portazo, siempre gritona y despeinada, pero incansable merodeadora de escombreras. Era sábado anocheciendo. Nos fuimos a la Miami y juntos bailamos enloquecidos el “Eloise” de Tino Casal. Todo resultaba patético, muy divertido y real. Los recuerdos se solapan pero las sensaciones se conservan; nos lo pasamos muy bien.

Casi todo es verdad, menos la canción de Tino Casal, que salió diez años más tarde… y jamás se escuchó en la mítica Discoteca Miami. Del Juanito y el Vallecas ya no sé nada y de mí cada vez menos. Y eso también puede resultar patético, muy divertido y real. A veces, siento que aún me huelen los sobacos a interbloque y recuerdo que pase lo que pase, con muy poco, puedo continuar pasándomelo bien.

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