OPINIÓN

La imprevisibilidad electoral en la sociedad comunicada

Se acerca una de las fechas más peligrosas del calendario, y no es que escaseen los riesgos, pero seguro que ya le está pareciendo a usted un error que la palabra Trump, que para colocar en su sitio traduciré por “magnate”, no figure en el título de esta entrega. Entra dentro de lo probable, en mi opinión, que ese negociante tenga con Google un acuerdo comercial tan oculto como muchos de los votos que recibirá el próximo día 8, y lo mismo está circulando bajo cuerda un centavo diario por cada línea del buscador en la que aparece escrita. A estas horas, y según su cotización en el mundo virtual, tal cambalache le reportaría unas ganancias de más de 2.300 millones de dólares al año. Evidentemente, un enriquecimiento del que no tengo pruebas pero con el que, por si acaso, me niego a colaborar ni por equivocación.

Avanzamos sin escapatoria posible hacia una cita temible con unas urnas que van a afectar, y mucho, a los que no votamos en ellas. Estamos recorriendo, para conseguirlo, un camino similar a aquel, tan reciente, en el que tres líderes tan distintos como Iglesias, Cameron y Santos se sintieron tan convencidos de ganar sus apuestas a favor de una voluntad popular que no podían conocer como similares fueron los fracasos que les golpearon.

Iglesias, jugando a forzar en España unas elecciones del 26J que podría haber evitado sin despeinarse. Cameron, con el referéndum del Brexit y, por último, el presidente Santos del acuerdo con las FARC, han sido tres casos, seguidos, con los que ha perdido muchos puntos la industria demoscópica, arrastrando también a los que presagiaba como triunfadores en las urnas reales. Esperamos que esta vez no se repita y se confirmen los buenos augurios para Hillary, y no solo por la ilusión de ver a una mujer en la cima del mundo.

Pero regresaré al miedo. ¿Quién no se imagina al magnate triunfador propiciando desde lo más alto un amplio programa de rearme nacional tras incumplir todos los tratados contra la expansión bélica mientras se llena la boca de demagogias simplonas? No es necesario recordar lo que ocurrió, democráticamente al principio y hace casi un siglo, en un país de los grandes de Europa tras otra gran crisis económica mundial combinada con depresión colectiva por las batallas perdidas.

Seguiré con preguntas sin respuesta. ¿Algún investigador de voluntades a corto plazo o de sufragios recién depositados no solo en Israel ha dado alguna explicación convincente a tanto error? Pienso ahora que son tan creíbles las sesudas especulaciones de articulistas y tertulianos por doquier como la teoría, triunfadora por lo que tiene de intuitiva, de que las alas en movimiento de un mismo lepidóptero en las respectivas antípodas de Madrid, Londres y Bogotá pudieran haber sido las responsables de cada uno de los tres revolcones que, en tan poco tiempo, han sufrido líderes y encuestadores. Es, pensando en esto, cuando reparamos en los opinadores que, sin gastar un euro en sondeos de opinión, con argumentos descaradamente especulativos y desde posiciones manifiestamente contrarias al magnate, anuncian con seguridad su victoria. Son tantas las preguntas que podríamos hacernos para intentar explicar los porqués de sus premoniciones que preferimos quedarnos al margen de sus intimidades.

La conclusión segura es que sufrimos todos, y sin poder hacer nada, las consecuencias de unos momentos electorales formalmente democráticos, pero tan sometidos a casualidades como decisivos lo son para una sociedad que, por cierto, se parece hoy tanto a aquella que construyó los pilares de nuestro sistema de libertades como el porcentaje de ocasiones en las que un huevo se podría confundir con una castaña.

Para ejemplarizar sobre la preocupación que a tantos afecta convertiré la mariposa lejana y peligrosa en algo mucho más cotidiano. Propongo, por ejemplo, un anuncio publicitario. Que levante la mano el primer experto que se atreva a negar que, por un cruce casual entre esos dos mundos tan audiovisuales, y sin mano negra de por medio, un spot televisivo cualquiera, masivo eso sí pero qué puede importar lo que venda, pueda arañar en determinada neurona elemental y ser capaz de torcer en la misma dirección la decisión electoral de unos miles de indecisos habituales, de esos a los que ochenta les da lo mismo que cero coma ocho y que, en el último instante, un magnate incalificable le pueda ganar las elecciones a una mujer respetable por un puñado de votantes.

Creo que progresa, sin demasiado ruido, un verdadero peligro. Es el de que las grandes corporaciones de intereses solo privados y tamaño mundial se terminen cansando de un comportamiento imprevisible por parte del electorado, tan endeudado además, que se habrán creído los del piso de abajo, piensan, y busquen por todos los medios asegurar la continuidad de marionetas en los gobiernos nacionales, sorteando con trampas las molestias que cada cierto tiempo supone la democracia.

Bajando a nuestro terreno aprovecharemos para preguntarnos hoy como serán capaces de recordar mañana sus propias declaraciones todos los líderes españoles de ahora que, sin excepción, se han manifestado contra lo de celebrar nuevas elecciones sin ofrecer por delante y a tiempo un pacto de gobierno como alternativa. De qué desconfían más, podríamos preguntarnos, de su propia capacidad política o del electorado. Y también suena a siembra de dudas contra la democracia esa inevitabilidad, que de tanto flotar está calando, de que aquí o gobiernan los de Rajoy o nadie. Lo conseguirá, por fin, contra vientos, mareas y delitos que, al mismo tiempo que se amontonan contra el PP en los juzgados, avergüenzan a cualquiera de los que no han aportado su granito de arena para sacarlos de La Moncloa, aunque fuera a “gorrazos” tan grandes como los del tamaño de acuerdos transversales o de cualquier otra clase. Había, y sigue habiendo, un 60,85714% de combinaciones posibles para sobrevivir sin perder la decencia. Y ocurrirá lo peor porque tal conclusión derrotista, presuman de lo que presuman y se inventen los cuentos que quieran unos y otros y siempre de unos contra otros, ha sido asumida, con sus acciones y sus omisiones, por el resto de los partidos políticos, desde Podemos a Ciudadanos pasando por nacionalistas, socialistas y los del Grupo Mixto. Y, si no están de acuerdo, que se atrevan a mirarse en el espejo de las consecuencias.

Cada vez estoy más convencido de que en el mundo de nuestros líderes nuevos y jóvenes, pero no suficientemente corrompidos, lo que prevalece es el miedo inconfesable, pero real, a gobernar. Es la única explicación, inaceptable en ellos pero comprensible porque son humanos, a su incapacidad manifiesta de pactar lo suficiente como para limpiar de delincuentes la política que nos gobierna.

Y también estoy seguro de que la democracia se nos está estropeando, y que irá a menos si no la multiplicamos.

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