PARAÍSOS PERDIDOS

La resistencia

Yo he pedido limosna en la Plaza del Zócalo en México D.F. He mendigado de rodillas en Praga, sobre los adoquines del barrio de Mala Estrana. Con un vasito de plástico blanco, pidiendo unas monedas a cuatro patas junto a la “Cibelina” en el centro de Getafe. Soy miembro analógico numerario de una célula secreta; soy un resistente del siglo veinte.

En el fondo lo que más me preocupa es que llevamos más de una década perdiendo el sentido del humor, estamos tan preocupados, nos da tanto susto hacia donde nos dirigen, que hemos perdido las ganas de reírnos de nosotros mismos. Esas miradas perdidas entre las estaciones del Metro, todas esas personas aparentemente acompañadas, deambulando por las calles sin mirar prácticamente a los escaparates y sin saludarse entre sí. Suena el titiritó del teléfono móvil, teclean con un dedito en el diminuto teclado, como un jilguero comiendo alpiste, miran su reloj de pulsera y salen pitando para su casa, tienen que ver el programa de preguntas en televisión…

Los viejos vivimos de los restos de la vida, si conservamos algo de salud, aún hacemos de casi todo, pero cada vez peor. Lamentablemente son muy pocas las cosas en las que continuamos perfeccionándonos, y para colmo una de ellas es nuestra capacidad de observación, hablamos menos, porque a casi nadie le interesa nuestra opinión, pero lo vemos venir por las humaredas y el polvo del lejano galope de los cuatro caballos legendarios que aún no son visibles en el horizonte. Tenemos todo el futuro por detrás, porque mañana podríamos retroceder. Una verdadera maldición.

Estamos rodeados de Geles sin parabenos, frugívoros y veganos, detergentes con granitos azules, viagra y prozac, Omega tres en los yogures. Apología de la vida frívola. Machacarse en el gimnasio y pasar hambre; en forma de dietas… Implantes capilares, liftings y blefaroplastias a “tutiplén”…Un auténtico miedo digital indefinido.  Mucha tecnología y mucho miedo a sufrir. Simplemente el cagarse de miedo porque todos nos vamos a morir.

Algunos tienen un  vehículo de alta gama y como poco un Volkswagen que en la Baja Sajonia saben que significa el “coche del pueblo”. Tienen hijas e hijos, que escolarizan en centros privados elitistas, que les venden uniformes y normas, para tranquilizar sus malas consciencias.  Mientras otros no se atreven a la procreación, porque trabajan como nunca y no llegan ni a mediados de mes. Hay restos de humanidad, después que ni encuentran, ni buscan, ni sienten por ellos mismos mayor  interés.

Me salva el orgullo de haber sido coetáneo durante un tiempo de Vázquez Montalbán y el bolígrafo BIC , Miguel Delibes y el teléfono de Góndola con rueda, de Gil de Viedma y las neveras Kelvinator, Mortadelo y Filemón en tebeo y chupar la leche condensada de su lata, Hilario Camacho y la Mirinda de naranja, Juan Goytisolo y los cobradores puerta a puerta de los muertos, de Chicho Sánchez Ferlosio y el anís Del Mono, Ignacio Aldecoa y la Rumba Catalana, de Gloria Fuertes y la UHF y el YO-YO Russell profesional, Ángel González y de un churrero que detrás de la Avenida de España en el Parque de Getafe tenía una foto del Viti con él en las Ventas. Le recuerdo fumándose su purito medio apagado, a las seis de la mañana… sabia hacer porras auténticas y unos churros estupendos, sin darle especial importancia.

 

 

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