CARNE DE PESCUEZO

Las uvas de la [mala] suerte de Alfonso XIII en la nochevieja de 1930

Alfonso parecía abatido. La cena en el Palacio Real, lejos de la farándula, era triste. Había sido, en parte, un año aciago o más bien de fuertes claroscuros, una larga racha de sensaciones agridulces. Entre los hechos más funestos del año que se iba cabía recordar la muerte del que fuera durante años ‘su cirujano de hierro’, el valeroso Miguel Primo de Rivera, el hombre que se batió en África, en Cuba y en Filipinas, el hombre que al principio lavó la imagen de la monarquía con un directorio militar, que intentó levantar de las angarillas a una España fracasada imponiendo un directorio civil y que, finalmente, la volvió a diluir en las sombras de la tragedia teniendo que abandonar el poder, más solo que la una, el 28 de enero, escasamente mes y medio antes de fallecer en París a causa de las complicaciones de la diabetes que sufría, agravada con la gripe de aquel año en la capital francesa. Ahora Alfonso se burlaba de los aires de grandeza del militar jerezano que en los últimos meses utilizaba con mofa y salero andaluz aquella expresión que tanto le molestaba: «A mí no me borbonea nadie»; aunque no había tenido en cuenta que todos tenemos que rendir cuentas ante el altísimo. Siempre hay alguien que te ‘borbonea’… Pero eso siempre se deja para el final, cuando no hay tiempo ni para el arrepentimiento.

Después del postre, apuró la copa de champagne con un gesto de hastío. El servicio, a su indicación, se retiró para cenar en la cocina de palacio y llegar a tiempo para tomar las uvas de la suerte antes de que empezara el año nuevo. La reina anunció que estaba muy cansada y que se retiraba a sus aposentos donde tomaría las uvas con el Príncipe de Asturias y el resto de los infantes. Él no tenía intención de seguir ese tedioso protocolo familiar.

—Querida, yo daré un paseo para meditar en estas horas tan importantes. Como, seguramente, no nos veamos hasta mañana, te deseo a ti y a todos vosotros, —refiriéndose a su real prole— un feliz año 1931. Espero, con toda la ilusión que me cabe, que se despejen para nuestra real familia y para todos españoles los feos nubarrones que amenazan a nuestra nación.

—Igualmente, —contestaron a coro todos los miembros de la familia real, como una canción ensayada entre la maestra y los párvulos.

—Este nuevo año, —empezó un breve discurso, repitiendo o plagiando lo que escribió en su diario el 1 de enero de 1902— retomaré con fuerza las riendas del estado, una etapa de suma trascendencia tal como están las cosas, porque de mí depende si ha de quedar en España la monarquía borbónica o la república; el país está quebrantado por las pasadas guerras en América y África, por el independentismo catalán y por los conflictos sociales y sindicales. El pueblo anhela a alguien que lo saque de esta situación.

—Que así sea. Que viva el Rey. Que viva el Rey… ¡Feliz Año!— volvió a musitar el pequeño coro familiar como si se tratara de una nana o un breve cántico infantil. Mientras desfilaban hacia la zona más privada del Palacio Real, Alfonso XIII se incorporó, manteniendo el tipo, para recibir los saludos y las casi imperceptibles reverencias de sus hijas.

Jaime me acompañará, —sentenció el monarca para disipar las dudas de la Reina sobre una posible correría amorosa, un nuevo y súbito flirteo o una cana al viento de última hora. Él, el Rey de España, solo tenía 44 años; estaba en lo mejor de su vida. Con gestos le indicó a Jaime que esperase; aunque había nacido sordo —inútil para el oficio de Rey—, era el único que podía acompañarle en su plan de nochevieja. Juan, el otro hijo varon sin tara ni enfermedad, solo tenía 16 años, demasiado joven aún para acompañarle en sus andanzas.

A pesar de la fecha, tan proclive a mezclar los recuerdos con la esperanza y la nostalgia con la alegría en un terrible cóctel, no tenía ganas de aguantar la cena real más allá de la mera compostura. Su esposa la reina Victoria Eugenia era, en una imagen que le venía a la cabeza más a menudo de lo que convenía, como una rechoncha y rubia vaca inglesa de generosas ubres, ojos claros y vacíos, con menos gracia para él que una reunión de políticos republicanos. Era, no un matrimonio de conveniencia, sino más bien un capricho de juventud. Con los años, el matrimonio mudó a una contingencia de traiciones y engaños, no exenta de los buenos modales que exigía la etiqueta real; no había amor ni pasión. Un matrimonio que que había aguantado a lo largo de 24 años concediéndoles siete hijos a cual con peores expectativas para la sucesión; al menos no eran del sargento de la guardia real. Alfonso, el primogénito, era hemofílico; Jaime, sordo de nacimiento; Fernando murió en el parto; y el más joven, Gonzalo, también era hemofílico. Solo se salvaban Juan y las dos hembras, Beatriz y María Cristina, desechadas para el trono por su condición. Y todo era culpa de ella, a la que al principio tomó por una gozosa ternerita. Recordó la tenaz oposición de su madre al enlace aunque sin éxito. Ahora se arrepentía de no haber hecho caso de sus consejos.

La pareja real había tomado la decisión de llevar vidas paralelas en los asuntos amorosos desde hacía más de quince años, justo al nacer el último de los infantes legítimos. Una vida privada paralela muy propia de los Borbones. Eso sí, Alfonso y Victoria Eugenia aparecían siempre juntos, como buenos esposos, en una pose de pura propaganda católica. La peor parte la soportaba la reina en silencio, sacrificada a la obligada tolerancia de los cuernos que le procuraban las continuas aventuras sexuales de su consorte el Rey, sometida a las burlas de la Corte, incluso de las empleadas de Palacio. Iba, Alfonso XIII, regando una ristra de bastardos. Había más Borbones que ventanas. Borboneando. Él sí que borboneaba; a pesar de las habladurías del pueblo llano y de la pinta de alfeñique pintiparado, era un auténtico picha brava… Una fama que le precedía en los ambientes de la realeza, la nobleza y las doncellas. Un año antes de casarse ya tuvo una aventura con la aristócrata francesa Mélanie de Vilmorin. Era tan dulce… De aquella relación esporádica tuvo a su primer hijo —que supiera—, el auténtico aunque bastardo y medio francés ‘príncipe de Asturias’.

Al igual que la reina había heredado de su familia la degeneración de la sangre, en él se habían transmitido los genes de la promiscuidad de su estirpe, desde el chalado Felipe V a su abuela la reina Isabel II y de alguno de sus amantes habituales u ocasionales; ese espíritu veleidoso y su carácter mujeriego le habían arrastrado a continuos devaneos. De su furia varonil no había escapado, ya fuera de día o de noche, ninguna de las institutrices de sus hijos; dos de ellas —que él conociera— tuvieron que salir de palacio para dar a luz aquellos frutos de la lujuria y el desahogo real. Hijos de una relación libidinosa de fuerza, de sometimiento, hijos bastardos nacidos de cópulas plebeyas y oprobiosas.

Pero no todo era capricho y vicio como suponían dentro y fuera de Palacio. Carmen era otra cosa. Lo que empezó en 1925 como una víctima más de sus flirteos, un romance con sexo ocasional sin compromiso, había acabado en amor. Enloquecido amor. Estaba colgado de aquella actriz de pelo moreno y ojos penetrantes y vivos, justo lo contrario de su real esposa. Sin embargo, no todo era felicidad tras las candilejas. Alfonso sufría al reconocer en su fuero más íntimo que ella ya no le amaba aunque todavía se acostase con él y a pesar de haberle dado dos hijos bastardos, Teresa y Leandro Alfonso. Aunque le hubiera querido al principio de su relación ese sentimiento se esfumó. Quizás la primera actriz del Teatro Español pensó en protagonizar una nueva y singular, casi espeluznante, versión de Cenicienta, el personaje de Perrault que, gracias a las hadas, rivalizaba por el rey con sus zapatitos de cristal.

El asunto era muy distinto a pesar de los deseos de su amante. Carmen estaba casada con Rodolfo Bernal Gaona, un torero y banderillero famosillo, cornúpeta mayor del reino él mismo al crecerle en la frente unos pitones majestuosos, más largos que los que agitaban los astados que mareaba en los ruedos con sus famosas ‘gaoneras’, un pase de capote muy apreciado por los expertos en tauromaquia; gaoneras, y buenas, eran las que él le metía a la corista. Sin embargo aquel amor no tenía futuro; para legalizar aquella relación, ella debería separarse del torero y él, además de separarse, imaginen el escándalo que se organizaría en las cortes europeas, dejar la corona, desistir, abdicar, una circunstancia que estaba lejos de sus intenciones a pesar del ruido mediático sobre la república y de los 16 años cumplidos por Juan el único de sus herederos legítimos capaz de asumir la corona. Carmen no lo aceptaba y a pesar del hijo de ambos nacido el año anterior, la cosa había dejado de funcionar. Ya no había placer en la cara de aquella mujer cuando follaban. El adiós parecía, más que una premonición, una fecha adelantada en el calendario. Él aún la amaba…

Con tiempo suficiente, Alfonso y su hijo Jaime, el Rey y uno de los dos Infantes de España, se levantaron, se abrigaron y se calaron un sombrero de ala ancha. Había que pasar desapercibidos entre la muchedumbre madrileña que se agolpaba en los alrededores de la Puerta del Sol. Con cuidado de no espachurrarlas en el bolsillo, cada uno llevaba las doce uvas de la suerte envueltas en un trozo de papel; el Rey, además llevaba una botella de champagne francés que compartiría con su hijo y, quién sabe, con algunos españoles más. La idea le había rondado durante años, sobre todo cuando pasaba la nochevieja en Madrid. Tan cerca de la Puerta del sol. La pequeña escapada de aquella noche solo tenía como fin mezclarse con las gentes, acercarse a la jarana, al bullicio y a la diversión popular. Saludar al año nuevo al son de las campanadas.

Salieron por la puerta de servicio del Palacio Real en dirección a la calle Arenal. La guardia no se sorprendió. Eran habituales las escapadas del monarca. El gentío era impresionante. Mareaba. Miró a su hijo que caminaba junto a él como aturdido, mirando el revuelo pero sin oír las canciones, los gritos y las risotadas de la multitud. Se subieron las solapas y se calaron aun más los borsalinos de suave fieltro azul oscuro. Ambos caminaban deprisa intentando esquivar a los numerosos borrachos que se tambaleaban sin rumbo fijo. Dejaron atrás la famosa librería de la Editorial  Bergua y se colocaron, tras pasar un muro casi impermeable de alegría en la esquina con la calle Carmen. El recuerdo de su amor y la melancolía se agolparon al mirar el cartel de la calle. Faltaban cinco minutos para que el viejo año diera con sus meses y sus días en el pasado. Cientos, miles, de personas de todos los lugares de España se agolpaban casi sin dejarse aire para respirar unos a otros, se restregaban, saltaban y cantaban. El Rey miraba, intentando escudriñar el rostro de Carmen entre las mujeres hermosas que disfrutaban allí la nochevieja de 1930. Era como buscar una aguja en un pajar. Algo imposible.

Miró al reloj. Observó, cosa curiosa, que el guarismo que marcaba las cuatro no seguía la numeración romana más habitual. En lugar de su grafía habitual, el consabido IV, el relojero había colocado cuatro palotes. Y no era un error. Se trataba de una costumbre habitual entre los antiguos romanos en lápidas e inscripciones mortuorias para evitar los malos augurios. Pero la decisión moderna de sustituir la lógica numeración latina había sido de un rey, como no podía se menos aunque fuera francés. Él y el infante sacaron sus uvas. Las volvieron a contar. Doce. Estaban preparados. Alrededor, la turba seguía vibrando con el calor del vino y los licores. En el momento de empezar a sonar los cuartos, un movimiento espasmódico, como el calambre que sacude a un azogado, recorrió la muchedumbre. Desequilibrados por el impacto de cuatro o cinco personas vieron como sus uvas, las uvas del Rey de España Alfonso XIII y de su hijo, el infante Jaime, se caían al suelo y se convertían al momento en un amasijo de hollejos. La Puerta del Sol se había convertido en un gran lagar. Miró a su derecha y vio a un paisano con un racimo del que extraía las unidades para cada una de las campanadas.

—Por favor, se nos han caído las uvas, nos podría obsequiar con veinticuatro…

—Hombre, su cara me suena…

—¿Ha visto el retrato que me hizo Joaquín Sorolla o quizás el que pintó Carlos Vázquez, el amigo del ilustrador getafense Daniel Vierge? Quizás tenga en el bolsillo un billete de 50 pesetas donde aparece mi retrato. ¿Es posible que me haya reconocido…?

—Claro que sí guasón —dijo el hombre—. No tengo ningún billete de tantas pesetas pero España tiene uvas para todos los españoles aunque algunos se empeñen en comérselas todas —el hombre desgajó del racimo un pequeño escobero que le ofreció a aquellos dos señoritos con pinta de extraviados—. Tengan ustedes.

Cuando empezaron a comerse las doce uvas, las campanadas estaban a punto de acabar. Feliz Año nuevo. Jaime se comía su parte del racimo como los zorros, a dentelladas. El Rey quedó perplejo. No esperaba aquel desenlace. No había podido comerse las uvas de la suerte. Todo el mundo brindaba con botas de vino o con botellas de sidra. Alfonso descorchó la botella de champán y bebió un sorbo largo. Las burbujas, como piedras de manantial, le nublaron los ojos, atrapadas con denuedo en el esófago. Tras darle un trago a su hijo de aquella preciada botella gala, se la ofreció al hombre que le había obsequiado las uvas.

—Gracias, amigo. Brindaremos por España, —gritó antes de chupar la botella como un niño hambriento que encuentra la teta de su madre; y, tras soltar los labios del cristal, se estiró y eructó con un escandaloso ronquido—. ¡Que viva el año nuevo! ¡Que viva la república!

El grito de aquel hombre se transformó en un pequeño coro que insistía en sus mismos vivas. ¡Feliz Año Nuevo! ¡Que viva la República! El colmo de la mala suerte. Ya vería como se reiría Carmen cuando le contara el suceso. El sujeto estaba celebrando y dando vivas a la República con el champagne de la monarquía. Alfonso le dio un codazo a Jaime que asistía a la escena estupefacto, con cara de bobo, sin enterarse bien del todo y pensando que aquel jeta se estaba bebiendo la botella de su padre el Rey. Entrechocando el borde de una de sus manos con la palma de la otra le indicó que se retiraban de aquel jolgorio. Entre achuchones y abrazos de súbditos desconocidos acabaron dejando la Plaza por la calle Mayor en dirección de nuevo al Palacio Real. ¡Viva la República!, aún resonaba en la cabeza del monarca. ¡Viva la República!

Que las uvas de la suerte se hubieran caído al suelo, que no hubieran podido completar el ritual, una campanada una uva, era un mal presagio. El año nuevo acababa de empezar para él con una cierta desazón. 1931 no iba a ser el mejor de su vida. Sin embargo, aquellos temores a un futuro incierto se desvanecían pensando en las infladas cuentas corrientes que tenía la familia en los bancos suizos y británicos.

Además, como mal menor, si dejaba de ser Rey de España, a la mierda todo, nadie le quitaría la suerte de vivir a cuerpo de rey en el exilio; sin trono y sin reino pero con más dinero que vida. Y, sobre todo —pensó—, se presentaba la oportunidad de separarse de la vaca inglesa. El catolicismo podía esperar. Los pecados no son una marca indeleble, se limpian con una simple confesión, una pose y un poco de penitencia. ¿Que mayor sacrificio que no poder acudir a las playas de San Sebastián. Sin duda había más playas. Francia e Italia también tenía mar y unas playas precioso. A Inglaterra que le dieran. Desde las arenas de Biarritz podría contemplar la costa española. Podía ser, incluso, mejor. ¿Quién querría estar en Madrid si podía disfrutar de Roma? Si se atrevían a proclamar la segunda República, las siguientes Navidades las pasaría en la Capital Eterna. Recordó que en Roma no existía la tradición de las uvas y las campanadas. Había lentejas y camisas negras.

 

NOTA DEL AUTOR:

Recreación libre basada en un texto de Julián Cortés Cavanillas (1908-1991), biógrafo de Alfonso XIII y propagandista de la dictadura de Primo de Rivera publicado en el año 1958. Ilustraciones: Teodoro Delgado. Recorte del ABC facilitado por nuestro amigo Manuel Fernández. Tómense la uvas y Feliz año nuevo a todos. ‘Ser supersticioso es de ignorantes, pero no serlo puede traer mala suerte’ (Eduardo De Filippo).

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