OPINIÓN

Lo catalán desde un madrileño lejano

Vuelvo ahora de un adiós cuando amanece, tras pasear fugaz y feliz por mi Chamberí de siempre, el mismo donde me trajo para sus ojos, primerizo.

Después, en las calles que me enseñó para que también supiera crecer, aprendí que algo había en este mundo que no fuera Madrid y, gracias a ella, acerté a distinguir lo de “Què volen aquesta gent” porque los de la banda dominante, la de González Pacheco y sus criminales, acababan de rematar a un Enrique inocente contra el suelo, que un empujón no era bastante para destruir las pruebas de un delito, aunque hubiera “sucedido” a la orden del gobierno.

Soy, pues, de los que aprendimos libertad escuchando también en catalán, música que sonaba al riesgo que buscábamos muchos de tantos a quienes nos faltaba el aire en aquellos años del miedo decadente. Nos pusimos a ayudar con nuestras propias estrofas, pero volvimos a ser derrotados por la última risa desde una cama que, aunque fuera la puerta de su infierno, no nos sirvió de consuelo.

Nunca hablé de Catalunya con ella, que nació en Brunete, pero creo que estaba de acuerdo conmigo porque tengo grabada su manera distinta de pasear con mi padre y mis hermanos, igual de protectora pero más libre y relajada, cuando durante los años 50 paramos tres o cuatro veces en Barcelona, entre medias de los trenes de humo negro que nos llevaban a la Francia libre aquella que, como a tantos, había refugiado también a mis abuelos.

Después de aquellos viajes infantiles, pero cuando la mala bestia aún seguía y no recuerdo si yo había cumplido ya los veinte pero sí que ella era mucho más valiente, regresamos a la capital catalana en una noche de seiscientos kilómetros sin parar en un “Seiscientos”, aún tengo en la cabeza todas las curvas en las que nos salvó la vida su dolor insoportable contra mi sueño avasallador al volante. Habíamos salido abandonando la cena puesta, porque alguien nos llamó para decirnos que los terroristas del Estado, los mismos de antes, habían detenido en un tren, otro a Barcelona, a dos menores de edad camino de una reunión antifranquista de alumnos de bachillerato para conquistar la democracia, sí, la de ahora. Una era mi hermana. No sé lo que hizo aquella leona herida en la comisaría de Vía Layetana para recuperar a su presa querida de las garras más peligrosas de Occidente. Tampoco me lo contó y es uno de sus secretos para siempre. Lo consiguió, porque ella sola hubiera sido capaz de derrotar a todo el ejército franquista, pero también es probable que los secuaces catalanes tuvieran su propia personalidad.

Muchas cosas han cambiado. Los túneles ferrocarriles que penetrábamos ya no taladran la frontera y las curvas de asfalto han sido enderezadas, pero en esta hora no podría ‎escribir ni un centímetro seguido con mis manos sin tener presente mi pasado.

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