PARAÍSOS PERDIDOS

Los nuevos sacerdotes

En el fondo de sus ojos negros y profundos brillaba la certeza del que es consciente de los pocos días de vida que le quedan. La vía intravenosa que goteaba lentamente su fármaco inútil, las batas verdes y blancas, los rótulos indicativos que inevitablemente perdían a los trastornados familiares hacia la quimioterapia en el eterno laberinto de la esperanza en los expertos y toda esa tramoya. El médico convertido en gurú científico de una secta, echándole la bronca por no cumplir con sus obligados requisitos. Un cura en el confesionario imponiendo penitencia por unos pecados inexistentes e involuntarios. El trampantojo de morir en el siglo veintiuno.

Por fin liberada del sainete de la sanidad, andando apresurada fuera del hospital, comenzó a respirar tranquila y acariciar la superficie de su ropa de calle, ajena a ese olor de asepsia y falta de libertad.

Tenía un cáncer marchoso y movidito, se sentía adormilada y sin ganas de comer ni beber, tenía dificultades para tragar las pastillas. Los labios se le aflojaban dejando caer una serpentina de babilla y confundía el espacio tiempo con personas que se aparecían de repente, sin saber por qué. Era licenciada en Biología por la Universidad Autónoma de Madrid y, como tantos, términó aceptando el camino de lo fácil, sin percatarse del engaño y trabajó de visitadora médica. Pagando vacaciones en Mallorca, con el pretexto de un congreso, a los médicos de cabecera que recetaran su omeprazol en los laboratorios que le daban el sueldo. Aunque el chollo estaba en conseguir que el hospital de Parla comprara toda la atorvastatina y el suero fisiológico, con su mediación, tras buenas comilonas y una excelente relación; Marketing Management.

Tenía un perfil de mujer suave, dos buenos pechos pequeños y un culo grande y redondeado, de piel sonrosada y grandes pestañas y un equilibrio de belleza griego. Llevaba dos décadas sin besar con lengua, más de cincuenta y cinco años y la seguridad de no cumplir los sesenta. Y se sentía orgullosa de aquel regalo del azar que la creó guapa, lista y efímera. Antes de volver a tirarse en el sofá y leer algo de poesía, que era lo único que le consolaba, tenía que volver al ambulatorio para conocer los resultados de unos análisis de heces, por una posible anemia o pérdida de sangre inconcreta. Llegó un poco tarde y sudada —estamos en Agosto y en Getafe, son las 13:30 horas en el ambulativo de Las Margaritas—. Se abrió la puerta del templo, un hombre joven cerca de los cuarenta, moreno, atractivo y uniformado de blanco dice: María Montes…, sí, vale. Halima Kardelen, después… Jonatán Narváez, después de Halima…

—Perdone llego un poco tarde, porque vengo del hospital, soy Ana López, vengo para saber los resultados de unos análisis…

El hombre joven cerca de los cuarenta, moreno atractivo y uniformado de blanco dice: “La atenderé al final de la consulta, yo aquí vengo solo para hacer suplencias, pero creo que ya usted vino tarde en otra ocasión”…

Durante una hora larga, sentada en las sillas encadenadas de tres en tres de un ambularlo a la luz inmisericorde del mediodía de la Castilla alquitranada, una mujer ya elegida, piensa de otra forma. Se abre la puerta del templo: “Ana López, pase”

Se sienta frente a la mesa blanca con ordenador, en frente del hombre joven cerca de los cuarenta, atractivo y uniformado de blanco dice:

—Su análisis de heces, son una mierda.

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