OPINIÓN

Mal si son otros los que nos hacen el cambio

senado

 

Desesperados, nuestras propuestas serán moneda de cambio para salvar la vida, pues de otra forma no habría lugar para la rebeldía y, por tanto, no merecería la pena. Nos las ingeniaremos para conseguir más de lo que debamos ceder a la parte contraria y deberán servirnos, siempre, para hacernos más fuertes.

El momento. Circulaba la especie de que a la verdadera propietaria del inmueble, de vacaciones por Canarias para mejor controlar sus intereses en España, le habían confiado un cotilleo y, en una velada llena de excesos, ordenó el desalojo, encargando a sus secuaces que lo mejor esta vez seria utilizar al populacho. A los de dentro, más de doscientos, y a pesar de que vivían aislados del mundanal ruido, les llegaron también aquellos ecos y decidieron resistir, pero por su condición no podían avisar a ninguna plataforma de esas que habían surgido como setas y que se dedicaban a montar rabietas de perdedores, como la de defender el derecho privado a la vivienda contra lo firmado en papeles sagrados escritos con letra pequeña. En realidad, para ellos, el lugar era como una segunda residencia, pero lo pasaban allí mucho mejor que en la primera y encima, cobrando. Como se trataba de un edificio con historia, también tenía recovecos, así que decidieron tirar escaleras abajo hacia una oscuridad que los ocultará de la luz que casi los hería al abrirse las puertas que daban paso a los invasores, obsesionados con la moda de soltar lastre. Al mismo tiempo que huían decidieron no salir de allí, porque permanecer era su fuerza.

El problema. A pesar de que a lo largo de cuarenta años el electorado había manifestado siempre menor aprecio por el Senado que por el Congreso, especialmente durante la transición y en 2011, tuvo que ser Merkel la que decretara la destrucción de la Cámara llamada Alta de España, en una noche de furia contra un Rajoy que consentía de todo entre los suyos y que, además, estaba a punto de colocarle a ella, por culpa de lo muy inútil que era él, otro revoltoso a orillas del Mediterráneo.

La propuesta rebelde. Los partidos mayoritarios, cumpliendo órdenes como en la ocasión anterior, se reunirán hoy mismo por la noche y modificarán la Constitución para eliminar el Senado y, de paso, acabarán para siempre con la peligrosa existencia de una urna más, siempre imprevisible, al alcance de los votantes.

Las preguntas impertinentes. ¿Qué porcentaje de contribuyentes españoles pagaría voluntariamente de su dinero por mantener el Senado? ¿Cuántos europeos soportarían más deuda a cuenta de ese entretenimiento? ¿Cuánto aumentaría el paro en España por cerrar tan exclusivo hotelito?

Las conclusiones.

Primera.- Ignorantes de la intención oculta que mecía la movida, las masas consiguieron que sus señorías se rindieran, dimitiendo todos por vitales motivos personales, pero cuando el pueblo se enteró de que había sido manipulado por una extranjera, cambiaron de opinión y los condecoraron. Al quite inmediato, los del Ibex35, disfrazados de españoles, propusieron para ellos un museo de cera en lugar de reponerlos en sus asientos.

Segunda.- Los nichos podridos de cualquier sistema se convierten siempre en sus eslabones más débiles. Pueden romperse desde arriba o desde abajo, pero solo en este caso se abrirá la puerta de los verdaderos cambios.

¿Cómo lo hacemos con el Senado?


Domingo Sanz es Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid.

 

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