OPINIÓN

Mentiras y corrupción 1: deben y, si quieren, pueden

La intención de estas reflexiones es aportar ideas al debate necesario para ganar la batalla a tanta corrupción como nos atosiga y que en realidad, si lo pensamos con la cabeza fría en medio de los delitos que afloran cada día y el correspondiente rasgado de vestiduras que le sigue, lo cierto es que ninguno de los actores obligados a resolver el problema ha tenido el valor de plantear.

Aunque rodeados como estamos de los mínimos detalles de la negociación para formar gobierno, o para lo contrario sin que se note demasiado, nos preguntamos cuántas propuestas concretas contra la corrupción están poniendo los partidos políticos sobre la mesa. No deben ser muchas ni creíbles, porque de lo contrario estarían presumiendo y obligando a los demás a retratarse, en lugar de escupirse corruptos a diario. Y también cuántas líneas rojas se han trazado con la corrupción en el centro de las exigencias para los acuerdos. En realidad, solo el rechazo a pactar con el PP se intuye como tal, aunque sin excesos verbales para no molestar, por si acaso. No obstante, no parece que esto altere la decisión de los votantes de la derecha de siempre, absolutamente insensibles al número de delitos por los que puedan ser investigados los dirigentes de su partido. Y siendo esta realidad el principal soporte sociológico de la corrupción política en España, no parece que haya una convicción en los demás partidos de la necesidad de derrotar para siempre a este problema/partido.

En resumen, que nada nos permite pensar que para los partidos la lucha contra la corrupción sea la segunda de sus prioridades, como si lo es, en cambio, la segunda preocupación para todos los españoles, encuesta del CIS tras encuesta del CIS, más pertinaces que aquellas sequías franquistas

Como el problema viene de lejos y está tan extendido, aunque bien es cierto que ni mucho menos con la misma intensidad en todos los partidos, podemos sentenciar sin ningún miedo a equivocarnos que los responsables de acabar con esta lacra, y en demasiados casos también sus principales beneficiarios, no están en condiciones de aprobar leyes útiles al respecto. El instinto de conservación de cualquier ser vivo, y más aún si es una organización, pasa por no hacer nada que perjudique sus propios intereses y, en el caso de la especie humana, menos todavía si los concernidos parten de posiciones de privilegio. Ciertos mecanismos automatizados, como la ambición sin descanso, se oponen a lo que sea con tal de defender y mejorar el status alcanzado. Y esto último, aún a costa de soportar desde el ridículo más espantoso en las pantallas hasta la amenaza de condenas carcelarias que después, seamos sinceros, nunca son para tanto. Seguro que a usted, que está leyendo esto, ya le han venido varios momentos a la cabeza.

Comencemos pues, por evidenciar que solo dos pilares de la democracia, la libertad de prensa y la justicia independiente, han madurado lo suficiente como para atreverse a seguir su propio camino y, en el humilde pero ahora emocionante cumplimiento de su actividad profesional, están comenzando a abordar sus obligaciones respectivas de denuncia y castigo de la corrupción con nombres y apellidos. Que no den abasto resulta lacerante, pues ello nos condena a convivir con el delito permanentemente infiltrado por todas partes y, además, desde posiciones políticas y económicas de dominio sobre la sociedad.

Por eso, es probable que haya llegado el momento de pasar de la alarma social al protagonismo activo contra la corrupción, asumido por los de abajo, es decir, la inmensa mayoría. Se trata, a fin de cuentas, de presionar a los partidos con toda la intensidad posible, hasta acorralarlos, porque nos deben esta cuenta desde hace mucho tiempo. Creo que la crítica debe ser muy dura pero constructiva, proponiendo soluciones valientes, distintas y de las que duelen, como pasa siempre que procede extirpar. Como los políticos tienden a ser cobardes y conservadores de sus intereses particulares, no saben encontrarlas. “Exijamos lo imposible”, se decía, y viene al caso, porque si no resolvemos esto regresarán los “salvadores”, solo de su patria, para “poner orden” en la nuestra, cosa que, como todos sabemos, significa seguir robando los mismos y a nosotros, pero sin las molestias que causan esas “manías” de la democracia a que nos hemos referido. Y no les hará falta montar una carnicería como en el 36, por poner un ejemplo. Ahora los métodos serán más sutiles y aprovecharán todos los trucos de la publicidad emocional y los grandes avances de la tecnología. Por supuesto, no dejarán de colocar las urnas cada cierto tiempo y mantendrán muchos de los actuales derechos individuales y colectivos, pero convertidos en apariencias.

Soy de la opinión de que las primeras actuaciones corruptas las cometen siempre las personas pero, en contra de lo que declaran los dirigentes sin argumentos, cuando llegan a un determinado nivel pudren a sus partidos, y es entonces cuando se transforman en una banda de delincuentes previamente infiltrada en las instituciones a las que entregamos nuestro dinero. De hecho, ya no existe el corrupto independiente y perdedor pues todos, más o menos caciques, siempre encuentran unas siglas que les reciben encantadas, y no precisamente para cumplir el papel de asociación de alcohólicos anónimos, con perdón de estos enfermos. Por suerte, la Justicia se ha dado cuenta del detalle y ya realiza actuaciones y dicta sentencias condenatorias también contra personas jurídicas.

Tras estos primeros apuntes sobre la corrupción política diré que, de momento, las propuestas que me rondan giran en torno a cuatro ejes:

El primero me indica que, como ante cualquier enfermedad, hay que actuar también haciendo prevención, es decir, reduciendo radicalmente las ocasiones de corrupción para evitar el peligro de que se materialicen. Y en esto, no nos engañemos, el número de ocasiones se traduce única y exclusivamente por el número de personas susceptibles de corromperse. Incluso la cuenta más sucia de Panamá no se mueve si alguien no aprieta una tecla y, en el otro extremo, un solo decente es capaz de descubrir hasta el paraíso más inmundo.

El segundo me hace pensar que, siendo en tantas ocasiones la mentira el eslabón más débil del delito, encontrar la forma de romperlo antes de que esa diabólica cadena se componga y nos atenace es una condición imprescindible para reducir la porquería.

El tercero me tiene convencido de que es en los partidos donde se engendra, crece y se blinda la corrupción. Es precisamente ahí, en el reclutamiento de sus afiliados y en la promoción de sus dirigentes, donde se encuentra la llave que puede abrir la puerta de sacar a los corruptos y, lo más importante, de cerrarla para impedir que entren los aficionados a lo ajeno, que casi siempre huelen antes de llamar a ese timbre, gracias a los “avalistas” que los acompañan. A la vista de lo que está pasando en el partido del Gobierno, muchos pensamos que sus cancerberos llevan, desde el principio de sus tiempos, quién sabe cuándo, equivocándose de llaves, de puertas, de salidas, de entradas y de personajes.

Y el cuarto, quizás idealista pero qué sería de nosotros sin ilusiones no materiales, me hace soñar con un mundo en el que a la política se apunten, mayormente, las personas de mejor calidad en orden a los valores generalmente aceptados como buenos. Ningún delincuente presume en público de las maldades que está dispuesto a cometer.

Antes de seguir adelante, es el momento de recordar esos tres Mandamientos que, de los Diez de Moisés, han resistido textuales los milenios de tiempo transcurrido y las mil batallas de ideas competidas, hasta el punto de convertirse en cuerpo legal de unánime aceptación en nuestro Planeta, y sin descartar la posibilidad de que también se respeten entre los habitantes de aquellos que aún no conocemos su existencia. Son, como todo el mundo recuerda, el Quinto, el Séptimo y el Octavo, y sirven lo mismo para creyentes y ateos, probablemente porque su observancia resulta decisiva para la supervivencia. Ya que los políticos incumplen tanto el Octavo que es tontería pedirles que los juren para fiarnos de ellos, estamos obligados a inventar fórmulas que nos permitan seleccionarlos personalmente y mucho mejor de lo que lo hemos hecho hasta ahora. Y, porque no, caso por caso y antes de que los aceptemos como candidatos a “representarnos”, no vaya a ser que luego la gente vote a delincuentes, con o sin conocimiento de causa, que el resultado final hace siempre el mismo daño.

Esta primera entrega, antes de pasar a lo concreto, no ha dejado de ser un compendio de lugares tan comunes y eternos como cosas de las que están escritas en el Antiguo Testamento, pero la intención es doble: Por una parte, conseguir que se enfríen un poco las primeras ideas que nos vienen cuando invade lo insoportable, siempre tan calientes que hasta queman. Por otra, ir ganando tiempo para que prolifere el debate, única manera real de hacerle imposible al delincuente nuestra compañía y lograr que él mismo decida buscarse la vida de una manera más discreta y tranquila.

Continuará.

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