OPINIÓN

Pablo Iglesias en La Sexta, después de IU

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♦ Tras una incursión en Cataluña que los electores han puesto en su sitio y cuyas consecuencias políticas ya han provocado, al menos, una dimisión importante en sus filas, anoche regresó Pablo al territorio mediático quizás más amigo de todos los importantes.

De principio a fin, un teatro no habría conseguido mejor apariencia. Desde el panfleto ya inservible de Inda con Venezuela, Zapata y ETA en la misma noche en que sigue desaparecida Quiroga y sus colegas destilan hacia los medios la especie de que se plantea dimitir para ver si lo consiguen, hasta la falta total de intención en las preguntas de todos los demás, puede que por compasión hacia Iglesias tras la cascada de decepciones, pasando por una artificiosa charla con Monedero que jamás mantendrían en privado, todo fue paz para Pablo, a quién al menos los del guión tuvieron la decencia de sacarle algunos ridículos de campaña electoral que, en general, los que solo votamos tendemos siempre a consentir tras haberles dedicado una risa, a veces contraída.

Abro paréntesis para compartir el orgullo por la gran victoria del periodismo, o sea, la sociedad, protagonizada por Alsina, “¿y la europea?”, contra el poder, representado para la ocasión por el otro derrotado principal del 27S. Solicito desde ya que esos instantes sean de obligada visualización antes de emitir cualquier entrevista a un político y después, si se atreven, que nos pongan la suya. Y que se estudien en las escuelas de periodismo de todo el mundo. Un profesional de los nuestros ha demostrado que la combinación de educación, reflejos y firmeza es la mejor receta para romper el espinazo a la demagogia. Y con el valor añadido de que le tocaba transitar por el hilo más delgado de todos los imaginables, el de preguntar sobre los independentistas ante millones de radio oyentes contrarios a esa causa. Y todo en tiempo real.

Volviendo a Iglesias, vi en él a un hombre liberado de su mayor trauma reciente, un Alberto Garzón que mientras estuvo vivo en su agenda le supuso un visible bloqueo mental, causante, quizás, de impertinencias y errores de bulto que también le han ayudado a perder, tanto desde la demoscopia como en mi particular lista de amigos con nombres y apellidos, toda opción a ser coronado rey de la Moncloa.

Y hablando de reyes, me llamó la atención la resistencia de Pablo a mencionar la palabra “República”, para lo que no le dolieron prendas, incluida la de insinuar, casi, lo de un “monarca” elegido democráticamente, inventando esta vez el archipiélago de la Azores. En fin, el habitual recorrido de no llamar a las cosas por su nombre para pescar lo que sea en el río revuelto en que se ha convertido nuestro momento político. Se confirma otra vez que Iglesias se decanta más por emular al González del 82, quizás sin pararse a pensar que aquel compitió contra un hueco y que ahora ese espacio está casi lleno con sus propios herederos, por una parte, y por un ganador de campeonatos de oratoria (constan año y lugar) como Rivera, por otra.

Al día siguiente, hoy, la encuesta más esperada ha confirmado el retroceso de Podemos y la resistencia de IU a salir del escenario. Con la espada de Cataluña en alto sobre toda la clase política, el desencuentro de ambos partidos deja libre la consigna de referencia, aunque minoritaria, para los rupturistas, que los de Garzón y compañía podrían liderar en exclusiva, toda vez que los de Podemos están atrapados en un lío de lenguaje de signos y metáforas para convencer, confundiendo lo justo, a un nicho electoral más amplio del que les escucha. Para IU, el problema es más de salud que de otra cosa: se trata de curar heridas deprisa con el bálsamo de las expectativas.

Con Rivera a punto de marcar el terreno de la contienda con su anuncio de cambios a lo del 78 antes que los demás y “dentro de un orden”, la impronunciable, salvo para la CUP, “República”, se convierte en la traducción de “proceso constituyente”, como alternativa a una “reforma constitucional” que siempre será continuista y que, dadas las encuestas, es a lo más que pueden aspirar los tres importantes dispuestos a cambios, siempre contra la resistencia de un PP según lo que pierda.

Puede que haya llegado el momento histórico en el que la valentía de romper el mayor tabú de nuestra política sea capaz de convocar a una minoría electoral relevante y que, según los resultados, hasta podría ser decisiva.


 

 

Domingo Sanz es Licenciado en Ciencias Políticas por  la Universidad Complutense de Madrid.

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