OPINIÓN

París, clima: 195 contra la poesía

 

MARINA

 

♦ Vivo en la orilla. Amanecía. Salí a tomar nota del debate que se celebraba, cada día, en la línea donde discutían el cielo y el mar. No es necesario que lo diga ahora, pero en ese momento yo era el dueño de La Tierra.

Un pez sin dientes ni espada salió del agua, se acercó hacia mí caminando a su manera, me dijo que los precios habían bajado mucho y me ofreció un dólar por todo. Se lo vendí y me fui andando y sin maletas hacia la montaña, aunque ya no fuera mía.

Entonces, a cada paso que daba pensaba. Siempre cuesta arriba.

Fue cuando me di cuenta que por fin habíamos conseguido construir nuestro mejor enemigo, el definitivo. Y que habíamos sido capaces de hacerlo en menos de un siglo, el más corto de nuestra vida. Comprendí que nos había salido perfecto, porque desde el principio supe que nos dejaría muertos. Me consolé pensando que, gracias a él, no correría la sangre y que libraríamos batallas sin armas en una guerra quizás larga, pero siempre ciega. Que por una vez, solo ésta y aunque siguiéramos divididos, todos estaríamos tras la misma barricada y todos a la defensiva. Y que sin buscarla habíamos encontrado, por fin, una justicia universal para dictar una única sentencia. Y que todos huiríamos juntos al mismo tiempo, desde el mismo miedo y en pos del mismo desconocido.

Y que por fin otra vez vuelta a empezar.

Y que por fin el fin del mundo.

Y que por fin el juicio final.

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