OPINIÓN

Qué difícil venía el 20D, “decíamos ayer…”

congreso

 

♦ Comencemos por aclarar que nuestro “ayer” es la semana pasada. Nada más lejos de nuestra intención que imitar al gran Fray Luis de León, ojalá nos pareciéramos, quien, tras los cinco años de condena con que premió su sabiduría esa parte de nuestro rancio abolengo llamada Santa Inquisición, acertó a pronunciar dos palabras, una más una, que dichas en el momento perfecto le permitieron construir un lugar común y eterno, lleno de tantos significados posibles, todos buenos, que incluso nuestro mundo de hoy, más de cinco siglos después, aún le queda ruin y pequeño.

En nuestro humilde ayer dijimos que las elecciones del 20D nacían afectadas por tres fenómenos, nuevos desde la Transición, que impiden imaginar el resultado de las urnas, digan lo que digan esas encuestas que tanto proliferan.

Nos referíamos, por una parte, a los efectos de la desigualdad, la precariedad laboral y la pobreza conseguidas con Rajoy, enfermedades sociales que cursan en silencio, también demoscópico: Se denomina la invisibilidad de los afectados.

Mencionábamos también la ruidosa aparición de los emergentes, lo que provocará un escenario de tres o cuatro minorías insuficientes en el Congreso que podrían convertir a cualquier bisagra en más decisiva que nunca, no siendo de extrañar que entre los de la ferretería pequeña se produzcan alianzas diversas, para sacar todo el jugo que las sumas de porcentajes variables les permitan.

Y, por último, la indiscutible Catalunya que, por puro instinto de supervivencia, no va a estar callada, ni mucho menos. De aquí al 20D se fortalecerá formando gobierno, y tras las urnas generales desplegará un potencial inusitado, incluso nuclear, sean cuales sean los resultados.

Aventuro que digan lo que digan los Rajoy, Sánchez y Rivera para que sus huestes no pierdan el equilibrio, durante la próxima legislatura, sí o sí, se celebrará en Catalunya un referéndum a sí o a no sobre la independencia. Estoy convencido que cualquier otra cosa que ocurra, o deje de ocurrir, será mucho peor, tanto para los catalanes como para los que nos lo son.

Sucederá, por tanto, lo que en otras ocasiones, esas en las que las campañas electorales se tornan en un tiempo dominado por el autoengaño general. Tras los recuentos, se comprobará que Garzón e Iglesias, incluyendo en sus programas lo del referéndum inevitable, conseguirán muchos menos votos que los que se resisten a la historia amenazando con leyes cambiantes como si fueran los Diez Mandamientos tallados en piedra.

En cambio, tras las negociaciones y la formación de un gobierno en el que ninguno de ambos estarán representados, los partidos que sí lo usen tendrán que gestionar el referéndum catalán que no habrían puesto en sus programas electorales ni bajo tortura de la policía franquista, que hoy se cumplen 40 años de la muerte más injusta de España, porque sobre esa vida no pudo decidir la Justicia.

Pues bien, ha tenido que ocurrir un cuarto fenómeno para romper, además de a llorar, cualquier especulación sobre el resultado electoral. La herida de París, que era en realidad de lo que queríamos escribir, ha convertido nuestro hoy en algo muy distinto a nuestro ayer.

Un paseo por los clásicos bien merecía un despiste por los “Cerros…”. Otro día, cuando tengamos más datos, nos defenderemos de los enemigos terroristas. Hoy tocaba hablar de nosotros mismos, porque también nos llamamos Catalunya.

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