REBELDÍAS

Revilla for president

Hay un consenso bastante generalizado que acepta que la primera transición cursó desde la muerte de Franco, en noviembre de 1975, hasta la primera victoria del PSOE, en octubre de 1982. Entre otras cosas, porque nadie es capaz de asegurar que, si aquel golpista hubiera sido inmortal, no seguiríamos aún sometidos a su batuta. Fueron siete años justos. Si también aceptamos que el 15M de 2011 arrancó esta segunda transición en la que seguimos embarcados, resulta que a estas alturas ya llevamos seis años sin que se atisbe tranquilidad en un futuro cercano. Pero si, sin violar ninguna lógica, consideráramos que fue la crisis económica mundial que comenzó en septiembre de 2007 la que llenó la Puerta del Sol madrileña casi cuatro años después, llegaríamos a la conclusión de que llevamos diez años conscientes de que no sabemos hacia dónde vamos.

Vienen estos cálculos a cuento de la reflexión sobre lo resistente que es la democracia para cualquier cambio que se pretenda respetando la legalidad vigente, que unos cuantos años le costó a Hitler desmontarla en Alemania y puede que Trump nunca consiga vaciar de derechos la de USA. Pero también para constatar la evidencia, en un caso tan distinto a todos los demás como el de España, de lo mucho que cuesta sacar del gobierno a una organización que, de tan presunta como es, tuvo que aprovechar una mayoría absoluta para sustituir una palabra perfectamente adecuada por otra, la de “investigado”, que diera cierto lustre al ajusticiamiento de sus propios delitos.

En el formato de nuestra inestabilidad particular resulta inaudita la confusión que reina en PSOE, Podemos y Ciudadanos, cuyo problema principal es que juntan diputados de sobra para conquistar el cambio. Tanto desconcierto les embarga que es probable que vuelvan a perder la gran oportunidad que anuncian las encuestas. Se traduce en que un PP en franco retroceso sufrirá el 26 de julio la presencia de Rajoy en el banquillo de los testigos, el peor, creando un momento crítico y siempre imprevisible al que le seguirán otros, sumando nuevas calificaciones de “organización criminal” en multitud de folios judiciales, condición insoportable para los que nos damos cuenta de que también ocupan el Consejo de Ministros. Una situación que convierte en cómplices por omisión a todos aquellos que no arriesguen por el futuro, con generosidad sincera y sin trampas ni mociones unilaterales, sean cuales sean las manías que se tengan entre ellos.

Por si lo anterior no fuera bastante, un calendario letal acorta cada día la distancia que nos separa del 1 de octubre catalán, problema ante el que el gobierno ha demostrado evidente impericia, otro motivo que justifica su relevo. Eso sí, salvo que Sánchez, Iglesias y Rivera nos estén engañando a todos y las descalificaciones que se propinan entre ellos no sean más que una cortina de palabrería que les sirve para mantener a Rajoy atado en la hoguera independentista, lo que me llevaría a considerar a esos tres líderes unos personajes despreciables y a reafirmarme en la propuesta que diré a continuación, al mismo tiempo que afirmo que, en medio de tanta cobardía disfrazada, sería imposible que saliera adelante.

El caso es que las transiciones siempre han necesitado de transitorios, véase Suarez, y quien mejor hoy que ese cántabro leal, limpio, de verbo claro y tantas veces ignorado por Rajoy, Montoro, Soraya y casi todos los demás para concitar consenso en torno a un programa sencillo, eficaz y casi limitado a la convocatoria de nuevas elecciones generales en el plazo más breve posible y, sobre todo, con un PP fuera del gobierno y menos caja B que nunca. Si a ello le añadimos que, por motivos evidentes, Revilla no puede sufrir el peligroso mal de la ambición oculta y desmedida, diré que me parece el candidato ideal.

Para ganarte la confianza de todos, Miguel Ángel, presidente, porque sé que aunque no nos conozcamos puedo tutearte, permite que te pida que, si aceptaras tú y también esos tres te aceptan para este trabajo, formes un gobierno de expertos libres de la disciplina de partido y, no hace falta que lo diga, nada de implicarte tu y los tuyos en candidaturas electorales, pues en esta partida seréis más árbitros que cualquier otra cosa. A fin de cuentas, vuestro tiempo será provisional y tampoco tendréis que molestar a la economía. Aunque no es condición “sine qua non”, convendría convencer a los catalanes y al New York Times de que cualquier parlamento que salga de unas elecciones con el PP de igual a igual abrirá más y mejores posibilidades de futuro para una gestión en paz de su conflicto. La cuenta atrás de España se ha iniciado porque la demoscopia podría asustarse de nuevo y regresar al pasado. No hay tiempo que perder.

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