OPINIÓN

Rivera sentencia a Rajoy

Sumido Iglesias en un silencio post fracaso que Bescansa, autocompasiva, califica de “estar a la expectativa” sin darse cuenta de que los políticos no cobran del presupuesto para mirar el paso del tiempo, el otro emergente, Rivera, ha tomado el testigo de alimentar a los medios en medio del tedio.

Cual César en película de las de gladiadores y cartón piedra, ha parado el combate cuando comenzaba a aburrirse y ha orientado su pulgar hacia el centro de La Tierra mirando, desde la tribuna de una rueda de carne y hueso, a los ojos pasmados de los “populares” a través de los de unos periodistas que necesitaban renovar el relato, mareados como empezábamos a estar con los mil enfoques en tertulias y lecturas que llevaban siempre al vacío. Arremolinados en torno al de Ciudadanos, solo su manera de hablar y el ego contraproducente que impulsa a los políticos a traducir el español al castellano y viceversa en lugar de confiar con dos palabras secas en la inteligencia de la audiencia, impidió que lo que estaba diciendo pareciera lo que en realidad estaba siendo: la lectura solemne de la sentencia que Rajoy y los suyos están condenados a cumplir desde el 20D, por muchos 26J que se repitan o se esquiven. No es extraño que un zorro, viejo y descreído como Felipe González, haya declarado a toda prisa que lo dicho por Albert es “lo único…”. Lo de menos, por opinable, es lo que él, el súper ex, haya añadido para molestar a Sánchez, aún más.

No puedo calificar de otra manera las seis condiciones más una, la que rompe en público el ritmo marcado por el candidato ventajista, que Rivera acaba de exponer para sacar a Mariano de su letargo y castigarlo, junto a los suyos, a la penitencia de gobernar su propio proceso de descomposición, lento e inevitable, que se avecina salpicado de visitas para declarar en los juzgados, entradas y salidas carcelarias, dirigentes esposados, policías y fiscales por los pasillos de sus locales y portadas a cual más descriptiva de las mil y una maneras de meter la mano en la caja que han practicado con todo lujo de impunidades, hasta que la crisis rompió los pactos de un silencio que es del modelo contrario al que tiene muertos a los de Podemos.

Abro paréntesis para destacar que quien más poder parlamentario ha perdido en la última ronda de urnas abiertas es quien mejor se está moviendo en el laberinto político.

Rivera, consciente de su papel de bisagra activa atornillada, por una parte, a un PSOE que le conviene atrapado en un ángulo mínimo de giro y, por otra, a una Pared Podrida, ha convocado al personal para declarar que ha utilizado la llave de abrir o cerrar el acceso a la regeneración, el único cambio posible. ¿O es que acaso no seguimos endeudados hasta las cejas y son otros, los acreedores, los que establecen los límites de disponibilidad del dinero que tenemos en caja, todo prestado?

Solo el tamaño sistémico de este país es lo que le salva cada día, como si fuera un banco grande y fundido, porque su debacle no anunciaría miedo sino ruina colectiva.

Al añadir a este cóctel el peligro de una ruptura interior que solo imagino reversible abandonando la monarquía en el cuarto de los trastos y condenando esa puerta, es cuando me doy cuenta de que, de todo este lío, la capacidad de adaptación al contexto de un Rivera es la que saldrá ganando. Al menos en el valor coyuntural que le concederán los libros de historia. Las etapas de transición son para los transitorios, y es ahora cuando me viene a la memoria un político que no es necesario nombrar.

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