LLEGANDO A PUERTO

San Sebastianito (I)

Además de las fiestas y vigilias que la Iglesia manda guardar –contaron Juan de Seseña y Juan Benavente-, se guardan en este pueblo muchas fiestas de tradición muy antigua. Así se le oí decir a los antiguos que la víspera del señor san Sebastián, que fue por peste votado, que no se come grosura, antes ayunan muchos, y se le hace ermita y cabildo (1575)


 

 

talla-san-sebastianUn día me contaron como en el pueblo de Aceituna (Cáceres), cada día veinte de enero, en las fiestas de San Sebastián, se rinde homenaje al santo, y en el día de después el lugar se convierte en un bullicio de niños y niñas en torno a la talla menuda de otro San Sebastián al que llaman “El Chico”.

Yo que también soy extremeño, y como decía un conocido mío: “assín quieru yo palrar, conel mesmu sentimientu, conas mesmas palabrinas, i conos mesmus acentus, aligual que antañu palraban mis pairis i mis agüelus”. En siendo esto así, me tomé la cosa muy en serio y pensé rápidamente que este santo señor debería llamarse “San Sebastianinu”.

Pero mira por donde, el pasado veinticuatro de enero, aquí mismo, en este pueblo de Getafe al que ahora, muy a pesar nuestro, tratamos, de gran ciudad, asistí con gran expectación, como organizador que soy, de la fiesta de San Sebastián.

La parroquia, con advocación a este santo organiza, desde hace veintitrés años, una singular celebración de esta festividad hasta el punto de convertirla en una suerte de oficio laico-religioso que consigue atraer a más de quinientos feligreses junto al santo mártir, para envidia piadosa de San Fabián.

Durante el acto litúrgico, ante la multitud de pestilencias que continúan acosando a la humanidad, se solicita la protección del santo señor, mediante un trocador o trocadora que le eleva un voto de intercesión por delegación del alcalde o alcaldesa de Getafe.

Pues bien este presente año, por primera vez, hubo el acierto de sacar al santo señor en procesión por las emblemáticas calles getafenses de Juan de la Cierva, Capellanes, General Palacio y calle Madrid. Todo ello antes del reparto de la caridad de pan, queso (y vino), tal como dejaron escrito los getafeños del siglo XVI en las Relaciones Topográficas mandadas hacer por el rey Felipe II (1575). Curiosamente el santo pasó, de esta manera, por delante de lo que fue la anterior ermita de su devoción.

Pero he aquí, que junto al altar nos encontramos con dos figuras del Santo. Una talla en madera policromada asaetada de gran tamaño, al lado derecho del altar, que rivaliza con la talla de un Cristo crucificado de 2,40 m que, preside el espacio de culto sobre la pared del altar mayor, cuya autoría corresponde a mi buen amigo Esteban López de la Morena.

PROGRAMA-SAN-SEBASTIANPero he aquí que, en esta ocasión señalada, al lado derecho del altar se colocó, sobre andas, una talla pequeñita de San Sebastián que, una congregación de extremeños, sobre el año de 1961, regaló a la entonces ermita ubicada en plena calle Madrid con la calle del Vinagre.

En el callejón del tío Vinagre, que así lo llamaban cuando daba entrada a los huertos de la zona, terminaba el pueblo de Getafe en los años sesenta del pasado siglo veinte. Allí instaló una carpintería el ingeniero aeronáutico don Manuel Bada que, más adelante acogió provisionalmente la parroquia de San Sebastián, para luego volver a acoger el noble oficio de los carpinteros, ya que la actual iglesia no se levantó hasta principios de los años setenta del citado siglo.

De ahí que yo titulara este artículo como “El San Sebastianito”, que bien pudiera ser el San Sebastián “Chico” de la fiesta cacereña, si se tomase como ejemplo la idea infantil del municipio de Aceituna, ya que los niños y las niñas de Getafe tienen su espacio tan sólo un momento antes del inicio de la fiesta oficial.

Cuando los cofrades de la Asociación Cultural la Nueva Gran Piña, fundada en 1989 sobre otras más antiguas que desarrollaron actividad en torno a 1915, conocidas como La Piña, La Vieja Piña y La Nueva Piña, pusieron de actualidad el documento del interrogatorio de las Relaciones, no hicieron sino entresacar, desde las entrañas del legajo, una tradición getafense con la sana intención de continuar lo comenzado por los dos alcaldes (pechero y noble) que en aquellos años de pestilencia del siglo XV, en nombre del lugar de Getafe, realizaron promesa escrita al santo invocado, para que intercediera en la extinción de la terrible enfermedad que azotó la localidad, como se hizo en muchas localidades españolas con el santo San Sebastián, el mismo día, del mártir San Fabián.

Así como mi abuelo, en aquellos largos inviernos que se pegaban como lapas a las cumbres de los montes y los tesos de la sierra del Acebo, me contaba cuentos al calor de la lumbre, los antiguos de Getafe quisieron legarnos la historia sufrida para que jamás se borrara de nuestras memorias. Recuerdo permanente de que las pestilencias, presentadas en un formato u otro, jamás se rinden.

Una mañana del 22 de diciembre de 1575, cuando Getafe contaba 950 vecinos y 4.275 almas, Gabriel Martínez se levantó pronto, tan temprano como acostumbraban a salir los primeros rayos del tenue sol que apenas iluminaban las largas calles del lugar. Hombres recios de la llanura manchega, pegados a la villa de un Madrid que el rey Felipe II tuvo a bien convertir en corte real, para bienestar y prosperidad de los pueblos limítrofes.

Había sido propuesto para Alcalde ordinario de entre una lista de cuatrocientos hombres buenos pecheros, en la que se encontraba inscrito. Un pueblo de Getafe que era en la mayor parte de labradores de ese costado y, aunque no pueden todos arar ni coger pan por la mucha apretura de la tierra, así hay en él, de los mismos pecheros, oficiales de curtidores, zapateros, sastres, tejedores de lienzo y de jerga, cardadores, peinadores, carreteros y herreros.

La suerte, para este oficio de alcalde pechero, le había sonreído. La dependencia de Getafe, en lo seglar, era de Madrid, de su Corregidor y Concejo. Este lugar nuestro tenía por costumbre convocar al pueblo los domingos junto a las casas de Ayuntamiento, después de misa, para reunión de Concejo abierto. En una de esta reuniones se nombraron cuatro personas para alcaldes que, en este año, tocaron dos alcaldes por el estado noble o de hijosdalgo y dos alcaldes por el costado pechero, ya que en otros años eran los cuatro del lado pechero.

Una vez nombrados por el Concejo fueron todos para Madrid y echaron suertes delante del Corregidor de la villa y corte, licenciado Martín Espinosa. Fue en esta circunstancia, donde cayó la elección en su persona y en la de Juan de Morales ya que, este último, estaba incluido en la lista de los treinta y dos vecinos hijosdalgo, habiendo en ella también mujeres viudas hijasdalgo, mujeres de hijosdalgo y doncellas que tienen casa de por sí.

Hecho esto, volvieron para Getafe donde nombraron un hijodalgo y un pechero para alcaldes de la hermandad, con vara de mando en el campo y despoblados de Ayuden, Acedinos, Covanubles, Torre de Valcrespín y Alarnes.

Nombraron también dos alguaciles y mayordomos del Concejo, así como regidores hijosdalgo y regidores pecheros. La justicia la puso Su Majestad. Hay dos escribanos de número, un procurador síndico y otro procurador que solicita los negocios del Concejo.

No llevan del Concejo ningún salario y sí llevan como derechos los que tienen por arancel real. Tienen asignados los procuradores 6.000 maravedís si viajan a Madrid o seis leguas a la redonda, pero si van a Valladolid, principalmente a resolver algún negocio a su Real Chancillería, se le paga lo que es razón cada día. El mayordomo del Concejo tiene un salario anual de 1.000 maravedís.

Cuando, ese 22 de diciembre de 1575, el alcalde pechero Gabriel Martínez llegó a las casas de Ayuntamiento ya se encontraba en ellas el escribano de número Juan de Madrid y al poco llegó el alcalde noble Juan de Morales, acompañado del regidor pechero Alonso Manzano y del regidor hijodalgo Andrés Gómez de Sepúlveda.

El escribano público explicó rápidamente la importancia de la reunión convocada por la visita del alguacil real, Francisco Vélez: debían acometer, sin dilación, el mandato de Su Majestad, que Dios guarde, sobre el conocimiento del lugar de Getafe, sus asuntos, la crónica, los hechos, anécdotas y costumbres que en él suceden. Dentro de los hechos relatados se encuentran menciones a la fiesta de San Sebastián.


 

Los versos son de un poema de Cruz Díaz Marcos.
Foto 1.- “Las dos tallas de San Sebastián en Getafe”. Foto Julián Puerto.
Foto 2.- Programa de la Fiesta de San Sebastián. Enero 2016.

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