OPINIÓN

Señalada la fecha de un desalojo anunciado

Comenzará el 30 de agosto y, como en tantos otros desahucios y lanzamientos, la autoridad competente para este caso, la de los representantes elegidos por las urnas, puede que permita a don Mariano y su familia un periodo de permanencia provisional en La Moncloa mientras consigue un empleo y domicilio nuevos, o que le obligue a salir de palacio y acabar lo antes posible con una tortura que solo serviría para pudrir aún más la situación política.

Pocos semblantes como el que Rajoy nos estaba enseñando mientras yo escribía esto han reflejado con mayor claridad la aceptación de una sentencia dictada hace ya una semana por la “bisagra”, pequeña pero imprescindible y de marca Rivera, que los electores compraron el pasado 26 de junio por un precio bastante asequible en número de votos.

Pocas expresiones de satisfacción contenida han sido tan elocuentes como la de la firmeza con la que hablaba Albert, mientras explicaba la reunión que acababa de mantener con el presidente más humillado de nuestra historia reciente, y además ahora, cuando la tecnología “desnuda”, para bien o para mal, a cualquiera que se exponga a los medios de comunicación y si no, que se lo digan al propio Rajoy. Nunca lo hubiera hecho, pero solo le faltaba exhibir sin palabras la imagen del trofeo cazado, sujeto con la misma mano que utilizaba para enseñar las fotocopias de la corrupción del PP durante los debates electorales.

En pocas ocasiones podremos recordar alguna velocidad que se parezca en algo a esta a la que los periodistas le han perdido hoy el respeto a un presidente del gobierno tan en funciones como en franco retroceso, que a regañadientes pero sin oponer resistencia ha tenido que aceptar en público que vivirá de prestado.

Menos veces aún podrán regresar a nuestra memoria acuerdos políticos cuyo primer paso haya consistido en la derrota pública y notoria, aunque solo con argumentos, infringida por el débil contra el aparentemente fuerte.

Pero es necesario regresar al origen inmediato de los acontecimientos, y a la línea que dibuja hasta un momento anterior, últimamente muy recordado.

Sustituida, por la de las urnas, aquella autoridad franquista heredada de la que el rey anterior hizo uso hace cuarenta años para ordenar a un joven Suárez que desmontara los restos de un tiempo cruel sin ajusticiar a los culpables ni cambiar lo importante, Rivera comprendió que parecerse hoy a quien probablemente fue su político más admirado consistía en aprovechar su única oportunidad, la de jugarse todo a la carta de hacer contra Rajoy lo mismo que Iglesias intentó contra Sánchez tras el 20D. Por eso, demostrada la incapacidad de los otros tres para pronunciar desde el 26J ni media frase que sirviera de algo, Rivera dictó seis más una para obligarlo en público a sufrir el daño irreparable de convertirse en un pelele disfrazado de presidente del gobierno, o a no conseguir ni eso. Ni siquiera le ha dado la opción de elegir entre lo malo y lo peor, salvo la de salir huyendo por la puerta que la historia reserva a los cobardes.

En marzo pasado me preguntaba “¿Qué hacemos con los bienes del PP?”, y de cualquier partido político, por supuesto. Creo que se trata de una más de las preguntas a las que el nuevo Congreso de los Diputados debería dar respuesta, pues por fin podrá dictar leyes nuevas. Es muy probable que disponga de un gobierno obligado a aplicarlas.

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