OPINIÓN

Siembra insensata de un miedo sin fundamento

Como si el CIS fuera un sismógrafo de los que anuncian terremotos bajo el mar y los de UP una coalición de olas que se estuvieran preparando para arrasar la civilización occidental, las portadas sistémicas han comenzado a decirnos lo que tenemos que hacer el peligroso día 26 que se acerca. Roto en diciembre el entramado que sirvió para no tener que pensar durante años, resultó que se les habían oxidado las neuronas y, a la desesperada, decidieron forrarse la cara para pedir otra ronda a cargo de nuestro dinero.

Los de Sánchez no han sabido ni mojarse el dedo y alzarlo para comprobar la dirección del viento. Primero, molestos por las formas, rechazaron las llamadas de Podemos para integrarse en el sistema mediante un acuerdo con ellos. Les confundió el descaro, inevitable en toda juventud hambrienta que se quiere comer el mundo, cuando pesa un gramo menos el cinismo que la osadía. Después, creyeron que las condiciones que ponían eran como Los Diez Mandamientos, sin pararse a pensar que nunca nadie los ha cumplido ni los cumplirá. Y ahora siguen igual, a la expectativa de la sorpresa que cada día preparan los desvergonzados para reconquistar las pantallas provocando.

A los de Rajoy, para terminar de arreglarlo y rodeados como están de policías y juzgados en pos de los ladrones que han refugiado por sus rincones, lo único que se les ha ocurrido es seguir jugando con fuego, sordos ante los sacrificios que se les han pedido para reservarles un hueco en la tabla de salvación que intentará sortear el tsunami que se acerca. Han olvidado que en el juego de arriesgar desde los extremos, siempre ganan los que menos tienen que perder, y esta vez su nombre no es PP.

Con el miedo metido en el cuerpo por lo que no son más que los efectos pasajeros de un tiempo revuelto, qué menos entre tanta miseria y tan mal resuelta, los mastodontes demuestran que no han aprendido nada y, desde “Venezuela” hasta “Socialdemocracia”, siguen cayendo en la trampa de hablar de Podemos y, a veces, hasta como los de Podemos, con lo que solo consiguen promocionarlos. Se oyen voces de replanteamiento, pero ya no hay tiempo.

En cambio, estos jóvenes y alegres a los que los instalados acusan de disfrazar con sonrisas su manzana envenenada, son los únicos que han mejorado la oferta electoral aumentando su propia plantilla. Lo han hecho comprando el mejor activo que había en el mercado: un millón de votos, y sin soltar un euro por adelantado. Iglesias podrá tener toda la conciencia social que quiera, pero resulta que nos está saliendo tan negociante como el mejor de los acaparadores de botines, y con la desventaja de que no puede negociar en la oscuridad del paraíso. No es necesario destacar que el acuerdo que ha permitido poner una U delante de una P transmite mejor la decisión de crear empleo que cualquier palabrería que prometa millones de puestos de trabajo, incluso aunque la proclamen ellos. Es la fuerza imbatible del ejemplo. Sobre la sonrisa que decía, todo el mundo sabe que ese gesto es la forma natural del optimismo sincero. Si no, que opongan la de Montoro, pero antes un psiquiatra debería certificar si se trata de alegría o de maldad.

Lo cierto es que Iglesias, esto ya lo he dicho en otro sitio, fabrica política de autor, y ha conseguido un filón de seguidores que sienten como si le compraran un cuadro por el dinero que les cuesta un voto, sus impuestos. Contra esa sensación no hay miedo que valga.

Todo les está saliendo bien, también hay varias frases hechas para esto. Si ellos cambian en dos días de ideología política, a la que ahora llaman etiqueta en lógica con la mercantilización que nos rodea, a los suyos les parece que es la natural adaptación al entorno, mientras que en los demás provoca desconcierto. Y si se vistieran de lagarteranas empezaría a proliferar el disfraz, pero los otros intentarían convencernos de que siguen siendo los mismos, siempre que no les pidamos detalles.

Sí, me ponen de los nervios las decisiones electorales que se construyen a base de flashes viscerales, pero entre algo de desmadre y el miedo, preferiré siempre lo primero. Además, miro hacia atrás y me pregunto cuánto y cuándo nos han pedido inteligencia en la hora electoral. Y cuantas veces nos han pedido opinión para tomar decisiones que no sean elegir intermediarios. Y qué es lo que ha alimentado y protegido tanta corrupción, si no son estómagos agradecidos y tan cómplices como ciegos ante el delito. Y sobre la dignidad, ¿acaso no hemos practicado la indiferencia cruel mientras seguíamos, y seguimos, pisando un suelo lleno de cadáveres inocentes, que no nos hemos atrevido a desenterrar ni cuando tuvimos dinero suficiente para construir mausoleos? ¿Qué película no hemos visto de aquellas en las que los muertos regresan a pasar la cuenta? ¡Si es que ocurre en todas, que solo cambia el disfraz con el que se presentan!

Si, se pongan como se pongan los que dibujan las portadas, no tengo miedo. Entre otras cosas porque no se piense Pablo que le vamos a consentir lo mismo que a Felipe, el que más se le parecía cuando fue joven, confundidos como estábamos entonces por una alegría que, como no la supimos ganar, nos la terminó regalando la naturaleza, que es capaz de parar hasta el reloj de la hierba más mala.

Si, tampoco les tengo miedo porque en la virtud que quizás le permita ganar está la penitencia, que ya dio sus primeros avisos en la primera refriega. La diversidad que ha conseguido agrupar está, en este país, bien asentada en cada uno de sus territorios, y nada menos viable que intentar reconstruir desde Madrid otro centro dominante.

Si, también sin miedo, y aunque sea por desgracia, pues vivimos en equilibrio inestable gracias al lío indescifrable que forman la cantidad de intereses cruzados grandes, pequeños y medianos que nos importan a todos, y que no hay monstruo ni fantasma que lo cambie, y menos aún desde un país endeudado hasta las cejas. Presuman de lo que presuman el protagonista y todos los demás.

Sí, provisionalmente. Pero definitivamente sin miedo.

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