OPINIÓN

Sin gobierno en el paraíso incierto

Hoy haremos recuento de evidencias y dejaremos las especulaciones para los expertos en futuribles. Por lo que acabo de leer en solo dos periódicos de provincias, hoy deben haberse publicado no menos de mil cosas distintas sobre lo mismo entre editoriales y articulistas en toda España. Y así cada día.

Una semana después del día D ya se puede afirmar que estas han sido las urnas que mejor han abierto la puerta a la más divertida de las anarquías que puedan caber en una monarquía capitalista. Algo debían sospechar los que competían pues callaron, puñeteros, cuando Rajoy abusó sin vergüenza alguna para auto concederse 30 días de prórroga en el gobierno, récord en nuestra democracia. Y los que sumará en funciones, pero ya no es lo mismo.‎

Como si contra el cinismo cómplice un rayo mágico nos hubiera iluminado a todos los de abajo en el único instante en que pintamos algo cada cuatro años, nunca tantos millones de personas consiguieron espontáneamente tal grado de coordinación de voluntades como para arrancar el poder a todos los políticos a la vez por el sistema más elegante y cruel: derrotándolos sin paliativos al establecer que no puedan ni gobernar ni quedarse en la oposición si no es perdiendo la mitad del plumaje con que se adornan para convencernos de sus promesas. Cuando aún no podíamos creer que el 20D hubiéramos sido capaces de mejorar el gran resultado del 27S en Catalunya, llega otro 27 noventa días después y, para rizar el rizo, 3.330 aún españoles, ni ellos saben si para seguir siéndolo o para todo lo contrario, redondean el triunfo absoluto de la inteligencia colectiva consiguiendo un empate exacto. Ni los matemáticos se aclaran sobre si las posibilidades de que tal cosa ocurriera eran del 0,3 o del 1,44%, que varios y dispares cálculos he oído de solventes. Mejor imposible.‎

Y además, hemos acertado a probar las mieles de lo emocionante de camino hacia lo desconocido cuando la amenaza de violencia, que siempre ha vigilado nuestros movimientos, no se atisba en ningún horizonte. Solo un marco de tiempos imperiales para envolver el discurso real ha confirmado que algunos importantes no viven en el siglo XXI, al mismo tiempo que hacían hervir mucha sangre en la que despertaron las ganas de sacar de allí y en ese momento al protagonista. Como siempre, en esta mitad de España nuevamente ofendida se impuso el buenismo a cualquier precio. Pero, por favor, que alguien cante ya los nombres de quienes estaban al tanto de esta provocación gratuita.‎

Así que, mal que les pese a la mayoría de los que hacen ruido a todas horas contra el apocalipsis que se inventan, hemos alcanzado un precioso oasis, más feliz que mil navidades, resultado de la combinación de dos factores tan extraños como nuestra voluntad casual y una deuda que nos agarrota tanto como nos blinda frente a Merkel y sus secuaces, pues no es miedo sino pavor lo que ahora les embarga a ellos. Las víctimas propiciatorias y helenas demuestran que el tamaño del endeudado importa y si no, ahí están todos callados tras sincerarse uno de ellos para decirnos que “no saben a quién felicitar en España”.‎ No sería cosa pequeña que también consiguiéramos cargarnos la diplomacia europea.

Comprendo que haya quien discrepe de este deseo de más tiempo para un periodo en el que se descompone mucho de lo que nos rodeaba. Entonces seré simple como el asa de un cubo y a la muy mandona Susana, que compite con Pablo para ser el nuevo Felipe, le preguntaré: ¿Temblaban tanto los andaluces como tú cuando negociabas con Podemos y Ciudadanos? ¿Viven ellos, que son el objeto de tus desvelos, mejor ahora que durante aquellos más de setenta días de insomnio? O también, para molestar más y mejor ¿puedes asegurar que los andaluces, ahora tan estabilizados, se sienten más seguros que unos catalanes en la montaña soviética de los anti sistema?‎

Entonces es cuando pienso que tanta línea roja como se arrojan, valga, unos a otros, a sabiendas de que son inaceptables, no son sino humo porque ellos, como nosotros, desean prolongar este paraíso aunque griten lo contrario, siempre con la boca llena de España.‎

Estaba en este pensamiento cuando aparece uno de ellos, cualquiera, en La Moncloa, atendiendo a los periodistas tras sentarse con Rajoy, con o sin las piernas mal educadas, con o sin chaqueta y con o sin corbata, y me pregunto si alguno de ellos, el que sea, antes de negociar se atreverá a presentar al otro una condición no ventajista, sí sincera, sí innovadora y sí tajante que coloque a ambos ante el mismo reto, en beneficio de las ventas de publicidad y de todos nosotros: Poner cámaras y micrófonos en esas reuniones tan opacas y retransmitirlas en directo desde el primer minuto hasta el último por radios y televisiones. ¿Por qué tanta luz para los debates pre-electorales, siempre tan decepcionantes, y en cambio tanta oscuridad para estos encuentros políticos tan importantes? Me temo que en lo de secuestrarnos la verdad de lo que ocurre durante el tiempo que se retribuyen con nuestros impuestos es lo único en lo que están todos rabiosamente de acuerdo. Nada nuevo bajo el sol, de momento.‎

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