OPINIÓN

Sobre Cataluña le pregunto al Rey

rey

 

Rey,

Gracias a una confluencia extraña de intereses contrarios, está saliendo usted más ignorado que indemne de lo de Cataluña. Nadie le recuerda: ni catalanes ni no, ni emergentes ni decadentes, ni monárquicos ni republicanos, si existieran de ambos bandos. Revilla y se acabó.

Tampoco se dignan a citarle los expertos que pueblan las tertulias de ondas y pantallas y llenan de tinta las páginas de papel que quedan vivas. Si esto fuera un referéndum, la propuesta de olvidarse de usted estaría consiguiendo más votos que los candidatos únicos de aquellas “búlgaras”, tan mentadas para atacar al adversario político.

Yo, en cambio, que pocas cosas me hacen sospechar más que las unanimidades en épocas de libertad, no puedo dejar de pensar en usted. Por eso voy a comenzar haciendo una reflexión primero y una pregunta después. Para evitar polémicas, me moveré en el terreno de los lugares compartidos.

Hay un acuerdo general de que transitamos por un período de cambios, de esos en los que los partidos, las leyes y las instituciones se cuestionan. En momentos así, el protagonismo de individuos brillantes y atrevidos, aunque sea coyuntural, se torna imprescindible y trascendente. La historia ofrece ejemplos, incluso de reyes, que se convirtieron en personas porque era necesario que fueran decisivas.

Creo también que hay coincidencia en que lo de Cataluña es molesto salvo para los entusiasmados. Coixet, por ejemplo, siente “pereza”. Otros meten la pata cada día.

Y la última opinión, tan inconfesable para los responsables como indiscutible para casi todos los demás, es que el Gobierno y los partidos que defienden que Cataluña siga en España no lo han sabido hacer. Si hay que medir la eficacia por los resultados obtenidos, gane quien gane el 27S esto seguirá empeorando.

Pues bien, Rey, probada la incapacidad de los gobernantes y de la oposición, yo le considero a usted el único español con un arma secreta suficiente como para haber resuelto este barullo, especialmente durante el periodo que va del 9 de junio al 9 de noviembre de 2014.

 

Por eso, le pregunto lo siguiente:

¿Porqué no llamó usted a los señores Rajoy y Sánchez a su despacho, juntos o por separado, en público o en privado, puso la corona sobre la mesa, les enseñó la foto de Cameron y les dijo que o legalizaban el referéndum de Cataluña y participaban para ganarlo, o habría abdicación real?

No conozco la respuesta y me gustaría. Quizás pueda contestarse a sí mismo. Pero comprenda que me invadan las dudas sobre usted cuando pienso en todo lo que podría habernos ahorrado. Le expondré mi confusión en forma de preguntas.

¿Le merece a usted la pena seguir siendo rey sin Cataluña? No me lo creo. ¿No piensa usted que si los catalanes se largan es su rey quien pueda dejar de interesar al resto, como única forma de superar la gran ola de pesimismo nuevo? Estoy convencido. Y como ya no estamos en 1934, ¿no cree que mucha gente pensará que de una república española Cataluña no se habría ido en busca de la suya? Más que probable.

Rey, no se hizo respetar y ya no tiene usted margen de maniobra para lo grande, pero le recuerdo entonces otras cosas importantes: ¿podría usted sugerir a Rajoy que cese inmediatamente a Morenés, por asustar? ¿O no hará nada para evitar que ese señor siga inyectando en el ejército la tentación del protagonismo?

Estas cinco preguntas sí que está usted a tiempo de responderlas. No me diga lo de que reina pero no gobierna, porque eso lo podemos resolver con un florero. Dese cuenta, Rey, que esta vez la desmoralización general podría provocar que la democracia fuera sutilmente relevada por una ficción, y que no tendría usted ninguna pantalla para decir nada durante la madrugada sucia que se instalaría en lo que quedara de España.

Le he hecho estas preguntas mientras me iba desnudando, poco a poco, del disfraz de oportunista que, sin darme cuenta, me puse delante de aquella pantalla inolvidable para sobrevivir a la alegría tras el miedo. Yo estaba impresionado y usted era muy joven, pero no su padre. Iniciamos entonces con él, un rey que ya no podía abdicar, la etapa de mayor prosperidad y corrupción de nuestra corta historia en libertad.

Ese periodo terminó, coincidiendo con la crisis, como el “rosario de la aurora”. Ahora, al borde de un abismo bien distinto, tenemos que empezar de nuevo a construir la historia. ¿Le interesa participar? Por mi parte, preferiría más que fuera usted feliz a que siga siendo Rey.

 


 

Domingo Sanz es Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid.

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