OPINIÓN

Sprint final hacia el 20D. El contrato laboral único

albert-rivera

 

♦ Tras diez elecciones bajo una Constitución que, de consenso general, ha terminado por convertirse en amenaza para los que no están de acuerdo, nunca me había costado tanto poner orden en las ofertas electorales que nos rodean. Deben ser la combinación de edad y circunstancias pues nunca me imaginé, iluso de mi, que lo de trabajar tantos años era para lograr el triunfo de una crisis como la que nos hemos ganado.

La lectura al detalle de los programas electorales es una tarea que delego en los periodistas por tres motivos: Primero, y con esto considero el servicio pagado, porque a cambio miro sin poder evitarlo una publicidad que me colocan en el rabillo del mismo ojo con el que descifro lo que escriben y también me retumba en el mismo tímpano con el que escucho lo que dicen. Segundo, porque confío en ellos, en tanto en cuanto son muchos y diversos y a casi muchos y variados leo. Y tercero, por la mala fama que se han ganado las promesas a cambio de votos que elaboran los partidos.

Igual que la mayor parte de los convocados a las urnas recibo, pues, las propuestas partidarias a través de los medios, lo que permite que solo me llegue el ruido de aquellas que han conseguido pasar los filtros de simpleza y claridad que necesitan los propios periodistas para entenderlas. Una virtud, la de las propuestas, a la que si añaden un puntito de provocación, miel sobre hojuelas para la prensa y para el “gallo” que las abandera.

En este punto, lector, no creo que sea necesario decir aquí el apellido de quien es el que se está llevando de calle el protagonismo. Estoy convencido que usted y yo pensamos en el mismo.

A esto le daba vueltas en una rotonda cuando en las ondas, siempre llevo la radio puesta, comienza un debate, esta vez entre segundos espadas economistas, Iván Ayala a mi centro izquierda y Toni Roldán a mi centro derecha. Quedó ratificada, de nuevo, la incapacidad absoluta de responder con argumentos solventes cuando toca oponerse a una idea que entra en las cabezas de los electores con la fuerza rompedora de que no es necesario pensar en ella.

Guste o no guste, tenga razón o no la tenga, sea posible o inviable, la propuesta de un contrato laboral único, y fijo desde el primer minuto, no tiene rival en el mínimo espacio de 30 días hasta las elecciones generales. Un Rivera que jamás ha manchado su firma con un decreto, ni un decreto con su firma, ha vuelto a ganar una refriega en el terreno de la demagogia, y no hay pizarra de debate en La Sexta, ni gráfico, ni estadística, ni declaración sindical o empresarial que, si se atreviera a hablar, consiga convencer de lo contrario. Bueno, sin contar los que consideren que la precariedad laboral es consustancial al sistema y no estén dispuestos a cambiar, ni aunque el propio Rivera les confesara que, en realidad, con lo del contrato único lo que busca es precarizar aún más.

Antes de a Ivan contra Toni en la SER, mientras conducía, le ocurrió el mismo fracaso con el mismo contrato único a Pablo contra Albert, yo en mi sofá, ellos dos delante de un café con leche. Uno “solo”, y bien cargado, quizás habría espabilado al de Podemos. Y anoche Ana Pastor, incisiva más que nunca con lo demás, huyó de rebatir lo del contrato único para poder atornillar a Rivera con otros asuntos. Tampoco recuerdo, quizás me equivoco, que Ana se atreviera con lo de eliminar el Senado o volver al huso horario democrático, consignas que le han permitido ganar a Rivera millones de miradas hacia las portadas.

Volviendo a lo laboral, en los nichos electorales de la competencia de Rivera por la izquierda, el PSOE se conforma con prometer que derogará, ya no tanto, la reforma laboral del PP, y Podemos ofrece más, pero en abstracto, derogando todas las habidas desde 2008. Intuyendo entonces la confusión de los mensajes aparece el más listo de la clase, a quien no nombro para no hacerle más publicidad, y combinando dos palabras solas, “contrato” y “único”, clava un rayo en las cabezas de millones, todos trabajadores, hartos de firmar mas contratos temporales de trabajo que días de lo mismo.

Es el desparpajo de los que quieren que se les note que se atreven a ganar. Y el de los que, en las antípodas de España, pero aún dentro, necesitan diferenciarse para que no les arrastre la parálisis coyuntural que sufre su propio entorno. Es Rufián quien, como si fuera de una CUP que no concurre al 20D, declara que “queremos la República que nos robaron”. Y es también Vidal, ex-juez, quien, como la Lomana de VOX o el pequeño Nicolás ex PP, pide también la disolución del Senado dándole lo mismo si les conviene o no, como nacionalistas que son. Y aunque esta misma consigna también la haya incluido en su programa electoral Ciudadanos.

Rufián y Vidal son candidatos por ERC a las elecciones generales y, como su aún adversario, Rivera, no sufren, al menos esta vez, la enfermedad mental de los complejos. En un futuro muy cercano tendrán que entenderse.

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