OPINIÓN

¿Tenemos esperanza?

esperanza

♦ Dos días quedan para que los españoles vayamos a las urnas y depositemos nuestro voto bajo las esperanzas de que los nuevos resultados sean prometedores y supongan el impulso de un cambio radical a la situación actual que nos rodea.

Pero llego a pensar que muchos de los españoles ya hemos perdido la esperanza en lo que pasará el próximo domingo, a pesar del dicho “la esperanza es lo último que se pierde”. Las continuas noticias que saltan en los medios de comunicación sobre las adversidades dentro de la política nos hacen perder la ilusión o la confianza en nuestros representantes políticos.

Ningún partido queda fuera de asuntos turbios, temas de corrupción o dimisiones repentinas dentro de los grupos políticos. Estos factores se unen a las adversidades cotidianas de las familias españolas y ya no nos quedan ganas de acercarnos a las urnas el domingo por carecer de interés ante lo que acontece en las esferas políticas que tanto prometen y tan poco practican (por ahora).

Vengo escuchando en estos últimos días (como una coletilla que parece que nunca ha dejado de repetirse desde que los ciudadanos tienen la posibilidad de elegir a sus representantes) comentarios tales como “todos los partidos políticos son iguales”, “ninguno de ellos cambiará nada” o “tan solo miran por su propio beneficio”. Yo siempre he opinado que las generalizaciones no son buenas, y tengo fe en la Humanidad para pensar que por fin llegará alguien que no mire únicamente hacia su persona y busque mejorar la situación de una ciudad, una región o un país que tantas posibilidades podría ofrecer para el bienestar y el progreso de todos. Y en España, eso se puede lograr.

Pero hay un factor que rompe con mis esquemas y no me deja confiar en lo que pasará próximamente en nuestro país. Los partidos políticos no solo se limitan a exponer sus propuestas de mejora y sus iniciativas en el caso de llegar al poder. Por el contrario, desprestigiar al oponente es una estrategia común en todos o la mayoría de ellos, y que, de hecho, ha llegado a normalizarse tanto que el ciudadano lo interpreta como un “mal necesario”. Vemos como el uso de comparativas entre los distintos partidos políticos para que los demás queden desacreditados es una realidad común que se repite hasta la saciedad en estos últimos días. El aliento de los políticos de unas siglas concretas es que sus fieles y disciplinados seguidores (y tal vez poco meditadores) nublen el cielo con el color de sus banderas mientras cantan al unísono sus himnos y melodías corporativas provocando el éxtasis de sus líderes.

Cuando hacemos algo que consideramos correcto no necesitamos difamar a los demás. ¿Por qué entonces los políticos han tomado esta práctica como habitual? Pena me da la necesidad de atacar a los demás para que mis propuestas sean más valoradas, pero más pena me dan aquellos que no son conscientes de lo que esto supone.

Desde aquí invito a reflexionar sobre el innecesario hábito que nuestros políticos ejercen para convencer a los electores indecisos. La buena argumentación (y la buena praxis) deben ser la columna vertebral de sus discursos, por ello no dejemos que los tiñan de difamaciones o críticas a los oponentes políticos. Si la crítica es importante y necesaria, más valor tiene la autocrítica.

Por último he de remarcar la frase más sonada en estos últimos meses, y más aún estos días de campaña. La ruptura del bipartidismo parece avecinarse. O al menos eso creemos la mayoría. Que existan otros partidos políticos que ejerzan mayor valor a la variedad ideológica es un dato más que positivo para la buena salud de nuestra sociedad, que tiene como principios la concepción democrática y la libertad ideológica.

Estas nuevas concepciones políticas que se acercan a los foros públicos tampoco quedan fuera de las órbitas oscuras, apareciendo “gestos, actitudes, y también algún que otro hecho” que nos hacen dudar de sus “aires de cambio”. Pero acudir a estos argumentos nos llevaría al pesimismo y a la desesperanza pues no incitan a acercarse a las urnas para votar. Mi deseo es el contrario. Como ciudadanos que somos, todos deberíamos ejercer nuestros derechos para intentar mejorar la situación (incluso los que optan por no votar). Lo que realmente me gustaría es que nuestra postura se racionalice de la forma más objetiva posible. Deberíamos pensar qué es lo que más nos conviene y sobre todo decidir quiénes serán los que mejor nos representen, los que mirarán por nuestras necesidades e intereses y que se esforzarán por llevar a la práctica las medidas tan prometidas durante los días de campaña electoral.

Mi deseo es que, con lo que suceda el domingo 24 de mayo, los españoles no digan adiós a “la esperanza” depositada en los partidos políticos y que estos sepan estar a la altura del país al que representan, y no al de sus intereses personales.

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1 Comentario

1 Comment

  1. maria dolores

    22 Mayo, 2015 at 20:09

    Es un articulo muy pensado equilibrado nos lo podíamos también apropiar también a nuestras vidas

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