OPINIÓN

Tras el 26J seguimos de transición

Entre paréntesis para empezar, nada describe mejor la noche electoral que ese beso de Rajoy como si no hubiera habido nunca un ayer ni tampoco estuviera previsto que amaneciera un mañana porque, aviso, nada de lo que escribo quiere ser inocente. El ósculo ha conquistado a toda velocidad las redes sociales y enviado al baúl de los recuerdos tan inútiles como infantiles aquel de Iglesias a Domenech, en un Congreso que convirtieron en plató para la ocasión, de nuevo y sin saber las consecuencias. Y no son menos representativas del estado de nervios del presidente en funciones las varias veces que exigió a todos los españoles eso de que “el PP se merece un respeto” durante “el discurso más difícil de su vida”.

Cuarenta y ocho horas después y digeridos, supongo, los traumas de todo signo producidos por la debacle demoscópica, lo primero que haremos es apartar de nuestros pensamientos a los caraduras varios que culpan a los encuestadores, que los hay en todos los partidos mal parados y Echenique no ha sido menos esta mañana en la SER. Hacen lo mismo que se ha hecho siempre con “el mensajero” de las noticias molestas y ahora repite Fernández, que se pone a practicar amenazas con los periodistas de “Público” por trabajar bien cuando la verdad les quema las manos. Limpios nuestros alrededores de basura argumental, procederemos a especular con lo que pueda dar de sí un reparto de escaños llamado a convertir esta legislatura en la más entretenida de nuestra historia reciente y bipartita, es decir, desde 1982. Ya lo intentaron los sacrificados contribuyentes con la decisión tomada el 20D pero, engreídos y tahúres al mismo tiempo, los tres elegidos para ser inteligentes y constructivos apostaron al todo o nada de nuevas urnas y ha salido borde del abismo, se supone que para ver si así, más difícil todavía, se piensan antes lo de tontear con el tiempo, el dinero y las preocupaciones de la gente.

Lo primero que haremos hoy es felicitarnos por conservar la memoria, lo que nos permite recordar que el último político al timón que utilizó el truco del miedo como salvavidas fue un tal Suarez en marzo de 1979, pues sabía perfectamente que los del PSOE no eran nada peligrosos, como tampoco lo son ahora quienes se meten en política, se peinen como se peinen, salvo los que no presumen de robar aunque lo hagan, que siempre saber disfrazarse tiene su recompensa cuando se trata de gestionar lo del público. Aunque estoy convencido de que quien lea esto lo recuerda, no está de más insistir en que, con aquella maniobra embustera, la UCD consiguió solo tres diputados más, pero logró en total 168 y tenía menos posibilidad de mejorar de la que tenía el PP de 123 el 20D. Cosa que digo también para que no se rían tanto el 26J y días siguientes. Además, a diferencia de ahora, sí que tenían los de Suarez a su alcance la mayoría absoluta sumando los diez que había logrado un Fraga mal disfrazado con las siglas CD, sin la U, quizás para confundir. La suma de la izquierda se quedó como estaba, a pesar de que los de Tierno Galván, aquel PSP, se habían entregado a los del PSOE antes las urnas sin necesidad de que Felipe los insultara tanto en 1977, ya sabe usted, y también Alberto Garzón, de lo que estoy hablando. Dos meses después González, que esperaba ganar, dimitía para recomponer ideologías. No obstante la victoria, los fantasmas que invocó don Adolfo para ganar acudieron crueles a cobrar la deuda contraída y lo destrozaron por no querer pagar regresando al miedo como forma de vida, que García Margallo bien recordaba aquella catarata de traiciones hace tres meses, cuando algunos llegamos a pensar que intentaba algo entre frase y frase. Después enviaron a Tejero para rematar, dado que Calvo Sotelo no les convencía, y consiguieron aterrorizar nuestra democracia, de lo que da fe, entre otras vergüenzas, tanta cuneta sin arreglar.

Ausentes hoy aquellos peligros uniformados para regresar al autoritarismo feroz por la vía rápida y sangrienta, los vendedores de sustos son otros, pero también exigirán a Rajoy el pago de su porcentaje por los beneficios obtenidos, catorce diputados más que le saben a catorce mil mientras se envenena sin darse ni cuenta. El tiempo que tarden en aparecer los primeros síntomas es, en mi opinión, una de las incógnitas principales para los próximos meses.

Al margen del momento y la forma en que a Rajoy le venza esa cuenta pendiente, y desde la democracia que permiten los votos mal convertidos en diputados pero es lo que hay, si los tres aspirantes se atrevieran de una vez a instar las muchas reformas políticas en las que coinciden de hecho, aplicando su mayoría absoluta en el Congreso, se inauguraría una ceremonia en la que el PP se iría cociendo en su propia salsa, a fuego lento, quizás la única estrategia posible para que el 66,66% de la sociedad le imponga su voluntad, que sería lo legal, al 33,33% restante, ese tercio de la población manifiestamente compatible con la delincuencia institucionalizada, por poner un ejemplo de la calidad de las decisiones electorales que adopta con total libertad y en secreto. En este contexto, a la derecha heredera no le quedaría más remedio que defenderse, sin éxito, contra los 188 votos, o más, que podrían ir desmoronando sus abusos legislativos del cuatrienio absoluto. Y para postre, una nueva Ley Electoral podría sentenciar, siempre que los de Pedro y/o Susana no tengan la ocurrencia de intentar el fracaso seguro que sería reconstruir el bipartidismo, acción solo posible a pachas con los de Rajoy. Deberían darse cuenta de que la izquierda hoy sí está eficazmente dividida y que, a partir de ahora, también a ellos les convendrá una mayor equidad electoral. Por lo demás, Rajoy, a la cabeza de un gobierno débil tantas veces reclamado por él mismo ante la imposibilidad de convencer a Sánchez o Rivera para que le regalen el paraíso “por su cara” corrompida, tendría que chapotear a solas contra la marejada que no cesa de una economía que sigue siendo una caja de sorpresas y sin margen de maniobra. En estas circunstancias, incumplirá al mismo tiempo su programa electoral y las condiciones de Bruselas mientras la oposición se lo consienta, que no debería permitirlo durante más de dos años, con moción de censura y nuevas elecciones incluidas pero, por fin, sin los de Rajoy cobrando de nuestros impuestos para trabajar solo a favor de sí mismos aprovechando los resortes del gobierno, que ese si que ha sido el inmenso error que los tres “listos” podrían haber evitado, entre diciembre y mayo. ¡Atención!, no obstante, que el Presidente tiene siempre el privilegio de disolver en cuanto le conviene.

Por suerte para la sociedad española, la democracia asegura que lo único que sí que ocurrirá es que la Policía y la Justicia seguirán haciendo su trabajo de castigar el delito, con un desfile continuo de “populares” presuntos, libres y protegidos por los suyos que, tras las sucesivas visitas a los juzgados, se irán convirtiendo en “populares” culpables, encarcelados y “si te he visto no me acuerdo”, hasta que sean tantos de ellos los no podrán ni mirarse a sí mismos que solo les quedará sacar bandera blanca y abandonar, como hicieron la mayoría de franquistas durante la Transición. Comprendieron que no estaban en condiciones de provocar y bastante regalo fue que la Amnistía reclamada para hacer justicia democrática se convirtiera en tabla de salvación de los cómplices de Franco. ¿Captarán el mensaje los del Partido Popular? Se lo están repitiendo los dos tercios de españoles que insisten en no escuchar su mensaje.

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