OPINIÓN

Trump, Rajoy y los medios de comunicación

Es imposible mantenerse al margen del nuevo peligro que viene de USA y, entre otras manifestaciones, no son extrañas las muchas opiniones que se vierten por aquí sobre las coincidencias entre Donald Trump y Mariano Rajoy, al margen de las maneras de cada uno, tan particulares. Se ha destacado, por ejemplo, la militancia común en el negacionismo ante el riesgo climático. Hagan lo que hagan en el futuro y obligados por las circunstancias, la ocurrencia en octubre de 2007 de lo de Rajoy y su primo ha dejado al nuestro retratado para siempre, y de los excesos del otro no es necesario hablar. En cambio, no he leído tanto sobre los comportamientos de ambos ante los medios de comunicación.

Si hay algo que diferencia a los demócratas insobornables de los políticos autoritarios, más o menos populistas, es aquello de que las tentaciones que éstos ocultan les afloran cuando sufren frustraciones por culpa del entorno de libertades que tienen que soportar. Una prueba de ello es la manera en que llevan sus relaciones con los medios de comunicación, esa manifestación real del ejercicio de la libertad de prensa que es uno de los pilares que diferencia a la democracia sin apellidos de cualquiera otra versión.

Obligados como estamos a soportar desde la demagogia más hortera del de allí al escapismo tantas veces ridículo del nuestro, suplicios que van en nuestro “sueldo” de contribuyentes, para saber si hay conceptos comunes y culpables entre ambos mandatarios deberemos analizar las señales que ambos nos envían.

Recordamos, en primer lugar, aquel boicot del PP al grupo Prisa desde una oposición a regañadientes, también corría 2007, y con esa iniciativa ni arruinaron el periodismo ni consiguieron ganar en 2008. Después de 2011 y ya desde un gobierno que, para conquistarlo, precisaron del estallido de una crisis casi universal, los plasmas a los que tanto se aficionó Rajoy y las costumbres, más abusadas por él que por ningún otro político, de no pronunciar los nombres de cosas ni personas que le fueran incómodas y de no contestar a según qué preguntas, constituyen la cara “mariana” de la misma moneda de desprecio que Trump ha empleado con algunos periodistas durante su campaña y que, una vez ganador, ha “dulcificado”, acusando a la prensa, “sólo”, de ser la instigadora de las movilizaciones de unos “revoltosos profesionales” que no aceptan que su derrota en número de votos le haya llevado a la misma Casa Blanca que tan digna y educadamente han habitado Michelle y Barack. Ante tal cosa, más la amenaza en campaña de no aceptar lo que no fuera su victoria, no es extraño que Hillary por fin se haya atrevido a implicar al FBI de su derrota, con tanto fundamento que lo suscribiríamos cientos de millones en todo el mundo. No comprende don Donald que muchos de sus compatriotas no podrán conciliar el sueño hasta que, recordando a Kennedy, encuentren la respuesta a la pregunta definitiva: ¿Qué podría haber hecho yo para evitar la vergüenza que ha salido de las urnas?

Está por ver lo que la prensa norteamericana decida hacer con un presidente que tanto la ha insultado, a pesar de que su fama le ha permitido sumar los millones de los votos recibidos gracias a esa misma libertad.

En cambio si está escrito lo que aquí nos regaló horas en vela alguna noche suelta. Fue el hecho de que, ante tanta burla y tanto abuso del gobierno hacia los medios, la prensa no fuera capaz de ponerse de acuerdo ni para un solo acto valiente, aunque fuera simbólico y calculado para no provocar demasiado. Por ejemplo, una espantada colectiva en alguna de aquellas “ruedas de prensa” en las que se condenaba a los periodistas presentes al papel de simples receptores de comunicados de prensa.

Si tenemos un presente que deja mucho que desear es porque en el pasado reciente lo hemos estado construyendo a base de cobardías y eufemismos.

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