OPINIÓN

Un CIS menos confiable

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Tras la publicación ayer del último CIS electoral, la buena noticia para los que quieren cambio político es que la mala noticia de que el PP siga ganando puede haber nacido muerta.

Explicaré dudas y sospechas.

En primer lugar, los tiempos transcurridos y por transcurrir. La única verdad indiscutible que contienen, es decir, las respuestas de los entrevistados, tiene ya no menos de veinte días de antigüedad y estamos aún a cuarenta y cuatro de las elecciones. Se trata de dos periodos de tiempo en los que, en uno, puede haber pasado ya de todo, y estar, en el otro, el otro todo pendiente de pasar, dado el desbordado cauce del torrente por el que nos precipitamos. De hecho, la última respuesta de este CIS, según los datos oficiales, debió recogerse el pasado 12 de octubre.

En segundo lugar, el tamaño de la muestra. Un CIS de 2.500 cuestionarios es mucho menos fiable que, por ejemplo, el que se realizó en octubre de 2011 con 17.236 encuestas y a solo cuarenta días de las elecciones del 20N. Entonces es cuando nuestra duda se torna solvente, porque el CIS del 2011, con un trabajo de campo casi siete veces más amplio y sometido a un solo factor de crisis afectando a la política, precisamente “la crisis” económica, erró en sus previsiones al pronosticar dos puntos más al PP y uno más al PSOE sobre los porcentajes que finalmente obtuvieron en las urnas. En consecuencia, hay que poner en cuarentena el CIS que acabamos de recibir pues, a todo lo dicho, se añade que esta vez no son una ni dos, sino tres, las inestabilidades esenciales que repercutirán en las urnas. A saber:

a) La misma crisis económica, traducida en 2015 a incremento de la pobreza y la desigualdad.

b) La presencia de los emergentes, que pueden descoser el bipartidismo por cualquiera de sus costuras, lo que hace imprevisibles los efectos de una ley electoral que premia a unos votos con hasta el triple del valor que a otros a la hora de convertirse en diputados.

c) El arranque, irreversible de momento e imprevisible a todos los efectos, de la vía catalana hacia la descomposición de España.

Pero aunque sean importantes las dudas que arroja sobre el CIS todo lo anterior, lo que sí parece muy preocupante es que nadie grite contra el tiempo que se toma el CIS en publicar los resultados.

Jamás insinuaré sin pruebas manejos o trampas que serían delitos de lesa estadística, pero para no hacer oídos sordos a la intuición mientras además traiciono cualquier lógica, afirmo que la posibilidad de manipular una información valiosa es directamente proporcional al número de minutos que transcurren entre su conocimiento por una sola de las partes interesadas y su publicación en los medios. En este caso, han transcurrido no menos de 29.000 minutos, que son no menos de 29.000 tentaciones rondando por unas cuantas cabezas acostumbradas a ser presuntas, y también culpables.

Estaba yo en esa cuenta delante de una cerveza en la barra del bar cuando llegó el representante del agua mineral, sin pinta de repartidor porque llevaba corbata, y va la jefa desde la última mesa a veinte metros de distancia y, sin abrir la boca, le dijo que 4, con lo que nuestro hombre teclea un 4 en un aparato pequeño y diabólico como el que estaban manejando los niños que merendaban allí mismo con sus madres porque eran las cinco y media, y cuando pedí la cuenta de la caña ya estaban entrando por la puerta las cajas, cuatro. Vale, quizás el camión del agua pasaba por allí cerca y ha recibido la orden al instante, detalle del que solo se ha enterado Montoro mientras ofendía un poco en el Congreso. En fin, cosas de las que ocurren cada día miles de veces en cualquier ciudad grande de España.

Entonces me pregunté varias cosas.

¿Cómo es posible que los resultados de millones de votos en papeletas de dos colores distintos se conozcan en dos horas, y los de dos mil quinientos cuestionarios, aunque estuvieran escritos con cincel uno a uno sobre mármol de Carrara, tarden en publicarse tantos miles de minutos?

¿Tanta prisa tienen los políticos en conocer su futuro inmediato cuando hay elecciones?

¿Acaso no están todas las fórmulas del cocinado de opiniones implementadas en el software del análisis de datos del CIS antes de comenzar a realizarse cada sondeo electoral?

¿Tanto miedo tienen los políticos del gobierno a que las máquinas que nunca se equivocan se equivoquen, en lo que no es nada más que un sondeo de opinión sin que, salga lo que salga, vayan por ello a perder el sueldo?

¿Qué impide que si Fulano de Tal, último encuestado de este CIS, respondió “PSOE” a las cinco de la tarde del 12 de octubre en su propio domicilio, el CIS pueda conocer esa respuesta a las cinco de la tarde de ese mismo día en su búnker ultra informatizado?

¿Es que acaso el CIS es menos que cualquiera de nosotros armado con un smartphone para comparar veinte pólizas de seguros o cien precios distintos de un Palma–Madrid-Palma, por ejemplo?

¿Por qué, si el CIS conoce a las cinco de la tarde la última respuesta, no es posible que el mismo CIS conozca a las cinco y cinco de la tarde el resultado de aplicar toda su cocina a esa y a las 2.500 respuestas anteriores?

Y, para terminar, ¿Porque no fluye esa información, en tiempo real y por si sola, transparente, hacia los medios de comunicación, sin que una mano sin huella pueda ensuciar la confianza en el sistema que mantenemos con nuestros impuestos?

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