EL ÚLTIMO HOMBRE

Un collage neerlandés de luz

Desde Holanda y la región flamenca de Flandes (Bélgica), hasta Almería (la Base de Operaciones) y de aquí a toda España, llega este doble libro de la Poesía Experimental de los 50 en Lengua Neerlandesa (Ravenswood Books Editorial, Almería 2016), incluyendo una antología con los «Cincuentistas» (Vijftigers) o «Generación del 50», y al «Grupo del 55» (Vijfenvijftigers) en la misma obra, obra cuya portada es el collage de la foto de un paisaje, coloreada con los mágicos dedos de la pequeña artista Noa Cruz. Vitalista y sobre todo vanguardista, la portada tiene por título Geverfde vlakte.

Pero no es sólo doble esta joya por comprender dos corrientes coetáneas y a la vez contrarias (puesto que dentro de la década de los 50 la segunda apareció para contestar a la primera) sino porque su antologador y sin embargo editor Antonio Cruz Romero, actualmente uno de nuestros mejores traductores en lengua hispana del neerlandés y estudios de esta lengua, convierte el primer tomo del libro, un ensayo (y qué ensayo), en la guía definitiva para iniciarnos y sumergirnos en el «experimento neerlandés». Desde la obertura al colofón con una prosa elegante y ágil, y un manejo de la narración sin fisuras, Cruz, que se nota ha manejado y maneja información privilegiada de la que se ha documentado muy bien, será el mejor anfitrión a partir de la primera línea, «Una línea infinita en lejanía, eterna; no termina nunca». Cierto, ojalá estuviéramos leyendo la historia interminable de «…una lengua susurrada; la génesis de estas infinitas y derruidas llanuras que moldeó el horizonte […] brotando una lengua, y su poesía». Recuperando las andanzas de los miembros de ambas Generaciones, muchos de ellos a caballo, por las revistas, tanto holandesas como flamencas, desde Gard Sivik y Tijd en Mens a las CoBrA, Blurb, Braak, Podium y Reflex, en las que los poetas plasmaban sus obras.

Destaca la relación esencial de los temas característicos que esta nueva corriente viene a tratar en lo que a los conceptos, lenguaje, política o sociedad tratan los poetas, y además de las referencias al ocultismo y al paisaje.

Sin soslayar la eterna guerra fría que Bélgica vive desde «hace cien años, sin haber ningún muerto […], no existe tal batalla feroz. Si esto es una batalla, ojalá todas fueran iguales» afirmaría Hugo Claus a causa de la división lingüística entre valones y flamencos. Bien es cierto que para conocer el presente hay que recordar el pasado y como carta de presentación Cruz nos adentrará en los cuatro pilares generacionales de la poesía moderna neerlandesa, desde finales del siglo XlX con los individualistas y estéticos «Ochentistas» (Tachtigers) o «Generación de los 80»; pasando por el período de entreguerras durante la década de los 30 con el romanticismo de J. J. Slauerhoff a la cabeza; y, con posterioridad a los 50, a los Tradicionalistas de la década de los 70, quienes reivindicaron la poesía del arte por arte individualista y estético de finales del XlX. Rehuyendo lo que reivindica la Generación de los 50.

Parece con esto que, entre las Generaciones Finiseculares del XlX, las de principios del siglo XX y la de los 70, hubiera habido una especie de interregno durante la década de los 50 en el que se quería innovar, desarrollar la poesía y darla una, hasta entonces secuestrada, evolución. En palabras de Paul Rodenko, con un «ritmo libre sin rima, experimentando con los sonidos deformando la palabra y con un lenguaje figurativo de alta intensidad lleno de plasticidad, colorido y cromatismo». Rodenko al poco mandaría a la imprenta la primera antología que agrupara íntegramente a todos los miembros de la Generación del 50, antes en 1951 Simon Vinkenoog incluiría sólo a unos pocos.

Como colofón al Ensayo, Cruz dedica un glosario biográfico a aquellos que no han sido incluidos, con poemas, en la antología, Erik Van Ruysbeek, Albert Bontriddero Marcel Wauters, entre otros, tendrán seguro (esperemos), ellos y sus veros, un hueco en un nuevo libro de poesía neerlandesa bajo los auspicios del mismo que esta. En un último punto y aparte Cruz dejará testimonio de la Cruzada que él mismo vivió hasta que apareciese este collage, llevando como fieles compañeros a los neerlandistas españoles Felip Lorda i Alaiz y sobre todo a Francisco Carrasquer y su Antología de la poesía neerlandesa Moderna (El Bardo, Barcelona, 1971).

En el segundo tomo de la joya ya entramos directamente en la galería de poemas de los más destacados miembros de ambas corrientes. Con los juegos de palabras, que aunque aquí traducidos al castellano, los poemas gozan del alma a la altura del original, como la ridiculización al soneto y a las formas clásicas egocéntricas con un «yo/mí/yo/mí/mí/yo/mí/yo/yo/yo/mío/mío/mío/yo» de Lucebert. Hay críticas al pensamiento interior, la existencia del ser imperando, sirva de ejemplo estos versos:

Mira
es mucho más grave
de lo que piensas
cuando piensas
es aún más grave

que cae en la paradoja más divertida, tanto como cuando «y también creo/ que pensar así/ no ayuda». Ambos pasajes están incluidos en la selección de poemas de Bert Schierbeek, o los de Jan G. Elburg al olvido y la existencia del que «ha olvidado el olor/ del heno la lana cenicienta de las ovejas/ los helechos las glebas limítrofes».

Es de agradecer los vientos, corrientes, aromas o seres que pasean por los poemas, desde las etapas estivales de «un verano de papel quemado./ La naturaleza permanece graznando/ mientras yo me pudro» agoniza Hugo Claus (del que además se recoge el estremecedor poema «Ensayo»), y también a la canícula Elburg dedica líneas del «ahora se repasa la hierba del grano verde en el verano». En gran parte de los Países Bajos la «Lluvia» (de Jan Hanlo) se deja ver más en verano y todos van «perpendiculares a la/ bendición de gotas/ Por todas partes hay lluvia lluvia».

Pero el Otoño acecha y «las hojas» que «amarillean, aún bastante verdes» desembocarán en la siguiente estación mientras «juega la nieve como un niño, funde el tiempo/ como un reloj que en el hielo se refleja» ambos deGerrit Kouwenaar, luego también en el otoño del mes de «Noviembre» de Hans Andreus será una evocación descarada a las huellas del verano, y es que apresurado ya de nuevo viene el invierno. Y ubicar «Un buen otoño» de Paul Snoek entre unos y otros pues habla también del ocaso de una y el esplendor de la que viene «Los campos digieren su placenta/ y gélido en las nubes se avecina el invierno». Y las aves aquí también tendrán un nido en el que leerlas al constante aleteo de «El gorrión» de Jan Hanlo (decano del grupo), con un constante verso en «chilp, chilp, chilp […] etc…» y «Los pájaros» que despiertan el plácido sueño a Andreus. La «Noche» sinónimo de misterio se deja ver en Rodenko y desde El espejo se transforma en una antiquísima pintura./ La puerta está cerrada» pero una vez más volverá a abrirla Remco Campert a un «Mundo de tierra,/ todas las luces apagadas».

Y si la Noche también tiene ese halo de Maldita, quizás el enfant terrible de los componentes de la Cuadrilla de Cruz sea el precursor de la antología Atonaal (1951), Simon Vinkenoog, afamado por sus experiencias psicodélicas con ácido y sus procesos por posesión de marihuana, su poesía destaca de las del resto aquí por llevar el tono más perverso, tocando temas como la disociación en el individuo para el poema «Yo, sombra» y recordando en «Pasadizo sanguíneo» al Panero de los años 80 con sentencias al límite «y cada vez la bancarrota del último suspiro/ el último aliento/ el último poema».

Llama la atención que dentro del clan de outsiders encontremos señero, por aparecer en solitario, a Snoek, como único integrante de la «Generación del 55», pero también como miembro destacado de la misma, y es que fue su fundador. Su «Cuento de hadas» en el que jamás «encontraría un príncipe que se quedase» conecta como la luz con su dominio del barroquismo, los arcaísmos y su afición por la pintura en «Horror Vacui». Luego más disperso aun está Ben Cami, nacido para más inri en UK y que pese a trabajar en la revista «Cincuentista» Tijd en Mans, nunca quiso encasillarse en ningún grupo, además se llevaba bien con todos. Su poesía son evocaciones al existencialismo con veros para el recuerdo como «Treinta segundos antes de que tu corazón se detuviese/ Hablabas, pensabas, y en verdad ahora has muerto».

Eendracht maakt macht, «la unión hace la fuerza», fue en su día el lema de la ya extinta República de los Siete Países Bajos Unidos. Y quizás sin saberlo Antonio Cruz haya evocado este mismo proverbio al recuperar distintas voces de distintos lugares del territorio de los Países Bajos y Flandes, todos ellos unidos por una lengua, el neerlandés.

 

[Artículo aparecido originalmente en la revista La Galla Ciencia 24/02/2017]

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