OPINIÓN

Un jarrón llamado Felipe González

Los momentos lúcidos de los egocéntricos inteligentes, esas ocasiones en las que ellos mismos se dejan cegar por el rayo que ilumina sus mejores ocurrencias, proporcionan a la sociedad frases que perduran y, al mismo tiempo, las convierten en puntos de referencia en torno a los que hacen girar sus propios comportamientos. Muchas veces a pesar de los de su propia cuerda.

Por tanto, escribo con la tranquilidad de que don Felipe, el ex de “somos como grandes jarrones chinos”, no se va a ofender por nombrarlo con el parecido que se encontró a sí mismo cuando, en mayo de 2013, no pudo evitar solidarizarse con Aznar y sus excesos, hoy más de moda que nunca por tanta verdad como enseñan las investigaciones sobre algunas de las desgracias que se obstinó en provocar.

Tal como sabíamos que sucedería, ha sido temblar de nuevo el “jarrón chino” de Andalucía, esta vez por escrito y, al unísono, romperse las formas de varios socialistas de categoría y otros mundos, llegando Lambán de Aragón a contar que Armengol de Baleares está afectada mentalmente por un viento dominante de nombre Tramuntana, solo por el hecho de abrir la boca para decir lo que piensa. Así que, con tal de llevarle al maleducado la contraria he decidido, ya que me viene de paso, recorrer sin ruedas y de cabo a rabo la sierra mallorquina del mismo nombre, muchos kilómetros, a ver si los aires del norte limpian, como siempre, los restos de niebla que ensucian la política que me rodea.

Reincide don “jarrón” González, pues ya había vuelto a las habladas en el anterior asalto para no ser ni gobierno ni oposición que todos los partidos se obstinaron en disimular, ante el difícil examen que les habían puesto las urnas y sin que, a la vista de los resultados, ayudara nuestro hombre-jarrón lo más mínimo para evitar un 26J. Un baile de disfraces que, como siempre que la juventud fracasa, gana la derecha más retrógrada, la que en España llamamos heredera. Y si no, que se lo cuenten a los arrepentidos que atizaron el Brexit, que ya no saben en qué rincón esconderse. El caso es que sigue sin tropezar ese niño travieso que tire al suelo “el jarrón chino grande y valioso en apartamento pequeño”, tal como con feliz y espontaneo verbo casi pedía, hace tres años, nuestro ex. Siga siendo o no socialista, que cada uno se puede poner el título que le parezca, y nosotros a respetarlo, sólo faltaría.

Me ha venido todo esto a la memoria por la movida que FG ha provocado en los corazones de muchos afiliados del PSOE, hoy tan tentados por palpitar al ritmo del de Iglesias, que no hay nadie en el mundo que les recuerde tanto al Felipe que añoran porque lo conocieron. Pero la guinda la ha puesto ese chiste de PEPE, gran humorista insular, en el que se contempla un mar azul lleno de adinerados flotantes bajo nubes de colores y en él que, desde una playa todavía de todos, un bañista le dice a otro “Desde aquí se puede ver bien el yate en el que Felipe González pide al PSOE que deje gobernar al PP”.

Recuperado de una risa capaz de disolver cualquier dios, obligado a respirar y fiel a la obligación responsable de ser constructivo mediante el uso de las normas establecidas en París, mayo del 68, y actualizadas en Madrid, mayo de 2011, se me ocurren dos soluciones diferentes para esos jarrones capaces de romper todo lo que les rodea antes que hacerse añicos ellos, también llamados ex presidentes de gobiernos de España.

La primera podría establecer que a los ex, una vez que abandonan el cargo por la causa que sea, se les prohíba afiliarse a cualquier partido, con mayor castigo incluso si fuera aquel que los elevó hasta lo máximo. Alguien que ha pertenecido a todos los españoles queda marcado para siempre, tras haber hecho lo mismo con todos nosotros, e impunemente. Colocados así por encima del bien y del mal y blindados apolíticamente mediante norma legal, podrán hablar y escribir todo lo que quieran hasta el final, pues su elocuencia ni ofenderá, ni tampoco ningún oportunista, véase Rajoy como si el no fuera otro ex, podrá sacar provecho con ella. Además, disfrutarán con tranquilidad de esa libertad senil que no se pueden impedir.

La segunda, de no poder aplicarse la primera y si los “ex” siguen sin poder evitar el exceso de verborrea y graforrea que caracteriza a todo jarrón que se precie, que cuan inocente y valioso se considera González, podría consistir en obligarlos a competir de nuevo en contiendas electorales, pero solo hasta el nivel de tenientes de alcalde de las urbanizaciones de lujo en las que siempre residen o, porque no, para presidentes de las asociaciones de usuarios de los yates máximos en los que inevitablemente navegan.

Y que no se diga que no flotan en el mismo aire que todos respiramos las propuestas y alternativas que tenemos al alcance de la mano, para conseguir las soluciones que convienen a cualquiera de los problemas que tanto desasosiego nos ocasionan.

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