OPINIÓN

Un relato de política ficción con líderes reales (1)

Cuando el tiempo transcurre, la distancia nos permite evaluar con equilibrio las cosas que hicimos, al destilar el valor que efectivamente tuvieron para conquistar el presente.

Para ir al grano, en los alrededores de nuestro 15M, aquel de frases como “Sin casa, sin curro, sin pensión, sin MIEDO” o “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”, no veíamos lo que nos estaba ocurriendo de la misma manera que lo analizamos ahora, cinco años después. Lo mismo les ocurrió a los que dejaban grabadas en paredes y suelos, álgidos y en francés, imaginaciones de la categoría de “Seamos realistas, pidamos lo imposible” o “Las playas están debajo de los adoquines”, no es necesario precisar que también estoy hablando de un mes de mayo, aunque de un año tan antiguo que muchos ni podían sospechar la inundación de teléfonos móviles que amenazaba, algunos porque no habían nacido, pero los que sí ya comenzábamos a ver en color las pantallas de las televisiones.

Esto no es un análisis comparativo de movilizaciones sociales. Más adelante entraré, si no se me olvida, en algún detalle. Se trata de un relato de política ficción que quizás se engendró, sin conciencia de ello ni acto sexual con esa intención de por medio, desde los rescoldos de ilusión que quedaron en una Puerta del Sol que nunca volverá a ser la misma desde la primavera de 2011. A principios de 2015 regresó cierta esperanza y exigió plasmarse por escrito, sin que por mi parte fuera capaz de ofrecer la menor resistencia. Se acercaba una nueva “fiesta de la democracia”, de esas en la que se sacan las urnas y predominan la publicidad engañosa y la financiación sospechosa. La inquietud ante el evento se hizo insoportable, tras cuatro años de aumento sin pausa de la desigualdad y la pobreza, uno de los pocos ratios que no ha dejado de crecer, mientras las portadas desnudaban los disfraces verbales de muchos políticos, sobre todo los del Gobierno, enseñándonos casi cada día nuevos delitos de los cometidos a dos manos y con tanta costumbre que ni adoptaban las precauciones mínimas exigibles a cualquier mafia, mientras en sus ratos libres aprobaban leyes para amordazar toda boca impertinente y cualquier cámara de fotos que pretenda dar fe de la verdad.

Fracasado el primer intento en Navidades, me llamó la atención que, cuando ya no había arreglo, la contestación espontánea en TV de ciudadanos de los que pasean por la calle ante la pregunta del periodista “¿Qué haría usted para que los políticos que salgan de las próximas elecciones formen gobierno?”, fuera, casi en plan provocador, como para que tomaran nota, “Los encerraría hasta que se pusieran de acuerdo”. Recordé lo que había escrito a principios de 2015 y, como tengo pruebas y testigos que podrían demostrarlo, me he animado a publicarlo.

A continuación, les propongo el primer capítulo del relato de política ficción que les decía, tal como fue escrito y enviado a sus selectos destinatarios. Es la ficción para entretener de un documento más largo y complejo, titulado “La ruta S para el cambio de modelo” y que escribí con la intención de pasar el ascua que me quemaba en las manos a las de aquellos que podían y debían apagarla. Me consta que la recibieron, pero como a estas alturas sigue ardiendo, y con verdadero peligro de incendio, he decidido ponerlo ahora en abierto, por si alguna suerte de lluvia pudiera apagar por fin tanto fuego.

 

La espantada

Estimado amigo,

No nos conocemos, pero aún así te contaré algo que quizás ocurrió, seguro que sabes a lo que me refiero. Fue después de las municipales de mayo de 2015 y antes de que se convocaran las generales.

Estabais tú mismo y el moderador, en directo, con otros cuatro aspirantes a lo más, sentados en torno a la mesa del debate y con las cámaras de televisión apuntando a los detalles. Había llamado al plató desde la calle Génova el presidente del partido del gobierno, anunciando que un atasco imprevisto producido por una manifestación feroz, o viceversa, le impediría llegar a tiempo pero que por él, que era un caballero, no había inconveniente en que el enésimo debate pre electoral para no pedir expresamente el voto comenzara, que se incorporaría al mismo en cuanto el terremoto urbano fuera amainando.

Tampoco estaban los nacionalistas.

Todos vuestros reflejos estaban en tensión, dispuestos a cualquier oportunidad que insinuaran las palabras para poder diferenciarse cada uno de los demás.

De repente la publicidad. Eran sesenta segundos para respirar.

Sin previo aviso y relajado, el moderador evocó un recuerdo bello y prohibido que, aunque ninguno de los presentes lo hubiera vivido, provocó que el instante de shock fuera inevitable y entonces, uno de vosotros miró a todos, quizás tu mismo aunque nadie recuerda quien, pero sí que rayo borró en silencio las distancias.

Fueron seis segundos inmortales.

Mientras tanto los espectadores, masivos, comenzaron a enviar mensajes a la ONG de las pantallas para colaborar con la investigación por el futuro o con los niños pobres del presente, porque el Gobierno no había puesto el dinero y, a esas alturas, ya no engañaba ni con el mejor disfraz para la mejor patraña.

El receso estaba ardiendo y el moderador, experto, testigo incómodo y consciente, se retiró discreto hasta que sonara de nuevo la campana.

En ese momento ya iban treinta mil mensajes de apoyo a la causa.
Sonó volver á la mesa y regresó él, con el del partido pre-potente que, por fin, había llegado, pero vosotros os habíais ido. Así, como suena. Seguro que te acuerdas porque fue la bomba de la pre-campaña. Estabais reunidos a escondidas ya lejos, todos, solos e inalcanzables, valientes por haber salido huyendo de lo establecido, hablando del moderador que había dicho aquello durante el tiempo muerto, para que regresarais a vosotros mismos sin saberlo.

Alguien envió un mensaje a la emisora pidiendo disculpas por la situación pero que, como todos eráis unos caballeros y una señora, el debate podía seguir en vuestra ausencia.

Pero las pantallas de las televisiones se negaron. Todas habían quedado atascadas en lo mismo al mismo tiempo. Lo único que aparecía eran gráficos que respiraban jadeantes, proyecciones de colores para todos los tramos entre el próximo minuto y el siguiente año, comparativas entre previstos y reales, además de los clásicos desgloses autonómicos, provinciales, municipales y otros mil más, incluidos los financieros. Todos correspondientes a la contabilidad de los mensajes de una solidaridad que había silenciado la palabrería y bloqueado las programaciones.

Las emisoras de radio y los periódicos digitales también informaban de lo mismo, pero conseguían reservar un hueco para el resto de lo que iba pasando.

Tres millones de mensajes.

Treinta millones de mensajes.

Trescientos millones de mensajes.

¡¡Tres mil millones de mensajes!!

Unos meses más tarde rebosaron los almacenes de mensajes de las operadoras, y la gente salió de sus casas en pos de una mirada.

Pero no te asustes.

Esto que sigue a continuación es un resumen de lo que os dijisteis entre vosotros aquella tarde-noche camino de una madrugada interminable hasta el día de las elecciones generales, sin moderador ni nadie más que os obligara a lo previsto. Por tanto, lo que vas a leer te sonará bastante.

Os pusisteis como locos a contar los números de la última tanda de urnas en libertad, empezando por aquellas primeras tan bellas que parecieron salir de la magia que estalla cuando la ilusión triunfa sobre el miedo, y a imaginar soluciones entre todos para deshacer el lío que se había ido enredando durante tantos años desde el último principio.

Y hablasteis libres pero no a lo tonto con prosa emocionante aunque trabajada, para inventar algo y creer en ello.

Fue aquella vez en la que no recordabais como había que hacer para disfrazar las intenciones con palabras.

Solo conservo tres recortes textuales de lo que os dijisteis, que los incluyo en el documento, más o menos en el momento que se produjeron. El resto te lo contaré prosaico y voluntarioso, cómo si tuviera que volver a convencerme y convenceros de aquel atrevimiento.

No recuerdo bien como acabó aquello, pero no debió salir mal del todo, porque sigo. Es probable que la cosa quedara un poco a medias.

Hoy han pasado los años, la memoria es lenta y tenía que enviártelo para que llegara pronto hasta este tiempo, porque también es nuevo.

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