OPINIÓN

Una porra indeseable y qué hacer después del 20D

Ya no soporto más esta porra electoral tan facilona y que tanto me obsesiona, así que he decidido quitármela de encima con la sensación de que, al no proliferar su interés entre la gente siendo la más importante, parece que solo a mí me preocupe. Por eso, no siento reparo al enviarla a galeras antes de ir a votar, son las 19:20 horas del 20 y sé que no arriesgo con ello mi brillante futuro de adivino.

Mi apuesta, en resumen, es que el PP conseguirá los diputados suficientes para, como mínimo, bloquear cualquier intento de mejora del sistema político aclamado, hace 40 años, por una sociedad deslumbrada por mil colores nuevos pero también agarrotada entre la combinación del miedo sutil que quedó cuando quien por fin murió logró hacerlo en su cama y el susto ocasionado, con aquel asqueroso cadáver aún caliente, por la victoria total de su “atado y bien atado” disfrazada con el fracaso de Tejero, tonto útil de los fantasmas que, no identificados aún del todo, le movieron las arengas y los dedos ametralladores.

A base de golpes de estado retrocede nuestra historia y su último esperpento, un puñetazo con gafas al suelo perfectamente orquestado “después” para dirigirlo como un rayo invisible al mentón más frágil de  los recuerdos de tantos abuelos, conseguir la compasión obligada de los adversarios y, quizás, unos cuantos votos inesperados. Y digo “después” porque defenderé la presunción de inocencia de Rajoy o de cualquiera de sus asesores en el “antes” del golpe propinado por el boxeador y menor más blindado de su misma familia, pero solo si el caso se investiga hasta el final. Ojalá este circo traicione a tiempo a su domador, sea casual o premeditado, porque daría casi cualquier cosa a cambio de perder mi porra.

Culpables de que el pesimismo triunfe lo serán todos los demás partidos que, cínicos o en silencio, se han negado a ofrecer al electorado la única papeleta que podía garantizar en la urna sepia, la única posible, el éxito de sus soflamas a favor del cambio: un único voto para convertirla en el pantano que ahogara a los políticos del partido más presunto y los despojara de sus privilegios. Tuvieron la propuesta concreta sobre la mesa el 15 de mayo de 2015 aunque, en realidad, todos los que no estaban sordos y ciegos sabían que lo mismo estaba a la espera de un político valiente desde esa misma fecha en la primavera de cuatro años antes. Pero esa cualidad desaparece cuando los atrevidos se profesionalizan. De haberse decidido, hubieran enviado a Canarias a los “populares” que aspiraran a la Cámara de Monago. Para prueba, hoy hasta podría sacar más votos al Congreso el “señor naranja” que “corbata colorada” o “coleta morada”. Hace siete meses el primero era mucho menos que ellos en las encuestas pero ha sabido lucir y, entre otras cosas, apropiarse en exclusiva de esa propuesta rompedora que buscaba novio, hasta que montó lo de Cádiz en el último minuto antes de que se cerrara el plazo legal para coaliciones, de los demás, y así nadie tuviera tiempo de reaccionar, hay pruebas definitivas de tal estrategia en un café con leche de Nou Barris. En resumen, que se presenta al Senado para eliminarlo mientras calla con esa propuesta radical al resto de adversarios. Veremos a que color terminan apostando muchos indecisos de otros tonos.

Así que ahora abrimos el paréntesis navideño más contaminado por la falta de respeto hacia las costumbres populares y las acusaciones de indecencia y “ruizdad” entre políticos, y en el que nada pasará salvo que los rupturistas del momento, la mitad de los catalanes, decidan amargarlo a muchos ocupantes de los nuevos escaños de Madrid, quizás se lo merezcan, y ya sin poder acusar al Rajoy culpable tras un tono muy menor en la campaña para el mayor y más incómodo de los problemas.

A partir del 7 de enero se iniciará la tarea de conquistar nuestro renacimiento político, quizás otro fracaso que repita el que ya nos concedimos entre el 20N de 1975 y el 28O de 1982. Aquella vez el objetivo era limpiar el miedo y la vileza que se habían apropiado de nosotros para sobrevivir durante la amenaza que regía. No supimos derrotar al pasado inmediato aplicando la justicia democrática a tantos implicados como salieron huyendo al mismo tiempo.

Por tanto, dado que tanto emergentes como los otros decadentes le han negado a las urnas el derecho a decidir con claridad sobre el futuro, para mejorar nuestra democracia creo que la única posibilidad es conseguir la disolución del Partido Popular. Habrá que hacerlo con dos de las armas más importantes de que dispone la sociedad para realizar sus limpiezas periódicas.

La primera es institucional y consiste simplemente en que Justicia y Hacienda persigan el delito de los políticos sin la interferencia de esa piedad, falsa e inconfesable, que se explica con el “todos roban” y se justifica con argumentos similares a los empleados para salvar bancos con nuestro dinero, aunque lo que busca es ocultar la mayoría de los cambalaches. Quien no recuerda a González primero y Aznar después protegiendo a Pujol siempre, o tantos otros intercambios tan sospechosos y de casi todos los tamaños.

La segunda, más eficaz aunque necesita de la primera, es personal pero alcanza su objetivo cuando se convierte en colectiva: Se trata de la cobardía, y ya estamos pensando en un pionero, Gómez de la Serna sin dimitir pero desaparecido, marcando el camino para todas las ratas de cualquier barco que se esté hundiendo. Pero no hay cara sin cruz, y nos domina la desconfianza: Diez días sin dar la cara ni dimitir un nuevo ratero que no quiere pagar los platos rotos de un banquete donde comen todos, pero también desaparecido de las portadas, puente de plata para no molestar demasiado a un Rajoy por si las moscas. No hemos encontrado un caso ni parecido en nuestro primer viaje por las hemerotecas al respecto.

Que no se ofendan por esta expectativa tan funesta los decentes Rajoy y compañía, que la derecha es experta en marcas y sabe que no valen nada cuando están tocadas. Ahí están sus parecidos en Cataluña, sin tantos prejuicios ni tampoco franquismo, de los que aún no sabemos cual se han puesto ahora por muchos votos que consigan.

Dos epílogos paradójicos: Tras 38 años de elecciones democráticas conviviendo con terroristas españoles, hoy poco menos que enterrados, ha tenido que ser en 2015 cuando hemos conseguido batir el record, con nivel 4 de alerta por coincidencia de amenaza de atentado y urnas. Espero que los bipartidistas no terminen añorando viejos tiempos si, encima, en los nuevos no saben mantener la estabilidad de las fronteras de uno de los países con más tronío de Europa. Y otro. Gracias al miedo a ganar que derrotó antes de jugar a los partidarios del cambio, veo a los del PP acabando con los gin-tonics del bar del Senado antes de que los demás puedan ni proponerse probarlos.

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