OPINIÓN

Venceremos a los terroristas

Solo se habla de política pero, precisamente por eso, en pleno conflicto generacional contra cualquier cosa que le gustara a mi padre, una batalla en la que cayeron víctimas inocentes como los tangos de Gardel, fui a parar desde Madrid contra un escaparate de Pamplona en una de esas huidas irresistibles a los 17 que ahora me parecen menos incluso en meses. Allí, al otro lado del vidrio, estaba Jimi para dejarme clavado con los primeros acordes de su watchtower, que prevalecerán siempre. Fue la misma mañana de una noche en la que la gente, protegida por la fiesta, se liberaba espiritualmente de la violencia que aún nos gobernaba con canciones también rebeldes. Todo ocurría por calles que a partir del chupinazo siguiente serían corridas por mozos locos huyendo con ventaja de bestias honestas condenadas a muerte.

Pero no era esa historia en la que yo estaba pensando, sino en cómo la avalancha de imágenes que nos envuelve a la perfección, gracias a la mezcla de libertad y tecnología, ha convertido la música, que nació para acariciar los oídos con melodías donde solo había ruido, en algo con una potencia tan enorme para la convivencia pacífica que aún no hemos aprendido a valorar. Desde luego, no sabemos cuántas guerras mundiales habríamos tenido que sufrir desde 1945 si, además del miedo nuclear, no pudiéramos compartir, gracias al cine primero y a Internet después, el idioma más universal.

Porque a ver, ¿Cómo no desear California cada vez que vemos una gaviota jugando con las olas o evitar que nos venga el Fly me de Sinatra cada vez que buscamos desde la Tierra a un space cow boy entre los pliegues que se inventa la luz de la Luna? ¿Cómo no salir corriendo como Tom, desde Alabama hasta Vietnam y viceversa, disfrazados de Gump, aunque solo estemos escuchando el Sweet home? ¿Cómo no “ver” el Rolling de Ella y 800 millones más cada vez que dos platos blancos hacen ruido al colocarlos? ¿Cómo librarnos de la mirada con la que Shocking nos domina desde Venus? ¿Cómo seguir parados cuando sentimos el touch de MC, el You never can tell de Chuck por Uma y John, el Jack de Ray dialogando con las cuatro de negro y blanco o los sultanes de Dire? ¿Cómo no llegar hasta el final de la aventura gráfica de nuestro día a día con el Money de los mismos Straits? ¿Y cómo no soñar a ritmo lento con el Stand by me de King?

Entonces es cuando pienso que a ellos, a ese grupo pequeño que nos ataca, totalitario y lejano aunque ya no existan las distancias, si acaso estuviera rodeado de otros seres humanos que alguna vez se soñaron a sí mismos con alas, que corrieron como niños cuando lo fueron, que saben lo que son los platos blancos, que miran, que escuchan, que imaginan, a ellos, si son impresionables, los derrotaremos.

Tenemos las mejores armas, las únicas que nos permitirán conseguir la victoria. Son las que a nosotros también nos emocionan. Son a las que usted mismo ha puesto música mientras leía. Y son también John y Yoko caminando por una niebla imaginaria, y Pink mil años destruyendo muros que separan, y Janis pariendo con el alma un verano inmortal, y son Otis sentado en la bahía, y Amy y tantos muriendo pronto para no estropearse nunca. Tenemos todo lo que nos hace falta para derrotarlos.

Antes solo debemos ‎conseguir algo: que miren a Louis a la cara cuando nos canta que este mundo es maravilloso, aunque no entiendan lo que dice. A ese hombre ya no lo pueden matar y, desmoralizados, lograremos convencerles de que sus crímenes son inútiles. Entonces se miraran entre ellos y se apuntaran a sobrevivir con nosotros.

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