DESDE LA DOBLE A

Carriches 2016

carriches

 

Esta historia empieza con una tarea encomendada y con alguien que la acepta con todo el honor posible. Viajamos hasta Castilla-La Mancha, concretamente a Toledo, concretamente al municipio de Torrijos y, más concretamente aún, a Carriches. Un humilde pueblo toledano que ronda los 300 habitantes. Un punto fuerte en su calendario son sus Fiestas de agosto en honor a la Virgen de la Encina. Para inaugurarlas de manera oficial, como en todo buen lugar que se preste, se precisa de la figura del pregonero. En esta oportunidad, en las Fiestas de 2016, tuve la suerte, ilusión y honor de serlo yo.

La fecha la tenía marcada desde el mes de enero; el 25 de agosto sería el día. Sería un día muy importante para mí en este 2016. Al principio se ve lejano, pero según iban pasando las semanas uno es más consciente de lo que supone esta tarea. Uno va llenando de adjetivos a esta labor para intentar ilustrar las emociones que se van generando. Al final, desaparecerán todos. Y digo que desaparecen porque es la primera vez en mi vida, como periodista profesional, que me quedo sin palabras para expresar o definir la sensación y emoción que genera un momento. Bueno, siempre hay una primera vez para todo y me alegro que para esto, para dejarme sin palabras, haya sido Carriches. No puedo, pues, ilustraros con adjetivos lo que sentí al ponerme en pleno Ayuntamiento carrichano. No se puede contar, hay que vivirlo.

Para mí era un día muy especial. Se trata del pueblo de mis bisabuelos y de dos de mis abuelos, que son dos de las personas más importantes en las líneas de mi vida. Es cierto que yo no he pisado tanto las calles de este glorioso pueblo como ellos, aunque siempre me ha encantado ir. Sin embargo, por mí las pisaron y las pisan. Las emociones empiezan a jugar como ingrediente clave en el cóctel de sentimientos que me ofreció este regalo de la vida.

Ya en el propio día comentaba con familiares y amigos mis últimas impresiones de cara al pregón. Algunos me preguntaban si sentía presión. Ciertamente, no. Creo que la presión, por ejemplo, la experimenta quienes no tienen para dar de comer a sus hijos. Yo lo que sentía era responsabilidad. Efectivamente, ésa era la palabra clave para definir mi estado de ánimo en los prolegómenos de tamaño evento. Y digo responsabilidad porque la gente siente profundamente ese momento. No les puedes decepcionar. No lo merecen. Un pregón en un pueblo pequeño en habitantes (pero, enorme en alma) interpreta de manera muy distintas sus Fiestas a cómo pueden hacerlo en una gran ciudad. Por tanto, el pregonero tiene que contar con eso. Son momentos de júbilo, de recuerdos, que también participan de estos instantes, de unión… Pero, todo ello vivido como si fuese en una gran familia. La gente tiene una devoción distinta por el significado de sus Fiestas patronales, y me refiero tanto a los más mayores como a los más jóvenes.

Al fin y al cabo el carácter de un pueblo lo marcan sus gentes y los atributos de éstas. Por ahí, tengo que agregar que, en Carriches, siempre me he encontrado con valores tales como la importancia del esfuerzo, la constancia, el sacrificio del trabajo, la hospitalidad, la solidaridad, la humildad… El pueblo, definitivamente, sabe distinto.

Después del pregón, y bajo el manto de estrellas que ofrece la calurosa noche carrichana, todo el pueblo celebró, refresco popular mediante, el inicio de unos días de alegría y diversión. Si hubo algún nervio, ya había pasado. Era momento de disfrutar del momento y de aprovechar la suerte de saludarse con todo el mundo por ser el pregonero.

El resto de días fueron muy buenos. En ese sentido quiero agradecer a todas las gentes carrichanas su acogida, afecto y excelente trato. Yo, por mi parte, ya estoy contando los días para mi próxima visita, que será en breve.

Animo a todos a descubrir Carriches visitándolo. Nadie se arrepentirá. Yo, ya le tengo cariño eterno. Un recuerdo, como el de los siguientes días de Fiestas, que quedará, de manera sempiterna, vagando por las noches de los campos de las afueras del pueblo. Esos que, vistos con la luna de testigo, tienen un sabor y olor especial. Quién lo probó, lo sabe.

Y, como dije en el libro de Honor, el cual me permitió estampar mi nombre en la insigne Historia de Carriches, sólo por esta oportunidad tendré nietos para poder contarlo. A la vez, les prometí que este momento no lo llevaré en el corazón, porque éste algún día se para, sino en el alma, que ésa es para siempre.

Con mis mejores deseos, eterno agradecimiento por vuestro gesto.

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