CAJA DE CUENTOS

La cueva de los alemanes

Por Chema Rivero

***

José hizo los últimos kilómetros extrañamente callado. Su divertida locuacidad parecía haberse acabado. Todos creímos que era debido a la temprana hora del día. El coche ascendió por la curvilínea carretera hasta lo alto de la montaña, al otro lado, se encontraba el parque natural, por el que tendríamos que descender hasta los acantilados que daban al mar, donde se encontraba la cueva que queríamos visitar. Era una caminata de casi hora y media, subiendo y bajando por terreno abrupto, pero valía la pena. En la cara de los estudiantes que nos acompañaban podía ver la emoción de una aventura que comenzaba. Excavábamos un abrigo de la edad del bronce, en el interior de la provincia, y esta era la primera excursión que hacía con los estudiantes que me ayudaban en la excavación.

Mi amigo José siempre se prestaba encantado cuando le pedía que nos acompañara en estas excursiones, sin embargo, cuando le pedí que hiciera de guía para visitar la cueva de los alemanes le noté reacio. Sólo gracias a mi insistencia y a la amistad que nos une logré convencerle.

Entre vuelta y revuelta de la estrecha carreterilla que nos llevaría al interior del parque natural, caí en la cuenta de que aquel yacimiento era el único importante de la edad del bronce que aún no había visitado de aquella comarca. José jamás me hablaba de la cueva, ni de la excavación que realizó allí hacía más de veinte años.

— Por favor, José, ¿les puedes poner en antecedentes de lo que vamos a ver? -le dije para que les comentara algunos datos a mis jóvenes ayudantes.

— Siendo todos estudiantes del último año de carrera, seguro que ya me lo podréis explicar vosotros a mí -dijo José socarronamente a nuestros acompañantes.

— No, — dijo Alberto, el más dicharachero de los cinco estudiantes que se apretaban en la parte de atrás del todoterreno- por favor, ¿un examen en agosto? ¡No!

Todos nos echamos a reír. José pareció relajarse un poco y continúo hablando.

—  La cueva se sitúa cronológicamente en el bronce final, tenemos muestras de radiocarbono entorno al 1050 antes de Cristo. Estuvo habitada en el abrigo exterior y en el interior. Su forma es muy simple, una gran estancia de la que sale una galería de unos sesenta metros, después hay otra cámara más pequeña, donde se encontraba la tumba que excavamos.

—  ¿Sólo había una? —dijo Irene, una chica alta de pelo rizado, sin duda la más madura del grupo.

—  He dicho que excavamos una, pero había más, por lo que os ruego que intentéis no tocar nada, sería mejor que no llegarais hasta la cámara interior, -dijo José con cierta preocupación, yo le mire extrañado, aquella petición no era de recibo entre profesionales.

—  No se preocupe —dijo Alberto—, lo primero que nos enseñan en la facultad es a no tocar nada.

Salieron de la carretera para coger un camino de tierra por el que sólo se podía transitar si se iba en todoterreno.

—  Agarraos a lo que podáis dije avisando a los que iban detrás, pues el coche comenzaba a dar bandazos a derecha e izquierda y se trataba de un viejo modelo de los que tienen dos bancos corridos en los laterales del coche.

—  ¡Guarro! —grito Raquel, la estudiante voluptuosa que atraía la atención de Alberto.

—  Sólo cumplía órdenes —dijo Alberto entre risas. El morro del muchacho era conocido en todas las facultades de historia de España, y pronto con su beca Erasmus, lo sería en el extranjero.

Estas bromas no parecieron alegrar a José que entró otra vez en el estado taciturno con el que había comenzado el viaje. Según nos acercábamos al mar, pudimos ver cómo salía el sol por encima del agua. Los estudiantes salieron del todoterreno quejándose de los vaivenes del viaje y se quedaron mirando por unos instantes el amanecer comparándolo con los de Madrid, no dejaba de parecerles exótico un amanecer por el mar.

Con los colores naranjas del amanecer anegándonos comenzamos el descenso. José abría camino, era el único del grupo que sabía llegar hasta la cueva. Por el camino los muchachos fueron bromeando, pero yo veía alarmado como mi amigo no entraba en el juego, y eso era muy raro en él, su carácter siempre había sido muy dicharachero.

—  ¿Qué tal con Marisa? —le pregunté acercándome a él, los chicos iban a lo suyo y no hacían caso de nuestra conversación.

—  Bien, —dijo algo sorprendido por mi pregunta. Pareció entender que estaba preocupado por él—. Estoy bien, no me pasa nada.

Le mire de reojo sin creerle, a mi amigo le pasaba algo, y antes de que acabara el día me tendría que enterar. A pesar de su carácter extrovertido, sabía que sus amigos nos contábamos con los dedos de una mano, y yo vivía en Madrid, si le podía ayudar en algo tendría que ser mientras durase mi campaña de excavación.

El sol poco a poco ascendió, el ruido de los pájaros se sumó al que hacía el agua al chocar contra las rocas. Ya bajábamos por estrechos senderos de la abrupta costa, cuando José nos indicó una pequeña cueva en la ladera del acantilado.

—  Esa es la cueva de los pescadores -nos informó-, muchos pescadores la usaban para guardar aparejos cuando faenaban por esta zona. La cueva de los alemanes, está algo más abajo, cerca de aquellas piedras que se ven allí —dijo señalándoles con el dedo unas grandes piedras de fácil acceso desde el mar.

Todos miraron hacia abajo para ver una pequeña cala. Desde la altura a la que estábamos, se podía ver el fondo del mar, pues las aguas del parque eran cristalinas y los peces parecían levitar por encima de las piedras del fondo.

—  ¿Nos está diciendo que los pescadores subían hasta aquí cargados teniendo mucho más accesible la cueva de los alemanes? —dijo Luis, un chico introvertido pero con una inteligencia fuera de lo común, me estaba ayudando en el laboratorio de la universidad, y esperaba poder dirigir su tesis—. Además esta cueva es mucho más pequeña que la otra.

El chico se había documentado con los artículos publicados, pues sabía el tamaño que tenía la cueva que íbamos a ver.

—  Así es, preferían ésta. — Dijo José, y yo le miré inquisitivamente para que argumentase su respuesta, pero de su boca no volvió a salir ninguna palabra hasta que llegamos a la entrada de la cueva.
La entrada de la cueva se situaba en un gran abrigo, lo que había provocado que en aquella zona del exterior también apareciera poblamiento.

—  Como sabéis, esta zona es privilegiada por los recursos marinos y cinegéticos que se pueden encontrar. Todos los poblamientos de la zona están asociados a grandes concheros. En la primera fase de ocupación, la más antigua, el hábitat se situaba dentro y fuera de la cueva, con posterioridad, desaparece toda prueba de ocupación en el interior, y se ocupa sólo el abrigo exterior.

—  ¿Porqué? —pregunto Iván, un enorme muchacho tan grande como inocente, sin duda el más infantil de todos ellos y no pocas veces, blanco de las burlas de Alberto. Por muy pánfilo que pudiera ser, su pregunta fue acertada, ¿por qué se abandonó el interior de la cueva, si sus pobladores no se fueron lejos?

Me empezó a intrigar la cueva, pues me daba cuenta que José había estado evitando hablar de ella en todos los años que le conocía. Apenas la mencionaba en algunas ocasiones para hacer referencia a la cerámica que encontró allí, o a las dataciones conseguidas, pero eso era todo.

—  ¿Por qué la abandonaron? —dije yo insistiendo para que mi migo no se escabullera esta vez.

—  Creemos que la cueva comenzó a tener un papel ritual, religioso, en la vida de las personas de la edad del bronce.

—  ¿Habéis encontrado algo que corrobore esa teoría? —dije interesado esperando haber pasado algo por alto en las publicaciones de mi amigo. Enseguida vi que se azoraba, y bajando el tono de voz dijo:

—  Creemos que los grabados que hay en la entrada fueron de la época en la que se abandonó el hábitat interior, —se dirigió hacia la entrada de la cueva y señaló donde estaban los grabados. A los lados de la entrada, se podía ver lo que claramente era una espiral de la que salían grandes manos hacia el exterior. A los lados de esta espiral, dos grandes figura humanas esquemáticas apuntaban con sus lanzas hacia el centro de la espiral.

Entendí porqué mi amigo no había publicado aquella teoría, se caía por su peso, y aquello era algo que yo jamás esperaría de José, era uno de los mejores investigadores que había conocido.

— Preparad vuestras linternas, vamos a entrar, — es dije a los estudiantes mientras rebuscaba para sacar la mía de la mochila.

—  Os esperaré aquí, —dijo José, le miré preocupado, pero al darme cuenta de lo embarazoso que le resultaba la situación, decidí no insistir. Desde luego me esperaba una larga charla con él, me tendría que explicar varias cosas. —No os preocupéis, la cueva es muy segura, después de la gran cámara que os encontraréis nada más entrar, al fondo veréis una pequeña entrada, por allí, después de una galería de unos sesenta metros, encontraréis otra cámara más pequeña donde encontramos el enterramiento. Pero os vuelvo a pedir que no lleguéis hasta allí.

—  No te preocupes, —le dije para tranquilizarle-, no dejaré que ninguno pase a la cámara interior la veremos desde la entrada.
Mientras pasábamos a la cueva veía a mi amigo sentado en una piedra, sentía que los recuerdos le atormentaban, tenía ganas de salir de allí.

Después de rodear un pequeño recodo, accedimos a la sala principal de la cueva. Con las luces de los seis nos pudimos hacer una buena idea de lo grande que era aquel espacio. El suelo era regular y aún se podían apreciar las catas que se habían hecho veinte años antes. Por un momento todos aguantamos la respiración, parecía que nadie quería ser el primero en romper el silencio, era la misma sensación que se tiene al entrar en una gran catedral. La piedra nos rodeaba por todos los lados, no se oía el ruido del mar en el exterior, era como si el tiempo se hubiera detenido allí dentro, las mismas paredes que veíamos nosotros eran las que habían visto sus antiguos pobladores. ¿Quiénes fueron las personas que vivieron allí? Era la pregunta que siempre me hacia cuando llegaba a algún yacimiento tan envolvente como una cueva. Sin embargo, la sensación de cercanía que sentí en aquella cueva no la había sentido tan fuerte en ningún otro yacimiento.

Me vi en la obligación de decir algo, todos me miraban esperando que fuera yo quien rompiera el silencio tan absoluto que existía en la cueva.

— Tened cuidado con los sondeos, podrías tropezar en alguno —dije casi pidiendo perdón por romper la paz que reinaba en la gruta.

—  ¿Porqué se llama cueva de los alemanes? —preguntó Luis.

—  No lo sé, acuérdate de preguntárselo después a José, —le dije con la incomodidad propia de un profesor a quien pillan en un renuncio.

Nuestras luces se movían de un lado para otro por la cueva, todos permanecíamos en un grupo apretado, cuando nos dimos cuenta, nos pareció un poco ridículo y nos separamos un poco unos de otros. Seguíamos extrañamente callados, incluso a Alberto no le salía ninguna gracia.

—  ¡Oh¡ —gritó Irene.

Me di la vuelta inmediatamente buscando a Irene, pues reconocí su voz, en un primer momento pensé que se trataba de una travesura de Alberto, pero al verle lejos de la joven, me dirigí hacia ella, pues estaba claramente asustada. Ella había entrado más hondo en la gran sala que ningún otro. Cuando se dio cuenta que todos la mirábamos, pareció enrojecer por vergüenza.

—  No es nada, Jaime —me dijo—, simplemente es que no esperaba que hubiera otro grupo de gente dentro de la cueva. He visto una sombra perderse dentro del túnel que lleva a la cámara interior.
Todos nos callamos por un instante y nos pareció oír unas voces que repetían un nombre. También se oía muy levemente como conversaban entre ellos, eran como susurros, pero ninguno logramos entender lo que decían.

—  ¿De dónde serán? —dijo Alberto, a todas luces un poco asustado-, el idioma no es inglés ni francés.

—  Da igual, cuando salgan se lo preguntaremos, —dijo Luis intentando cambiar de tema, y luego añadió—  Jaime, ¿qué duración estimada tiene el poblamiento en la cueva?

Agradecí sinceramente a Luis que me preguntará eso, pues me permitió dejar de pensar en las personas que estaban visitando la cueva por delante de nosotros. Algo extraño había en todo aquello, pero ninguno caímos en aquel momento en que por el túnel que llevaba a la cámara interior no se veían reflejos de linternas. Comencé a explicarles cosas de la cronología de la edad del bronce en aquella comarca. Cuando me quise dar cuenta, todos se apiñaban delante de mí, y de vez en cuando dirigían una mirada furtiva hacia la entrada de la galería. Interrumpí por un momento mi improvisada clase, al escuchar los lamentos de un niño pequeño. Todos nos sobrecogimos por unos instantes.

—  Espero que encuentre pronto a su madre, —dije quitando tensión al asunto, pues parecían los sollozos de un niño buscando consuelo en su madre.

—  Esto parece una película de terror, —dijo Alberto, riéndose por unos instantes—, ahora Raquel dirá que tiene una urgencia, se meterá por la galería y la siguiente vez que la veamos, estará decapitada mirándonos con los ojos desorbitados.

—  Eres un payaso —le dijo Raquel sin contemplaciones, alejándose un poco de él.

Cuando habíamos visto la gran estancia de la cueva, me di cuenta que estábamos remoloneando para no tener que ir a la galería, fue Iván, que parecía más ajeno a la atmósfera que se estaba creando, quien nos recordó a todos que sería mejor que pasásemos antes de que fuera más tarde, José nos esperaba fuera. Sin ninguna gana y recordándome en todo momento que era un científico, encabecé la marcha hacia la galería. Aunque los veía tan reacios como yo, ninguno se quedó atrás y nadie dijo nada.

De vez en cuando les decía, ¡cuidado con el techo¡ o ¡no resbaléis con el barro¡ pero dejé de decirlo, pues me di cuenta que lo hacía para oír una voz en el grupo. Varias veces volvimos a oír las voces lejanas.

Cuando llegamos la entrada de la cámara interior, nadie expresó el deseo de entrar, ni siquiera mi curiosidad científica me convenció para que lo hiciese y echara un vistazo. A un lado de la entrada, se veía aún el pequeño foso que había excavado José, más tarde me enteraría que fue realmente Marisa, su mujer, quien excavó la tumba. Nadie preguntó nada, estábamos apretados unos contra otros y se notaba que estábamos deseando salir.

—  ¿Dónde está el otro grupo? —dijo Iván mirando con curiosidad a la pequeña cámara buscando una abertura por la que se podrían haber ido.

—  No lo sé, —dije—  se ve que hay otra salida y se han ido por ella.
Nos dimos la vuelta y comenzamos a volver por la galería. Ahora las voces las oíamos detrás de nosotros y la galería parecía mucha más larga que cuando vinimos. Poco a poco comenzamos a apretar el paso, y sin darnos cuenta, cuando salíamos de la cueva, lo hicimos casi a la carrera. José estaba allí de pie esperando que saliéramos, nos miraba fijamente a los ojos, como si quisiera leer algo en ellos. Al parecer sí vio en nuestros ojos lo que esperaba ver.

Cuando nos tranquilizamos un poco, Alberto comenzó a reírse de lo que nos había pasado, era una risa fingida. En los últimos metros de la cueva nos habíamos dejado llevar por el pánico, era algo irracional, yo intenté mantener el tipo, pero en los últimos momentos no lo logré.

—  No nos dijiste que hubiera otra salida de la cueva, —le dije a mi amigo.

—  Y no la hay, al menos que yo sepa, —me respondió.

—  Pero entonces, —dijo Iván—  ¿por dónde ha salido el otro grupo?

—  ¿Otro grupo? — dijo José—  será mejor que nos vayamos, si no llegaremos tarde a comer, y tengo mesa reservada. Después de comer os contaré todo lo que queráis de la excavación de la cueva.

El viaje de vuelta fue muy distinto al de ida, nadie hablaba. Todos parecían inmersos en sus pensamientos, intentando solucionar el enigma del grupo de extranjeros que estaba con nosotros en la cueva. No fui el único que me asusté de verdad. He visitado muchas cuevas, y he excavado algunas, pero la sensación que tuve en esa, nada más poder un pie dentro, no lo había sentido nunca.

Después de una copiosa paella, y ya con los cafés en la mesa, todos nos acercamos a José para saber qué era lo que nos tenía que contar. José se tomó su tiempo mientras daba un sorbo de café y a todos nos pareció que estaba intentando decidir por donde comenzar su historia.

—  He excavado muchas cuevas en mi vida, —dijo mirándome a mí—, algunas contigo —yo asentí con la cabeza—. En ninguna cueva de las que he excavado me ha pasado algo parecido a lo que me pasó cuando excavaba la cueva de los alemanes.

Todos le mirábamos atentamente, yo sabía que a José le estaba costando mucho sincerarse con nosotros y mis estudiantes parecieron entender que no se trataba de otra charla amigable con un viejo profesor.

—  Desde el primer momento todos mis compañeros y yo, estuvimos irascibles, demorábamos inconscientemente la hora de bajar a la cueva y casi siempre salíamos antes de la hora. También alargábamos la hora de las comidas. Os puedo asegurar que ha sido la excavación que menos me ha cundido. Después de llevar una semana de trabajo, siempre que hablábamos, salía recurrentemente la conversación de lo incómodo que era excavar en esa cueva. La clave la dio Marisa, mi mujer, al decir que se sentía como si alguien la estuviera observando mientras excavaba. No sé si fue por eso, que a partir de entonces creíamos escuchar susurros y voces lejanas en un idioma totalmente incomprensible. Una tarde en una taberna de pescadores, hablando con algunos ancianos del pueblo intentando sacar algo de información sobre los usos que pudiera haber tenido la cueva en el pasado, al enterarse de que estábamos trabajando en ella, nos dijeron que ellos no entrarían allí por nada del mundo. Nos empezaron a contar toda una suerte de historias fantásticas relacionadas con la cueva, y nos dijeron que nadie de los alrededores entraría en ella por su propia voluntad. Os puedo asegurar que es el único yacimiento arqueológico que no ha sido “visitado” por los furtivos en toda la comarca. No le dimos mayor importancia, pues como pronto comprobaréis con vuestros estudios, en España la cueva que no tiene un tesoro de los moros enterrado, es porque es una cueva maldita, o es la entrada al infierno o que sé yo. -Los estudiantes sonrieron unos instantes pues con su poca experiencia ya habían comprobado cuánta razón tenía José.

José dio otro sorbo de café e hizo una pausa, intentaba valorar si su audiencia se tomaba sus palabras en serio. La experiencia de la mañana dentro de la cueva era muy reciente como para que nadie se tomara a broma su historia, por lo menos durante el tiempo que en la memoria fuese un recuerdo vívido.

—  Marisa pareció obsesionarse con la cámara interior, y fue ella quien descubrió las tumbas, —dijo José— cuando se presentó voluntaria para excavarla, nadie la contradijo, pues a nadie le apetecía excavar esa tumba, y es raro, pues como ya sabréis, las tumbas son la golosina favorita de los arqueólogos. La cosa es que según la excavaba, las voces parecían ir en aumento, nuestra psicosis era tal, que cuando Marisa terminó de excavar la tumba dimos por concluida la campaña. Debió ser la primera campaña arqueológica en este país que terminó sin gastar todo el dinero de la subvención. El mismo día que Marisa terminó de excavar la tumba, recogimos los bártulos y desaparecimos de allí. No he vuelto a entrar en la cueva y no lo haré si puedo evitarlo.

—  ¿Nos estás diciendo que no había otro grupo de visitantes en la cueva? —dijo Luis—  ¿Estás diciendo que eran fantasmas?

—  Yo no te estoy diciendo nada de eso, simplemente te estoy contando lo que me pasó a mí en una campaña de excavación en esa cueva.

Todos se miraron unos a otros sin saber muy bien que pensar, hasta que Irene dijo:

—  En una cosa estoy de acuerdo contigo, no sé qué es lo que ha pasado en la cueva, pero yo no vuelvo a entrar en ella. Me alegro de haber elegido para mi tesis la conquista romana, espero no tener que entrar en una cueva nunca más en mi vida.

—  Bueno muchachos, —les dije interrumpiendo la discusión—, hay que volver al trabajo, cuando termine la campaña la mayoría del material tiene que estar inventariado.

Los estudiantes se levantaron obedientemente de la mesa y se dirigieron al patio del colegio que nos servía como laboratorio improvisado en el tiempo que duraba mi excavación. Se despidieron de José y se alejaron discutiendo sobre la experiencia que habían vivido por la mañana. Cuando se fueron, José me miró y me dijo.

—  Hay algo más que no te he contado, —esta vez bajo la voz— . Cuando excavamos la cueva, Marisa estaba intentando quedarse embarazada, llevábamos más de ocho meses intentándolo y ya estaba totalmente desesperada. Prácticamente cambio la obsesión de quedarse embarazada con la de excavar aquella tumba. Luego me confesó que se saltó todos los métodos de excavación, sólo pretendía llegar al fondo de la fosa para sacar de allí los restos humanos. Antes de encontrarlos me dijo que se trataba de los restos de un niño de cinco años, en medio de su delirio llegó a describírmelo. Te puedo asegurar que jamás he estado más asustado en mi vida, creí que la perdía, por unos días estaba seguro de que se había vuelto irremediablemente loca. Imagínate mi sorpresa cuando descubrió los restos de la tumba y resultaron ser de un niño, los resultados forenses nos confirmaron que se trataba de un varón de alrededor de cinco años. Tampoco te he dicho que cuando sacamos los restos de la cueva, a todos nos pareció escuchar un grito desgarrador que procedía de la cámara interior.

—  ¿Cómo se tomó aquello Marisa? —le pregunté yo.

—  Al poco de aquello te conocí, y no sé si recordarás que te dije que mi mujer estaba convaleciente en el hospital.

—  Sí, me acuerdo perfectamente— le respondí.

—  En realidad estuvo ingresada en un psiquiátrico durante nueve meses, después salió y como sabes, dejó la investigación y ahora sólo se dedica a la docencia.

—  Bueno, pero ahora ya está bien—  le dije.

—  En realidad no, cuando salió del siquiátrico intentamos otra vez tener hijos, pero no lo logramos, fuimos a muchos especialistas y nos dijeron que no había ningún problema, simplemente no se quedaba embarazada. Probamos durante años todos los métodos conocidos, pero no hubo manera. Es un caso clínico entre diez millones, eso es lo que dicen los médicos, pero eso no es ningún consuelo para ella. De vez en cuando cae en una profunda depresión de la que sólo sale con medicamentos que la tienen todo el día adormecida.

—  No sabía nada de eso, lo siento, —le dije— ha debido ser muy duro.

—  Ella le echa la culpa a lo que pasó en la cueva —me dijo entristecido—  sé que muchas veces baja a los sótanos del museo para ver los restos de la tumba que excavó. No me ha querido contar nada, pero yo sé que le pasó algo allí que jamás me contará.

—  Nunca me has dicho nada en todos estos años —le dije un poco ofendido, me consideraba su amigo íntimo y me dolía que no me hubiera dicho nada antes.

—  ¿Qué querías que te dijera? — me respondió—  hasta hoy que has podido ver por tus propios ojos lo que pasa en la cueva, no te podía decir nada, me hubieras tomado por loco. Siempre he querido evitarte el mal trago de visitar la cueva. Además, no olvides una cosa, los dos somos científicos.

—  De alguna manera tienes razón, dentro de algunos días, todo esto nos parecerá ridículo, pensaremos que todo tiene una explicación científica, que nos dejamos llevar por el pánico colectivo, yo que sé qué cosas más. Una cosa es cierta, no vuelvo a entrar en esa cueva, aunque sería interesante cavar las otras tumbas.

 

Fin

***

Chema Rivero

 

chema-rivero© Chema Rivero. Todos los derechos reservados.

Chema Rivero nació en 1969 en Madrid. Actualmente reside en Leganés. Es licenciado por la Universidad Complutense de Madrid en Geografía e Historia en la especialidad de Prehistoria. Desde 1997 trabaja en el diseño gráfico y la comunicación, habiendo trabajado en varias editoriales y revistas de tirada nacional.

El pasado 16 de diciembre, Chema Rivero  presentó su segunda  novela ‘Buscador de nada’ [También en Amazon]. Además, ha publicado el artículo de historia ‘La democracia Ateniense’ (revista digital www.historiayarqueologia.com) del cual existe un podcast que se puede descargar en ivoox.  En el año 2015 publicó ‘Enemigos del hombre‘.

Sus libros se pueden adquirir en las librerías que se relacionan en su página web o bien a través del correo electrónico:  chemarivero91@gmail.com

 

 

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