OPINIÓN

De los viejos tiempos modernos

artehistoria

 

Tal vez sea por eso que se escriba. Para rescatar del cenagoso pantano de la memoria, los pocos restos deteriorados de lo que se llevó la vida. La ilusión de parar el tiempo, salvar del olvido. No entiendo por qué llevo unas noches soñando cosas raras, que se mezclan con antiguos recuerdos. Que me hacen muy feliz y me entristecen simultáneamente, despertando de ellos totalmente confundido. Intentaré exorcizar mi inconsciente, ahora en la vigilia. Salvaré algunos restos del naufragio, antes que el tiempo irremediablemente se lo lleve todo y a todos…

Todo comenzó, cuando recogimos nuestras mochilas del autobús de la Sarfa, después de atravesar el laberinto del puerto del Pení. Mi chica y yo teníamos, más o menos veinte añitos, y los ojos brillantes.

Los días de tramontana no se sale a pescar. Los arrugados marineros preparan las boyas junto a sus mujeres que cosen las redes, a las puertas de sus cobertizos en la planta baja de las casas, frente a la bahía. Algunos más jóvenes preparan y limpian las embarcaciones (esas pequeñas barcas de contornos suaves, como pulidas por las mismas manos, en tantas ocasiones) por si tal vez mañana, si el caprichoso dios del viento quiere, pueden salir a faenar. Las botigas frente a la bahía aún son pocas y se disimulan perfectamente entre los aparejos.

Nuestra pequeña e íntima tienda naranja, era la primera vez, la dejamos plantada en aquel camping a reventar con mochileros de medio mundo. En donde descubrí que lo de las películas también podía ser realidad. Mis ojos inexpertos y mesetarios alucinaron contemplando la felicidad fácil y cotidiana de esa gente, sin duda más privilegiada, que hacía las cosas más insospechadas con una naturalidad desconcertante, mientras yo me esponjaba para absorber todo aquello como si fuera una representación especialmente realizada para la ocasión. Mientras, mis días comenzaron a acostumbrarse a escuchar, pedir el pan o saludar, en seis o siete idiomas, y a no poder dormir; Janis Joplin sonaba muy alto y muy fuerte durante todas las noches.

Que habrá sido de Danilo con sus tres hijos (entonces tan pequeños) pintando con su caballete al natural aquellas barcas. De Didac, con sus cabellos plateados, hablándome de su próxima película, los dos tirados en su sofá de obra, bebiendo whisky… ¿La llegó a hacer?… de aquel tipo al que pedí fuego y me lo dio… Cosme me dijo: ¿Sabes quién es?… Pues no… Pues es John Le Carré… Ah, pues muy bien.

Sería un sábado de septiembre de 1983 o junio del 1987; baja uno por las calles empedradas de la Fonda Encarna con los geranios reventando en los balcones y se comienza en el Casino, se pasea hasta El Café de la Habana, donde un Nanu jovencísimo te canta el “Ne me quite pas”. Ya, noche cerrada, atraviesas la bahía que juguetea con las luces, culebrillas de luz entre el “chop” “chop” de las pequeñas olas negras contra las piedras. Y te encuentras con esas montañas de cera derretida sobre la barra de L´Hostal, la última vela encendida en lo más alto. Todos apagamos nuestros cigarrillos por las laderas, originalmente blancas. El seguidor de “La Roma” que regentaba ese templo no era muy escrupuloso. Se Baila, se mira, se bebe y se disfruta de una noche única. Parece que todos sabemos que, cuando salga el sol, ninguna otra será igual.

Con las primeras luces del amanecer termino como quien cumple con un rito sentado en una de las sillas de la terraza de la “Boia”. Las pequeñas barcas vuelven de su faena, con los focos apagados, el bar aún no ha abierto y una señora de negro anda preparando junto a la orilla unas canastas para el pescado que vendrá enseguida. Miro hacia el centro de la bahía, hipnotizado por el gran ojo que emerge de sus aguas; soy feliz.

Una pelirroja, puñeteramente atractiva, acarrea por la playa una extravagante cometa, rodeada de perros con pañuelos rojos al cuello. Algunas parejas se retuercen tumbadas entre las barcas. Un caballero cincuentón se pasea por Es Portal con un esmoquin blanco y una gardenia en la mano. Y da mucho gusto saber que eres joven, que la luz es hermosa y nos queda un día irrepetible por estrenar…


 

 

Fotografía:

Y qué es lo que hace a los hogares de hoy en día tan diferentes, tan atractivos
Autor: Richard Hamilton. Fecha: 1956. Características: 26 x 25 cm. Material: Collage Copyright: (C) ARTEHISTORIA

 

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